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Más intervención, misma incertidumbre: el peso del mercado paralelo en Venezuela

Rompecabeza
Tiempo de lectura: 5 min.

Hay algo profundamente contradictorio (y preocupante) en lo que ocurre hoy en el mercado cambiario en Venezuela: el gobierno ha inyectado cerca de US$ 4.000 millones al sistema financiero en lo que va de 2026 y, aun así, la brecha entre la tasa oficial y la paralela sigue siendo elevada. La inflación desacelera, sí, pero mucho más lento de lo que cabría esperar con un volumen de intervención de esta magnitud.

En cualquier economía convencional, un aumento tan fuerte de la oferta de divisas debería traducirse en una reducción más visible de la brecha cambiaria y en una moderación más rápida de las presiones inflacionarias. Pero Venezuela hace tiempo dejó de responder a esquemas convencionales. Y precisamente allí está el problema: la estrategia cambiaria sigue operando bajo una visión incompleta de cómo funciona realmente la economía venezolana. Además de una visión no integral con la política fiscal, pero de eso no vamos a hablar por los momentos.

La política oficial ha descansado principalmente en vender dólares a través de la banca para contener presiones sobre la tasa oficial. El flujo ha aumentado de manera importante y eso es evidente en las cifras. Sin embargo, el comportamiento de la brecha revela que el problema no es únicamente de cantidad de divisas. También es un problema de diseño.

El error de ignorar el mercado paralelo

La economía venezolana no se mueve exclusivamente dentro del circuito bancario formal. Una parte enorme de las transacciones cambiarias ocurre en el mercado paralelo, que tiene diferentes caras: menudeo callejero, aplicativos cripto, tasas de frontera, entre otros. Allí operan pymes, pequeños comerciantes, trabajadores independientes, importadores, informales y ciudadanos comunes que necesitan comprar o vender divisas para proteger ingresos, reponer inventarios o simplemente transar en una economía donde la confianza monetaria sigue siendo extremadamente débil.

Ese mercado no es marginal ni transitorio. Es estructural.

Y allí está una de las principales debilidades de la estrategia actual: el Estado ha intentado estabilizar el sistema cambiario actuando casi exclusivamente sobre el mercado formal, mientras deja relativamente intacto el espacio donde se forman buena parte de las expectativas económicas de la población.

Porque en Venezuela el paralelo no es solo una tasa de referencia financiera. Es también una referencia psicológica. Influye en precios, estructuras de costos, márgenes comerciales y decisiones de consumo. Incluso empresas que operan formalmente terminan observándolo porque saben que muchos de sus clientes y proveedores también lo hacen. El mercado paralelo tiene un peso significativo en la formación de precios y las expectativas.

Por eso, cuando el paralelo sube, el impacto económico va mucho más allá del tamaño real del movimiento. Lo que cambia no es solamente el precio del dólar; cambia la percepción de estabilidad.

Y en economías frágiles, las expectativas importan tanto como los flujos.

Reducir la brecha no es un tema financiero, es un tema económico

A veces se habla de la brecha cambiaria como si fuera un asunto exclusivamente técnico o propio del sistema financiero. No lo es. La reducción de la brecha tiene efectos directos sobre el funcionamiento cotidiano de la economía.

Una brecha más pequeña ayuda a estabilizar expectativas y reduce la incertidumbre con la que operan empresas y consumidores. Cuando las tasas comienzan a converger, las compañías pueden planificar mejor precios, inventarios y estrategias comerciales. Disminuye la necesidad de coberturas defensivas y se reduce parte de la presión especulativa sobre bienes y servicios.

También mejora la formación de precios. En economías con brechas elevadas, muchas empresas terminan utilizando referencias cambiarias distintas dependiendo del tipo de operación, del acceso a divisas o del riesgo percibido. Eso distorsiona costos, dificulta la competencia y genera comportamientos preventivos que terminan alimentando inflación. La brecha cambiaria es el factor de mayor distorsión de los precios en Venezuela, especialmente en dólares. En 2024, cuando buena parte del año, hubo una brecha baja y estable, los precios en dólares subieron a una tasa anual de 8 %. En abril de 2026, la tasa anual de la inflación medida en dólares es de 35 %. Aunque no es el único factor, la ampliación de la brecha ha jugado un rol fundamental.

Además, una menor brecha reduce incentivos al arbitraje y a actividades improductivas asociadas a las diferencias entre mercados. En lugar de concentrarse en mecanismos financieros defensivos, las empresas pueden enfocarse más en productividad, expansión comercial e inversión.

Y hay otro elemento importante: la reducción de la brecha mejora la percepción de estabilidad general de la economía. En Venezuela, donde la memoria inflacionaria sigue muy viva, la gente observa el mercado cambiario como un termómetro emocional. Cuando la distancia entre tasas baja de forma sostenida, también se modera parte de la ansiedad económica que condiciona decisiones de consumo, ahorro y fijación de precios.

Por eso estabilizar el mercado cambiario no es simplemente “ordenar el dólar”. Es crear mejores condiciones para que la economía funcione con menos distorsiones y menor volatilidad.

Más dólares no garantizan estabilidad

Aquí es donde la estrategia comienza a mostrar sus límites. Porque no basta con vender más divisas si esas divisas no logran influir sobre el mercado que realmente moldea expectativas. El resultado es el que vemos hoy: intervenciones récord coexistiendo con una brecha todavía incómoda y una inflación que sigue desacelerando con demasiada lentitud.

Además, este esquema tiene costos importantes. Mantener niveles elevados de intervención consume recursos valiosos en una economía donde el frente fiscal sigue siendo vulnerable y donde todavía existen problemas importantes en el mecanismo de formación de la tasa de cambio.

Durante años se construyó la idea de que el mercado paralelo era poco menos que una anomalía especulativa, además de ilegal. Pero la realidad terminó imponiéndose: ese mercado se convirtió en un mecanismo funcional para amplios sectores de la economía que no encuentran suficiente profundidad, acceso o agilidad en el circuito formal.

Ignorarlo no lo hace desaparecer.

Los mercados paralelos no se reducen mediante discursos ni controles. Se reducen cuando pierden relevancia económica. Y eso solo ocurre cuando el mercado oficial logra ofrecer suficiente profundidad, transparencia, acceso y capacidad de arbitraje.

La discusión que el gobierno evita

Por eso creo que el gobierno necesita revisar un aspecto central de su estrategia: la ausencia de una acción más directa sobre el mercado paralelo.

Sé que este tema genera resistencias políticas e ideológicas. Pero la economía no funciona sobre consignas. Funciona sobre incentivos, acceso y confianza. Si una parte importante de la población y de las empresas utiliza el paralelo para transar divisas, cualquier estrategia seria de estabilización tiene que incorporar esa realidad en lugar de actuar como si no existiera.

Eso no implica desmontar el mercado oficial ni legitimar el desorden cambiario. Implica reconocer dónde se están formando realmente las expectativas que luego terminan impactando precios e inflación.

La brecha cambiaria no es solamente un problema financiero. También es un problema de confianza. Y mientras esa distancia siga elevada, la economía continuará operando bajo incertidumbre: empresas más cautelosas, consumidores más defensivos y una inflación que encuentra mecanismos para resistirse a bajar.

Por eso he insistido en distintas entrevistas recientes en algo que considero clave: la estabilización cambiaria no puede medirse únicamente por cuántos dólares vende el Estado. El verdadero indicador es si esas intervenciones logran modificar expectativas y reducir de forma sostenible la brecha.

Y hoy, claramente, eso todavía no está ocurriendo.

aroliveros@substack.com