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El silencio de los rescatistas

Terremoto
Tiempo de lectura: 6 min.

De pronto, todo se detiene. Uno de los rescatistas levanta la mano y el ruido de las herramientas cesa entre el polvo, las piedras y el concreto quebrado. Nadie habla, porque alguien cree haber escuchado un sonido casi imperceptible debajo de los escombros. En ese instante, el tiempo parece suspenderse; el silencio adquiere una gravedad sagrada. Allá, abajo, parece encontrarse un corazón que sigue latiendo como una voz que espera ser escuchada.

Ese silencio contiene una de las expresiones más hondas de la esperanza humana. Los rescatistas no saben quién está atrapado, cuál es su historia, qué piensa o qué ha hecho para merecerse tal oportunidad a cambio de un sacrificio supremo; solo saben que alguien necesita ser encontrado. Por esa razón, aguzan el oído, contienen la respiración y vuelven a buscar aun cuando el cansancio comienza a quebrantar sus cuerpos. Mientras exista la posibilidad de escuchar un golpe, un gemido, un suspiro, ninguna edificación derribada puede considerarse definitivamente cerrada. El corazón del rescatista se niega a aceptar que el silencio signifique necesariamente la muerte. Ellos saben escuchar los murmullos; esos susurros que gritan por ayuda.

Durante los días posteriores al terremoto, Venezuela contempló innumerables manifestaciones de ese corazón. Llegaron rescatistas de distintos lugares del mundo, mientras hombres y mujeres de nuestras comunidades removían escombros, cargaban heridos, distribuían agua y ofrecían refugio a quienes lo habían perdido todo. Muchos trabajaron con herramientas insuficientes y otros lo hicieron con sus propias manos, movidos por la urgencia de alcanzar a quienes permanecían atrapados. En medio de una tragedia que parecía haberlo destruido todo, comprobamos que la bondad humana es invencible; descubrimos que todavía quedaban personas dispuestas a entregar sus fuerzas por la vida de un desconocido. Mientras las construcciones se derrumbaban, la humanidad encontraba nuevas maneras de permanecer de pie.

En efecto, las catástrofes no solo destruyen, también revelan. Bajo la presión del miedo aparecen la fragilidad, el desconcierto y algunas de las zonas más oscuras de nuestra condición; pero, al mismo tiempo, emergen la generosidad, el coraje y una capacidad de compasión que quizá ignorábamos poseer. Las ruinas no fabrican esas realidades interiores, sino que retiran las paredes detrás de las cuales solían permanecer escondidas. Entonces el vecino deja de ser un extraño, el agua se comparte y la casa que todavía se sostiene abre sus puertas a quien ya no tiene dónde reposar su cabeza. El terremoto desnudó los corazones, nos permitió ver la luz de unos y la oscuridad de otros.

Sin embargo, el final del movimiento de la tierra no significa el final del sufrimiento. Tim Keller escribió: «El sufrimiento no puede destruirte si descubres que Dios camina contigo a través de Él.» Quienes han vivido una catástrofe comprenden que el cuerpo puede seguir esperando un nuevo temblor, aun cuando todo parece estar quieto. Las réplicas de la tierra continúan y se replican en el sobresalto ante cualquier ruido, en la imposibilidad de dormir, en el temor de regresar a una vivienda o en la incertidumbre ante el futuro. La tierra deja de moverse mucho antes de que el alma recupere la confianza en el suelo que pisa.

Por eso, reconstruir una ciudad exige mucho más que retirar escombros y levantar nuevamente sus muros. Cada persona atraviesa una tragedia distinta. Hay heridas visibles que pueden ser vendadas. También hay heridas interiores que apenas comienzan a manifestarse cuando desaparecen las cámaras, cuando el silencio de la devastación gime con un clamor indecible. Acompañar significa reconocer ese ritmo sin apresurarlo, significa permanecer cerca sin exigirle al herido que parezca fuerte.

Precisamente, allí comienza la verdadera reconstrucción; cuando alguien decide no abandonar a otro ser humano entre sus ruinas interiores. Henri Nouwen afirmaba que la compasión nos pide ir hacia el lugar donde duele y compartir el quebranto. La compasión adquiere siempre una forma concreta, porque el amor que no se aproxima corre el riesgo de quedarse convertido en una buena intención, como una estatua que da la impresión de vida y movimiento pero se encuentra inmóvil e inconmovible.

Además, el corazón del rescatista posee una cualidad que nuestra sociedad necesita preservar: no comienza buscando culpables, sino sobrevivientes. Frente a una persona atrapada, desaparecen las diferencias, porque la vulnerabilidad nos devuelve a nuestra condición esencial. Todos venimos del polvo y al polvo volveremos. Todos necesitamos ser rescatados; todos necesitamos la posibilidad de una segunda oportunidad.

Ahora bien, después de haber sido testigos durante muchos días de esa actitud de los rescatistas, después de verlos arrodillarse junto a las ruinas, me resulta inevitable reconocer en esa imagen al mayor rescatista de la historia de la humanidad. Esa imagen que atraviesa los Evangelios; ese Jesús que nunca observó el dolor desde lejos. Ante el leproso, tocó; frente al ciego Bartimeo, escuchó; en la casa de Jairo, tomó de la mano y levantó. En cada uno de esos encuentros actuó con el corazón compasivo de quien sabe que tiene la bendición de devolver la vida.

Más adelante, al llegar a Betania, Jesús encontró a Marta y a María quebrantadas. Se acercó a la tumba, escuchó el lamento y compartió sus lágrimas: «Jesús lloró» nos dice el discípulo amado en su evangelio (Juan 11:35). Antes de llamar a Lázaro fuera del sepulcro, Jesús se detuvo al lado del dolor, derramó su corazón ante el Padre en una profunda oración, compartió las lágrimas con sus amigas amadas; abrazó sus almas con su presencia en medio de la desesperación de la muerte.

La parábola del buen samaritano muestra que la misericordia se reconoce por sus movimientos: se acercó, vendó, llevó y cuidó. No preguntó primero; primero salvó. Así también se inclina Cristo sobre la humanidad, no para condenarla mientras yace bajo los escombros, sino para levantarla y devolverle la posibilidad de vivir, de trascender.

Cristo entró en nuestro dolor, cargó la cruz y aceptó ser colocado en una tumba cerrada por una gran piedra. Al amanecer del tercer día, aquella piedra fue removida. Cada mano que aparta un fragmento de concreto y cada ser humano que se niega a abandonar a otro nos recuerdan silenciosamente a las Sagradas Escrituras. Nos recuerdan que las grietas no son solo un símbolo de destrucción sino un lugar de resurrección. De las grietas de la roca de Horeb brotó agua. Las grietas de los muros de Jerusalén fueron reconstruidas por Nehemías ante todos los pronósticos de mal de sus adversarios. La gran grieta del velo del templo que se rasgó para anunciar que la muerte de Jesús acabaría con aquel que tenía el imperio de la muerte y la destrucción.

Elisabeth Elliot escribió que la historia con Dios nunca termina en cenizas. Esa convicción no borra el sufrimiento, pero recuerda que las cenizas no poseen la autoridad para escribir el desenlace definitivo de nuestra historia. Venezuela necesitará reconstrucción material, física, psicológica y espiritual. A estas alturas es una necesidad imperiosa que las autoridades religiosas de nuestra nación levanten su liderazgo en una voz que llame a la reflexión profunda, a la oración, al ayuno, a la vigilia; en fin, a expresiones espirituales del dolor y la intercesión. Recuerdo ese verso de la Palabra de Dios (II Crónicas 7:14) que nos llama a humillarnos delante de Dios: « Si se humillare mi pueblo, sobre el cual mi nombre es invocado, y oraren, y buscaren mi rostro, y se convirtieren de sus malos caminos; entonces yo oiré desde los cielos, y perdonaré sus pecados, y sanaré su tierra.»

Todavía habrá noches difíciles. Sin embargo, el rescatista, el SEÑOR, Jesucristo, se arrodilla a nuestro lado, no nos interroga ni nos juzga en medio de la ruina; aparta con ternura aquello que nos oprime y vuelve a abrir un espacio para que entre la luz. Quizá hoy, entre las ruinas visibles e invisibles de nuestra nación, esa antigua promesa vuelva a adquirir una fuerza extraordinaria. Depende de nuestra fe.

«Porque yo el SEÑOR soy tu Dios, quien te sostiene de tu mano derecha, y te dice: No temas, yo te ayudo»  Isaías 41:13.

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