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Todo siempre tiene un final

Final

Editorial

Todo lo bueno y todo lo malo tiene un final: la mejor pieza de teatro, el peor gobierno, la vida misma. Pero ningún comienzo reproduce exactamente lo anterior. Aunque regresen los mismos actores y se represente la misma obra, su ejecución será diferente. También lo será el público, porque el tiempo transforma tanto a quienes actúan como a quienes observan.

La nostalgia del pasado es comprensible. Recordamos lo que nos hizo felices y quisiéramos recuperar aquello que perdimos. Sin embargo, lo fascinante de la vida es su capacidad de recomenzar, de abrir posibilidades que antes no existían.

En la política ocurre algo semejante. Los gobiernos y los regímenes terminan, incluso aquellos que parecían destinados a perpetuarse. Algunos se derrumban de manera abrupta; otros se desgastan durante años. Su final puede demorarse mucho más de lo deseable, pero ninguno consigue detener indefinidamente el tiempo.

Venezuela ha vivido varias de esas rupturas. La muerte de Juan Vicente Gómez abrió una etapa que no podía ser una repetición del gomecismo. Años más tarde, el fin de la supremacía andina modificó el ejercicio del poder. Décadas después, la democracia fue desplazada por una supuesta revolución bonita que terminó siendo feísima, tanto por sus resultados como por sus métodos.

Ahora, ante la posibilidad de otra etapa, debemos comprender que el país que viene no podrá ser una reproducción del que recordamos. Han cambiado los venezolanos, sus experiencias, sus necesidades y su relación con el mundo. Millones partieron y construyeron su vida en otros países; muchas familias viven separadas por fronteras y océanos; toda una generación ha crecido sin conocer la democracia más que por los relatos de sus mayores. Recuperar la libertad exigirá reconocer esas transformaciones.

Del pasado debemos rescatar lo valioso y aprender de los errores. La nostalgia puede alimentar el afecto por lo perdido, pero no sirve como programa para el porvenir.

Pero el final de una etapa no garantiza que la siguiente vaya a ser mejor. Eso dependerá de las decisiones que tomemos, de las instituciones que construyamos y de nuestra disposición a impedir que se repitan los abusos.

El final de una etapa abre una posibilidad, pero no escribe la obra siguiente. Esta vez no bastará con mirar desde la platea: convertir ese final en un nuevo comienzo digno de ser vivido es una responsabilidad que nos corresponde a todos.

https://www.analitica.com/el-editorial/todo-siempre-tiene-un-final/