Después de 27 años de la llamada revolución bonita, resulta difícil, por no decir imposible, encontrar realizaciones que hayan mejorado de manera duradera la vida del venezolano común.
El balance comienza por su consecuencia más dramática: Venezuela, un país que durante décadas recibió inmigrantes y prácticamente no conocía la emigración masiva, vio partir a millones de sus habitantes en busca de mejores condiciones de vida.
Pero el deterioro está también a la vista en casi todas las áreas fundamentales del país.
Venezuela producía alrededor de 3,5 millones de barriles diarios de petróleo y aspiraba a alcanzar los cinco millones. Tenía una enorme capacidad de refinación, una importante industria petroquímica y producía acero, aluminio y alúmina en cantidades considerables. Buena parte de ese aparato productivo terminó severamente disminuido.
El país generaba electricidad suficiente para atender sus necesidades e incluso exportarla. Hoy los apagones prolongados forman parte de la vida cotidiana, especialmente en el interior.
La red hospitalaria pública se deterioró profundamente. Los liceos y universidades públicas, que durante la democracia alcanzaron niveles de excelencia, luchan por sobrevivir. Lo mismo ocurrió con buena parte de nuestra infraestructura vial.
Teníamos unas Fuerzas Armadas profesionales, con un número limitado de oficiales generales. Hoy hemos comprobado repetidamente sus deficiencias operativas, mientras el número de generales se multiplicó hasta extremos insólitos.
El bolívar llegó a ser una moneda respetada y ha perdido catorce ceros. El salario mínimo se convirtió en una cantidad prácticamente simbólica y el movimiento sindical perdió casi por completo su capacidad de organización y negociación.
Todo eso puede medirse: producción perdida, industrias paralizadas, servicios deteriorados, salarios pulverizados y millones de venezolanos que se marcharon.
Pero existe un legado más difícil de cuantificar y probablemente más grave.
En la Venezuela anterior al chavismo hubo corrupción. Negarlo sería absurdo. Pero nunca alcanzó la dimensión sistémica que adquirió durante estos años, extendiéndose como una metástasis por amplios sectores del Estado y convirtiéndose, en demasiados casos, en parte del mecanismo de ejercicio y conservación del poder.
Una refinería puede reconstruirse. Una carretera puede rehabilitarse. Una central eléctrica puede volver a funcionar. Las industrias pueden recuperar su producción.
Mucho más difícil será reconstruir las instituciones, restablecer el respeto por la ley, recuperar una administración pública competente y devolver a los venezolanos la confianza en el Estado.
Ese es el verdadero legado de 27 años de chavismo.
La revolución que se proclamó bonita, terminó siendo extraordinariamente fea para los sectores populares en cuyo nombre decía gobernar.
Solo resultó verdaderamente bella para una nomenclatura que, mientras Venezuela se empobrecía, se hizo ostentosa y groseramente rica.
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