La luz no amanece, se filtra. Una grieta pálida que revela el óxido en la pared de zinc y el polvo suspendido en el aire denso del cuarto. Carmen ya está despierta. Juan David, su hijo que aún no cumple los dos años, duerme con una quietud que a ella le parece más cansancio que paz. A su lado, su hermana Adriana, una adolescente de dieciséis, con el vientre abultado de un embarazo avanzado, se cubre las piernas para mitigar el frío de la madrugada.
Esta historia no es solo la suya, es un intento de ponerle rostro a los números, de entender cómo las estadísticas de la crisis alimentaria se convierten en el peso de la vida diaria. Es, como describe Cáritas Venezuela en sus informes, un "termómetro preciso" que mide la fiebre de las zonas más vulnerables del país.
Para Carmen, ese termómetro no es un documento, sino el silencio en la nevera vacía y la pregunta que inicia cada mañana: ¿qué comeremos hoy?
El costo diario de sobrevivir
Carmen sabe que sobrevivir no es un acto, es un oficio. Un cálculo diario de deudas y calorías que se libra en los mercados vacíos y las cocinas sin agua, un mapa de la desesperación que millones de venezolanos recorren cada día.
En el puesto de verduras del mercado, Carmen revisa el saldo de la cuenta. Lo poco que le queda. Su mente repasa las últimas semanas y lo que falta para recibir el próximo bono. Todo lo que había guardado con celo se ha ido en comida.
Siente el peso de una verdad que los informes confirman con cifras frías: como el 76% de las familias, ha liquidado hasta el último de sus ahorros solo para comer. El recuerdo de para qué era ese dinero (unos zapatos para los primeros pasos de Juan David) es un lujo que ya no puede permitirse. La semana pasada tuvo que pedirle prestado a una vecina, sumándose a ese 54% de hogares que se han endeudado para comprar lo básico.
Hoy, la elección es cruel. Solo podrá llevar para la proteína que necesita Adriana y las vitaminas para Juan David, un trozo de queso y dos plátanos, contando que aún le queda un poco de harina de maíz. Su hogar es parte del 59% que sufre privación en cantidad y calidad. Esa noche, la cena es una arepa traslúcida y delgada, compartida entre tres, con un plátano cortado en tajadas dolorosamente finas. Carmen empuja su porción hacia Adriana. "No tengo hambre", miente. El hambre, en su casa, se ha vuelto una matemática de sacrificios.
El agua que no llega
De vuelta en casa, el segundo desafío la golpea: los baldes están vacíos. Como en más del 90 % de los hogares del país, el acceso al agua potable no es un derecho, sino un evento incierto.
Preparar el tetero de Juan David se convierte en un acto de riesgo. Limpia el tetero con un trapo húmedo, sabiendo que el agua que usará, turbia y almacenada, es la misma que hace un mes le provocó a su hijo una diarrea que casi se lo lleva. Los informes lo advierten: la falta de agua potable dispara las enfermedades gastrointestinales, creando un círculo vicioso donde el cuerpo enfermo no puede absorber los pocos nutrientes que recibe.
Para un niño menor de dos años, como los que representan el 42 % de los casos de desnutrición, un tetero contaminado es un veneno lento. Mientras observa a Juan David, nota su delgadez, la falta de brillo en sus ojos y la energía ausente en sus pequeños movimientos. La decisión es inmediata: hoy, no puede esperar más.
El diagnóstico: cuando los porcentajes tienen nombre y apellido
En el centro de monitoreo nutricional de Cáritas, el ruido de otros niños y las voces preocupadas de sus madres forman un coro sombrío. Carmen siente que su angustia personal es un eco de una aflicción colectiva.
Una enfermera mide el brazo de Juan David con una cinta de colores. Sus gestos son profesionales, pero su mirada es de una compasión forjada en la repetición. Se sienta junto a Carmen. “Su bracito está en la zona roja, Carmen. Se encuentra en un estado de desnutrición aguda. Es uno de los niños más delicados que hemos visto esta semana”.
Le explica que Juan David forma parte del 9,1% de los niños evaluados que presentan esta condición.
“Pero no está solo en esto - continúa, su voz baja y grave -. Casi un tercio de los niños que entran por esa puerta, el 29,5%, está como él: o ya enfermos o a un paso de estarlo. La situación se ha puesto muy mal. Estamos viendo una catástrofe que empieza casi en la cuna. Entre los bebés de menos de seis meses, el 17,6 % ya sufre de desnutrición aguda”
Luego, añade el dato que confirma el mayor temor de Carmen. “Su edad lo hace especialmente vulnerable. El 42 % de los casos de desnutrición detectados corresponde a niños menores de dos años. Es la etapa más crucial para su desarrollo, y su cuerpo no está recibiendo nada de lo que necesita”.
Mientras Carmen intenta asimilar el diagnóstico, la enfermera mira a Adriana, que ha permanecido en silencio. Le pide permiso para evaluarla. Los resultados confirman sus temores. “Tu hermana también presenta un riesgo nutricional importante. No es la única. El 18 % de las mujeres embarazadas o lactantes que vemos están en la misma situación”.
Pero en el caso de Adriana, hay un agravante. “Al ser una adolescente embarazada, el riesgo es aún mayor. En ese grupo, la cifra se eleva al 23 %. Su cuerpo todavía se está desarrollando y, al mismo tiempo, debe nutrir a su bebé. Es una doble carga que sin apoyo es casi imposible de sobrellevar”.
Carmen siente un vértigo. Los porcentajes que antes escuchaba en las noticias ahora tienen los rostros de Juan David y de Adriana. Su emergencia familiar es un fragmento de una emergencia nacional.
Una emergencia que no cesa
La enfermera, al ver la desolación en el rostro de Carmen, intenta darle un contexto, no para minimizar su dolor, sino para que entienda que no es su culpa.
Le resume la situación del país con una claridad devastadora:
- Nivel de alerta: "Lo que ustedes viven ya no es una alerta. Es una emergencia estructural. Hay zonas del país, como la nuestra, que ya están en Fase IV (Emergencia), mientras que otras están en Fase III (Crisis). Ya no hay lugares que estén realmente bien".
- Un retroceso que preocupa: "Y lo peor es que creíamos que las cosas mejoraban, pero desde 2023 todo ha vuelto a empeorar. La reducción de fondos de cooperación y la menor presencia de actores humanitarios están agravando el escenario. Los niveles de desnutrición que estamos registrando ahora son equivalentes a los que encontrábamos en 2016, cuando comenzamos esta respuesta humanitaria. Es como si una década de lucha nos hubiera devuelto al punto de partida".
La raíz del dolor
Carmen sale del centro con suplementos nutricionales, una ayuda vital que sabe que es solo un parche. Mientras camina de regreso, por primera vez lo entiende con una claridad que duele. Entendió que el hambre de su hijo no nació del suelo estéril, sino de una riqueza que existió y se desvaneció antes de poder llegar a su mesa. La ayuda humanitaria es indispensable, pero no puede reconstruir las causas estructurales de un país saqueado.
Abraza a Juan David con fuerza y mira a Adriana, que se toca el vientre con una mezcla de miedo y esperanza. En sus cuerpos frágiles reside el futuro, un futuro que pende de un hilo. La imagen de su pequeña familia encapsula la verdad más profunda de todos los informes: ninguna nación puede reconstruirse si condena a su infancia al hambre.