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El vuelo de las guacamayas

guacamayas
Tiempo de lectura: 14 min.

Autoritarismo Líquido — Ensayo 19

El sábado 30 de noviembre de 2024, a las 6:55 de la tarde, Pedro Urruchurtu publicó un mensaje breve en su cuenta de X desde la residencia de la embajada argentina en Caracas. Se cumplía una semana de asedio continuo; seguían sin electricidad, los funcionarios del régimen impedían la entrada de agua potable y el tanque de agua, tras días de racionamiento, acababa de vaciarse. Afuera, patrullas de la Dirección de Acciones Estratégicas y Tácticas (DAET) de la Policía Nacional y del Servicio Bolivariano de Inteligencia Nacional (Sebin), con agentes encapuchados y armas largas, cerraban la calle y, con jammers, bloqueaban de a ratos la señal de telefonía celular. Urruchurtu, politólogo de formación, llevaba días registrando cada novedad con la hora exacta, como quien levanta un acta. No era un detalle menor ni una manía de cronista. Él y sus compañeros habían entendido lo mismo que los testigos de mesa la noche del 28 de julio. Frente a un poder que niega los hechos, la única protección posible era que el mundo exterior pudiera evidenciarlos, minuto a minuto.

Para ese momento llevaban más de ocho meses allí. El 20 de marzo de 2024, el entonces fiscal general Tarek William Saab había anunciado órdenes de captura contra varios colaboradores de María Corina Machado, acusados de conspirar para desestabilizar el país antes de las elecciones. Ese mismo día fueron detenidos Dignora Hernández y Henry Alviarez y en cuestión de horas seis dirigentes buscaron refugio en la residencia del embajador argentino. Magalli Meda, jefa del comando de campaña; Pedro Urruchurtu, coordinador internacional de Vente Venezuela; Claudia Macero, al frente de las comunicaciones del partido; el exdiputado Omar González; Humberto Villalobos, coordinador electoral; y Fernando Martínez Mottola, exministro de Transporte y Comunicaciones y asesor de la Plataforma Unitaria. El gobierno de Javier Milei les había concedido asilo y había solicitado los salvoconductos que la Convención sobre Asilo Diplomático, firmada en Caracas en 1954, obligaba a otorgar. Nunca llegaron. Desde esa casa, sin poder poner un pie en la calle, siguieron trabajando para la campaña. Villalobos diría después, ya en libertad, que dentro de esa embajada habían hecho un trabajo enorme. No sería exagerado suponer que parte de la arquitectura que hizo posible la noche de las actas se pensó y se coordinó desde ese encierro.

Tras el 28 de julio, esa casa se convirtió en otra cosa. Los diplomáticos argentinos fueron expulsados y parte del personal local que trabajaba en la embajada fue asediado, interrogado y, al menos, uno de ellos estuvo detenido durante meses en el Helicoide. Brasil asumió la custodia de la sede el 1 de agosto y el edificio pasó a estar bajo una bandera que no era la suya. El 7 de septiembre, el mismo día en que Edmundo González partía de manera casi forzosa hacia Madrid con un salvoconducto otorgado por el régimen de Maduro, agentes encapuchados del Sebin y de la DAET rodearon la residencia, cortaron la electricidad y cerraron el paso vehicular. Esa misma jornada, la cancillería venezolana le revocó a Brasil la autorización para custodiar la sede, alegando que allí se planificaban actividades terroristas e intentos de magnicidio. Brasil se negó a retirarse hasta que otro país lo sustituyera, y al día siguiente el cerco se levantó y, temporalmente, se restableció el servicio eléctrico. La coincidencia de fechas no fue un accidente. Con una mano, el régimen facilitaba el viaje de González Urrutia, que le resultaba más útil fuera que dentro; con la otra, cerraba la de quienes todavía le servían como rehenes. El poder líquido no se rige por reglas fijas de entrada y salida. Decide en cada momento quién se va, cuándo y a qué precio.

El tercer asedio comenzó el 23 de noviembre, poco después de que Magalli Meda difundiera un video desde la residencia invitando a una protesta mundial convocada para el 1 de diciembre. Esta vez el cerco no duró un día. Retiraron los fusibles del tablero eléctrico y cortaron los cables de suministro, prohibieron el paso de los camiones cisterna y, según denunciaron los asilados, restringieron la entrada de alimentos y medicinas. En rueda de prensa, Diosdado Cabello, ministro del Interior, ironizó diciendo que pagaran la luz y los servicios. El 8 de diciembre, en el Puente Internacional Francisco de Paula Santander, fue detenido Nahuel Gallo, cabo primero de la Gendarmería argentina, quien viajaba a Venezuela para reunirse con su esposa y su hijo. Lo acusaron de conspiración, lo recluyeron incomunicado en El Rodeo I y así permanecería durante 448 días. El régimen, que mantenía cercados a los asilados bajo la protección nominal de Argentina, se había procurado, adicionalmente, un rehén argentino.

Once días después, el 19 de diciembre, Fernando Martínez Mottola, de setenta años, tras un acuerdo individual, salió de la residencia y se presentó ante el Ministerio Público. La fiscalía anunció que había decidido colaborar con la justicia y le otorgó libertad condicional. Nunca se conocieron públicamente las razones de su decisión, y no me corresponde especular sobre ellas. Nueve meses de asedio, encierro, cortes de agua y luz y amenazas constantes pueden quebrar a cualquiera, y ese era precisamente el propósito del cerco represivo del régimen. Martínez Mottola murió en Caracas el 26 de febrero de 2025, apenas dos meses después, a causa de una hemorragia cerebral. Quienes trabajaron con él lo recuerdan como un articulador paciente entre sectores que no siempre se hablaban y su nombre merece quedar en esta historia sin otra etiqueta que esa.

Zygmunt Bauman dedicó algunas de las páginas más lúcidas de Modernidad líquida al panóptico, la cárcel ideal que Jeremy Bentham diseñó a finales del siglo XVIII y que Michel Foucault convirtió en metáfora del poder moderno. En el panóptico, un vigilante observa desde una torre central a prisioneros que nunca saben si están siendo observados. Bauman subrayaba, sin embargo, un aspecto que suele pasarse por alto. El panóptico también termina por encadenar a los vigilantes. Los obliga a permanecer en su puesto o, al menos, a simular que se encuentran dentro de él. Se convierte en una estructura costosa de sostener que termina comprometiendo a los custodios con el lugar y con aquellos a quienes custodian.

Para Bauman, el poder de la modernidad líquida es pospanóptico. Su fuerza no reside en vigilar sino en poder escapar, en no estar nunca donde se le busca, en eludir la carga de administrar aquello que domina. Bauman lo describía como el fin de la era del compromiso mutuo. Durante siglos, dominar exigía quedarse, sostener cuarteles, cárceles y burocracias, responder de alguna forma por los dominados. El nuevo poder — el poder líquido — en cambio, se mueve a la velocidad de una señal electrónica, rechaza cualquier confinamiento territorial y descarga en otros el costo de lo que decide. Quien puede irse cuando quiera no necesita negociar con quien tiene que quedarse. La asimetría ya no está entre quien vigila y quien es vigilado, sino entre quien puede desaparecer y quien no tiene adónde ir.

A lo largo de esta serie he descrito al chavismo-madurismo como maestros de esa fuga permanente. Es un poder que dispersa responsabilidades, cambia de rostro y se disuelve cada vez que alguien intenta asirlo. La represión se tercerizó en colectivos que el Estado podía negar. El narcotráfico se organizó en una estructura sin organigrama, sede ni responsable visible. Cada fracaso encontró un culpable externo, ya fuera la guerra económica, las sanciones, un sabotaje eléctrico o el ataque informático que el CNE invocó la noche del 28 de julio. Incluso la muerte de su fundador se administró como un simulacro, prolongando durante semanas la ficción de un Chávez que gobernaba desde La Habana. Y cuando el país dejó de ser gobernable, el régimen no intentó gobernarlo. Dejó que se vaciara. Más de ocho millones de venezolanos cruzaron las fronteras y, con ellos, se fue también la obligación de alimentarlos, curarlos y responderles. Esa fue quizá la forma más perfecta de la fuga baumaniana, un Estado que se libra de la carga de administrar a sus ciudadanos empujándolos a marcharse.

Ese era el gran secreto de su resistencia. Un poder que nunca está del todo en ningún lugar no se convierte en blanco para ser atacado. Las sanciones golpeaban a funcionarios que ya habían colocado sus fortunas en otra parte. Las denuncias internacionales se dirigían a instituciones que eran meras fachadas. Las protestas llegaban a plazas donde no había nadie a quien exigirle nada. El régimen había aprendido a ceder el territorio físico sin ceder el control y a controlar sin asumir jamás el costo de estar presente. Por eso lo ocurrido frente a la residencia argentina resultó tan significativo. Por primera vez en mucho tiempo, el chavismo tuvo que quedarse quieto en un lugar y dar la cara, aunque fuera detrás de una capucha.

En tal sentido, el régimen quedó atrapado en su propio panóptico. Patrullas fijas día y noche, drones sobre el techo y perros que, según relató Omar González, estaban allí para vigilarlos y alertar de sus movimientos. Machado llegó a describir la residencia como la segunda instalación más custodiada del país, después de Miraflores. Durante meses, el poder líquido se volvió sólido, pesado, local y casi inamovible. Tuvo que estar allí todos los días, a la vista de todos, expuesto en cada video grabado desde una ventana y en cada mensaje que salía de esa casa. El cerco no solo encerraba a cinco personas. Encerraba también al régimen en una posición fija, legible y fotografiable, justamente la condición que su naturaleza líquida había evitado durante dos décadas.

La presencia del régimen se volvió tan obvia e inevitable que el DAET decidió tomar por asalto las viviendas particulares de los alrededores, a fin de “garantizar” la vigilancia. En este propósito, además, colaboraron la embajada rusa, que colindaba con una de las fachadas, y la residencia del embajador norcoreano, que limitaba con el perímetro trasero. La obsesión por controlar la embajada probablemente respondía al temor que el régimen sentía al verse desafiado y, por qué no, hasta amenazado. La zona gris, que tanto le había servido, se volvía ahora en su contra. Una residencia argentina, custodiada por Brasil, cuya custodia Caracas decía haber revocado, era un espacio donde ninguna soberanía terminaba de imponerse del todo, ni siquiera la de quienes la rodeaban.

Un panóptico, además de su infraestructura pesada, lo sostienen personas. Tiene turnos, relevos, cansancio y precios. En el ensayo quince me referí a los agentes adaptativos internos, esos funcionarios que, dentro de la red, calculan permanentemente su propia supervivencia y ajustan su lealtad a las señales del entorno. Después del 28 de julio, las señales eran inequívocas. Cualquier funcionario con un teléfono podía consultar las actas, y no sería extraño que muchos de quienes montaban guardia frente a la embajada hubiesen votado como votó la mayoría del país. En el ensayo trece señalé a la Operación Guacamaya como una de las primeras evidencias públicas de las fisuras del aparato represivo. Lo que no dije entonces es que esas fisuras no se abrían en los muros, sino en las personas.

La madrugada en que todo terminó coincidió con un simulacro de cambio de guardia. Llegaron varios vehículos con distintivos oficiales cuyos ocupantes parecían familiares y no levantaron sospechas. Todo fue natural, estudiado, sin carreras. La salida se hizo en etapas y, al cabo de pocas horas, terminó en un vuelo chárter hacia Estados Unidos. El 6 de mayo de 2025, el secretario de Estado Marco Rubio celebró públicamente el exitoso rescate de todos los rehenes que el régimen retenía en la embajada argentina. Habían pasado 412 días desde que cruzaron aquella puerta. Algunos medios publicaron después que la operación se había planificado originalmente para octubre de 2024 y tuvo que posponerse cuando el régimen reforzó la vigilancia y que habría contado con el apoyo de militares y policías venezolanos en servicio activo. Ninguna de esas versiones ha sido confirmada oficialmente y las consigno aquí en ese mismo registro como posibilidades todavía abiertas que, en su momento, seguramente se harán públicas.

La reacción del régimen, en medio de la perplejidad ante la fuga, fue tan reveladora como la operación misma. En lugar de admitir que su instalación más vigilada, después de Miraflores, había sido vaciada sin que siquiera se percataran, sus voceros sostuvieron que la salida había sido producto de una negociación. Machado y los gobiernos de Estados Unidos, Argentina y Brasil lo desmintieron. Era, otra vez, el simulacro. Para un poder que vive de parecer omnipresente, resultaba preferible aparentar haber cedido que reconocer haber sido penetrado. Una concesión puede presentarse como magnanimidad; una fuga solo puede leerse como debilidad. Pero el hecho verificable, una vez más, estaba allí.

Hay una lectura de lo ocurrido en esa calle que trasciende la operación misma. Lo que el régimen levantó alrededor de la residencia era, a pequeña escala, el país entero. Cinco personas sin electricidad, racionando el agua de un tanque, sin señal telefónica, vigiladas día y noche por hombres armados que les recordaban que no podían salir. Así ha vivido buena parte de Venezuela. Los funcionarios que cumplían su turno frente a la embajada regresaban a barrios donde también se iba la luz, donde el agua apenas llegaba, donde un comentario en redes sociales bastaba para ser denunciado por la Operación Tun Tun. El cerco reproducía, frente a los ojos de los custodios, las condiciones de su propia vida. Por eso la embajada terminó siendo mucho más que un lugar de encierro. Fue una premonición del país y también de su liberación.

Aquí hago un paréntesis muy pertinente en esta historia. El 17 de diciembre de 1996, un comando del Movimiento Revolucionario Túpac Amaru tomó la residencia del embajador de Japón en Lima con cientos de invitados adentro. En los días siguientes, los captores fueron liberando a buena parte de los rehenes, y algunos de esos gestos se debieron a la simpatía que habían desarrollado hacia ellos. Los psicólogos bautizaron el fenómeno como el síndrome de Lima, el reverso del síndrome de Estocolmo. Ya no es el rehén quien se identifica con su captor, sino el captor quien termina identificándose con su rehén.

Lo que sugiere el caso de la embajada argentina en Caracas va todavía un paso más allá. No se trata solo de guardias que llegan a compadecerse de quienes vigilan. Son carceleros que, a fuerza de custodiar a quienes resisten, descubren que también ellos están presos y que abrir la puerta a los otros puede ser la única forma de empezar a abrirla para sí mismos.

Todo esto me lleva a recordar una película que narra esa transformación con una precisión que ningún ensayo podría transmitir en toda su intensidad. Me refiero a La vida de los otros, de Florian Henckel von Donnersmarck: el capitán Gerd Wiesler, un oficial ejemplar de la Stasi, pasa meses escuchando, desde un ático, a través de micrófonos ocultos en el apartamento de un dramaturgo de Berlín Oriental. Escucha sus conversaciones, sus discusiones, la música que toca al piano, los libros que lee. En algún momento, sin que nadie se lo ordene, comienza a alterar sus informes para protegerlo. El espía no se convierte en disidente por una ideología. Lo hace porque ha visto de cerca, durante demasiado tiempo, cómo es la vida de alguien que todavía se atreve a ser libre y descubre que la suya está vacía. Termina copiando a su enemigo. Años después, caído el Muro, el dramaturgo descubre en los archivos quién lo había salvado y le dedica una novela bajo el código con que el espía firmaba sus reportes.

Eso es exactamente lo que Bauman había advertido sobre el panóptico. La torre no solo encadena al prisionero, sino también al vigilante y lo obliga a mirar. Un poder líquido se protege de ese riesgo precisamente porque nunca transcurre el tiempo suficiente para observar a nadie. Frente a la residencia argentina, en cambio, el régimen obligó a decenas de funcionarios a observar durante más de un año a cinco personas que escribían, trabajaban, grababan videos y se negaban a rendirse. No sabemos todavía quiénes, dentro de ese dispositivo, decidieron mirar hacia otro lado la madrugada del rescate, ni si alguno lo hizo. Pero sí sabemos que el panóptico falló en lo único que no podía permitirse que fallara. Quienes debían vigilar la libertad ajena terminaron, de algún modo, contagiados por ella.A finales de mayo, en Washington, los cinco se sentaron frente a la prensa. Magalli Meda dijo que el solo hecho de estar sentados allí era un milagro y todos negaron que hubiese existido negociación alguna.

El nombre elegido para la operación no parece casual. Las guacamayas cruzan cada mañana el cielo de Caracas en bandadas ruidosas y coloridas, sin pedir permiso a nadie, sin rutas fijas, imposibles de cercar. Son, si se quiere, la imagen más precisa de lo que ocurrió. Durante dos décadas, el chavismo había sido la red difusa y la oposición el objeto rígido. En la calle de aquella residencia los papeles se invirtieron. El régimen se había convertido en torre, garita y perímetro; la resistencia, en cambio, se movió como el agua, sin un nodo central que capturar, con información compartimentada, con aliados en varios países y con la capacidad de aparecer y desaparecer en el lapso de una madrugada. La red horizontal que había nacido la noche de las actas había aprendido a comportarse exactamente como el poder que combatía.

La Operación Guacamaya dejó en el aparato represivo una lección que tardaría meses en asimilar. La casa más vigilada del país, después del palacio presidencial, podía vaciarse sin que nadie lo advirtiera hasta que Washington lo anunciara.

Quedaba ahora la pregunta: si fugarse era posible en medio de ese cerco inamovible, ¿quién podía garantizar la lealtad de quienes custodiaban otros perímetros, incluido el que protegía al propio Maduro? El régimen, mientras tanto, se aferró a lo único que aún controlaba. El rehén argentino que se había procurado en diciembre permanecería en El Rodeo hasta el 1 de marzo de 2026, casi dos meses después de que el hombre que lo había acusado de conspirar dejara de dormir en Miraflores.

Mientras los cinco rescatados aprendían de nuevo a caminar por una calle sin patrullas, la mujer a quien habían acompañado durante toda la campaña seguía escondida en algún lugar de Venezuela, cambiando de casa y grabando videos desde sitios que nadie conocía. Cinco meses después, el 10 de octubre de 2025, un comité en Oslo pronunciaría su nombre en una llamada de madrugada. De ese Nobel otorgado a una mujer en la clandestinidad, y de lo que significó para un régimen que había hecho de lo invisible su mejor arma, hablaré en el próximo ensayo.

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