Una de las grandes amenazas de la vida es el olvido; se origina en nuestro propio ser y nos conduce a través de un camino de sequedad espiritual. Los días se nos convierten en tierra seca y árida, el alma se encuentra insatisfecha. Pareciera que ninguna de las bendiciones que nos acompañan tuvieran la facultad para producir gozo en nuestro ser. Nos acercamos a Dios cuando la adversidad nos sorprende, pero una vez que hemos recibido el favor, nos olvidamos con mucha facilidad de dónde ha venido la ayuda y el auxilio; comenzamos a quejarnos por una nueva situación y la gratitud se esfuma de nuestra intención diaria, así como humo apagado por la lluvia. Es necesario mirar atrás para reconocer las huellas de Dios en el recorrido y despertar al alma a la gratitud.
Todo se trata del lugar dónde ponemos nuestra mirada. Ciertamente como se lo advirtió nuestro Señor Jesucristo a sus discípulos, en el mundo vamos a tener aflicción: «Estas cosas os he hablado para que en mí tengáis paz. En el mundo tendréis aflicción; pero confiad, yo he vencido al mundo.» Juan 16:33. Sin embargo, cuando el alma hace el ejercicio de contar las bendiciones de cada día, de recorrer el camino de la vida, no para anclarse en la idea de que los tiempos pasados fueron mejores, sino para recordar las bendiciones, para agradecer los favores y el amor recibido, entonces el alma encuentra paz. La paz de Cristo que supera la capacidad humana de entender razones; porque esta paz se hace presente aún en los momentos más desafiantes y las situaciones más complejas.
No obstante, no se trata de hundir un botón o pasar un suiche. La vida de comunión con Dios es un proceso, es una disciplina, es caminar con el corazón confiado en la soberanía del Todopoderoso. Por esa razón, el salmista le recuerda a su propia alma no caer en la trampa del olvido, no dar por sentado el tesoro que se nos es concedido con el despuntar del alba, cada día. El alma puede entristecerse, cansarse, angustiarse y también olvidarse, por eso David le habla a su propia alma y la insta a no olvidar los beneficios que ha recibido de Dios. ¿Cuántas bendiciones que hoy son parte esencial de nuestra existencia, fueron respuesta a una oración desesperada? ¿Cuántas veces hemos agradecido al Señor por todos esos beneficios? David nos muestra una lista no muy larga sino esencial de los beneficios por los cuales el recuerda a su alma agradecer y sobre todo no olvidar. La memoria espiritual no pregunta si ayer fue mejor que hoy; pregunta dónde estuvo Dios ayer y descubre que su misericordia nos acompañó durante todo el camino.
- «Él es quien perdona todas tus iniquidades» Salmo 103:3a.
Gratitud por el perdón
David exalta el perdón antes que cualquier otro beneficio. Todos de una u otra forma hemos ofendido a Dios y a nuestros semejantes. Todos hemos vivido la soledad del alma que queda encarcelada por los muros del resentimiento y la amargura que produce la ruptura, la separación o el distanciamiento a causa de la ofensa, de la transgresión, la rebeldía y la traición. La bendición del perdón es el favor que recibimos de no ser imputados por lo que merecemos. Cuando el alma quebrantada se acerca a su Creador, el arrepentimiento la conduce en un vuelo directo a Dios. Y allí, el símbolo del Espíritu Santo como paloma blanca con las alas extendidas en el escenario del celeste infinito, cobra significado; porque pedir perdón nos conduce a Dios y, ser perdonados por Él, nos trae de vuelta a la comunión con el ser humano. Quizá no exista una liberación más contundente para el alma que el perdón.
II. «El que sana todas tus dolencias» Salmo 103:3b.
Si alguna vez has sentido algún dolor, si de alguna manera has visto tu salud menguada comprenderás con mayor fuerza el inmenso beneficio de un cuerpo y una mente sana. Hay una experiencia personal que podría ilustrar este punto de manera particular. Todos tenemos dos manos, las usamos constantemente en todas las tareas más esenciales y primordiales de la vida; damos por sentado su importancia, su papel extraordinario en nuestro quehacer. Un buen día aparece un dolor, un dolor que imposibilita funciones extraordinarias, no obstante tan cotidianas que han perdido ante nuestros ojos su trascendencia. El dolor se intensifica, hay una lesión; una que amerita cirugía. De repente, concientizamos la belleza de la utilidad que las manos nos confieren cada segundo. ¡La salud es un don invalorable! Un don por el que debemos agradecer cada día. Nuestros cuerpos son templos de Dios, templos que merecen ser cuidados con dedicación. Y quisiera que no olvidáramos las dolencias del alma, las heridas que nos conducen a la tristeza profunda, el desaliento y la depresión. Dios es quien sana todas nuestras dolencias, toda clase de malestares; por lo cual, debemos acudir a Él para pedir sanidad cuando somos afligidos por la enfermedad y, en medio de ella, recordar la insondable bendición de la salud.
III. «El que rescata del hoyo tu vida» Salmo 103:4a.
Gratitud por haber sido librados de la desgracia
Hay favores de Dios que conocemos porque vimos el peligro ante nosotros y fuimos librados de él. Pero, probablemente existan muchos otros que jamás conoceremos. Mi papá solía decirnos que si Dios nos pasara una película de todas las veces, desconocidas, que Dios nos libró del mal, quedaríamos absolutamente asombrados. El Padrenuestro nos enseña a pedir que seamos librados de todos los males: «No nos dejes caer en tentación; más líbranos de todos los males.» Accidentes que no ocurrieron. Decisiones de las que fuimos desviados. Personas de las que fuimos apartados. Puertas que se cerraron. Situaciones en las que algo que interpretamos como frustración terminó siendo protección. Una vez, hace unos años atrás mi esposo y yo tuvimos un terrible accidente; fuimos perseguidos por hombres armados, nuestro vehículo dio tres vueltas completas en el pavimento; todos los que acudieron a auxiliarnos no dejaban de expresar su sorpresa al ver que estábamos vivos y sin lesiones que lamentar. La lógica humana de los que presenciaron el accidente presumía la muerte de los que iban en el vehículo. Más tarde, el vehículo fue declarado como “pérdida total”. La experiencia fue un verdadero hoyo oscuro y profundo. Ese día alabé al Señor porque rescató nuestra vida del hueco. Hoy, al recordarlo me impacta aún más pensar en las misericordias invisibles de Dios.
IV. «El que te corona de favores y misericordias» Salmo 103:4b.
Gratitud por una vidga rodeada de gracia
David contempla su vida y descubre que está coronado por los favores y misericordias de Dios. El verbo coronar en esta afirmación nos revela un significado que va más allá de llevar un objeto sobre la cabeza. Ser coronado por los favores de Dios significa ser revestidos de dignidad y honra. David había conocido tanto la vida de pastor como la vida de rey y, en todas sus circunstancias, reconoce que no solo fue librado del mal sino que su vida estuvo coronada por los favores de Dios. El tono de este salmo nos revela la vida de un hombre que está mirando su vida desde la experiencia acumulada y no desde la inmediatez de una crisis. David había conocido la persecución; sabía lo que era vivir como un fugitivo. También sabía lo que significaba el poder de ser un rey; sus victorias militares y el reconocimiento de su gente. Asimismo, conocía la gran decepción del pecado, el dolor de haber traicionado a Dios. Así como el dolor de haber sido traicionado por su hijo Absalón. Por esa razón, esta expresión: «El que te corona…» no es solamente una bella metáfora sino la declaración de un hombre que sabe que Dios lo ha sostenido. Quizá podríamos beneficiarnos de la elaboración de un inventario de los favores recibidos de Dios. Así como un joyero que añade piedras preciosas a una corona, así Dios añade favores a nuestra vida. La próxima vez que te sientas desalentado, revisa tu inventario y recuerda la corona que llevas sobre tu cabeza.
V. «El que sacia de bien tu boca» Salmo 103:5a.
Gratitud por la provisión que sacia
Siempre he sentido curiosidad filológica sobre esta expresión. ¿Por qué usa la palabra boca para expresar el órgano que se sacia de bien? ¿Qué dirá realmente la versión hebrea de este texto? Investigando un poco sobre este asunto descubro que la palabra hebrea es: edyékh y que se traduce como ornamento o adorno. Considerando que la frase anterior habla sobre la corona de favores, y tomando en cuenta que David era rey sobre Israel, pienso que podría tratarse de Dios diciéndole a David que Él es quien hace que su corona, su reinado goce del bien que solo proviene del seno de Dios. Hay algunas traducciones que sustituyen la palabra boca por vida y otras por deseos. A pesar de estos cambios que derivan de las traducciones; además, dándole a los traductores la debida honra por su trabajo, la palabra boca se nos presenta de una manera bastante descriptiva que nos conduce a interpretar, por una parte, el bien que proviene de una boca llena de gratitud y alabanza a Dios. Cuando la boca se llena de oraciones, clamores, gratitud y alabanza el bien de Dios sacia al alma sedienta. Y, por otra parte, se nos revela como la provisión, como el alimento que entra por la boca, tanto del cuerpo como del alma. En fin, es Dios quien nos sacia de bien. Solamente en el Él nuestra alma, nuestra vida, nuestros deseos son saciados.
VI. «De modo que te rejuvenezcas como el águila» Salmo 103:5b.
Gratitud porque Diogs nos renueva
Me parece precioso pensar que Dios nos renueva, que el paso del tiempo y el desgaste no son un obstáculo para Dios. El propósito que Él tiene para cada uno se puede cumplir a pesar del tiempo, de las circunstancias y del peso de los años sobre la vida. Hay etapas en las que creemos que ya hemos gastado nuestras fuerzas, pero aparecen nuevas ilusiones, nuevos proyectos, capacidades, aprendizajes, personas y misiones.
Si pensamos en el águila podemos capturar una dimensión que muchas veces se nos desdibuja por las aflicciones de la vida. El águila no nace sabiendo volar. Durante un tiempo permanece en el nido, protegida y alimentada por la madre, resguardada del viento y del inmenso vacío. Contempla el Cielo, pero aún no conoce los movimientos de las nubes. Percibe la grandeza de la naturaleza, pero sus alas todavía no han desarrollado su capacidad.
Llega un momento, en el que el águila madre sabe que la protección prodigada debe transformarse en aprendizaje. La madre comienza a inquietar el nido; aquello que había sido refugio deja de ser completamente confortable. El polluelo se asoma al borde, siente el vértigo de la altura y descubre que para crecer tendrá que abandonar la seguridad de lo conocido.
Así ocurre también en la vida espiritual. Al comienzo de nuestro caminar con Dios necesitamos sentirnos sostenidos, consolados, protegidos. Aprendemos a reconocer su voz, a confiar en su presencia, a descansar en sus promesas. Pero la comunión con Dios no fue concebida para mantenernos eternamente inmóviles en el nido. Hay momentos en los que Él permite que desaparezcan ciertas seguridades, que cambien las circunstancias, que se levanten vientos inesperados, porque existen alturas que solamente pueden alcanzarse cuando aprendemos a extender las alas de la fe.
El primer vuelo es torpe. El polluelo bate las alas con desesperación. Por momentos parece caer. El aire todavía le resulta desconocido y el vacío produce temor. Pero aquello que parecía una amenaza comienza poco a poco a convertirse en sustento. Descubre que el mismo viento que lo sacude puede sostenerlo. También nosotros aprendemos así. Algunas de las circunstancias que inicialmente interpretamos como adversidad terminan enseñándonos a confiar. Los vientos que quisimos evitar fortalecen nuestras alas; las preguntas nos llevan a buscar más profundamente a Dios; las pérdidas nos obligan a descubrir que su presencia permanece cuando desaparecen otras. La espera ensancha la paciencia. La prueba purifica la fe. Y cada experiencia va afinando en nosotros el arte de volar.
El águila aprende entonces algo extraordinario, no necesita luchar constantemente contra el viento, puede rendirse a su voluntad. Reconoce las corrientes ascendentes y se deja elevar por ellas. Sus alas permanecen abiertas y, casi sin esfuerzo, comienza a ganar altura. Quizá aquí se encuentre una de las imágenes más hermosas de la comunión con Dios. La madurez espiritual no consiste solamente en esforzarnos más, sino en aprender a depender mejor. Llega un momento en que comprendemos que nuestra fuerza tiene límites, pero la gracia de Dios no. Dejamos de intentar controlar cada corriente y aprendemos a descansar en Aquel que conoce los vientos.
Entonces comenzamos a mirar la vida desde otra altura. Lo que desde el suelo parecía gigantesco adquiere una dimensión diferente. Los caminos se distinguen con mayor claridad; las montañas siguen existiendo, pero ya no ocupan todo el horizonte. La perspectiva cambia. La comunión profunda con Dios produce algo semejante. Los problemas no desaparecen necesariamente, pero dejan de definir toda nuestra realidad. El dolor ya no tiene la última palabra. La incertidumbre permanece, pero la fe aprende a mirar más lejos. Y un día aquella pequeña ave que temblaba al borde del nido se descubre atravesando el cielo; ya no necesita que la madre sostenga cada uno de sus movimientos. Sus alas se han fortalecido. Ha aprendido a ascender, a descender, a enfrentar las corrientes y a descansar sobre ellas. El espacio que antes producía temor se ha convertido en territorio de libertad.
Así también ocurre con el alma que ha caminado durante años con Dios. Después de muchas pruebas, muchas oraciones, muchas respuestas y también muchos silencios, aprende a reconocer su fidelidad. Comprende que hubo momentos en los que creyó estar cayendo y, sin embargo, estaba aprendiendo a volar. Descubre que algunos vientos que parecían contrarios terminaron elevándola. Y puede mirar hacia atrás para reconocer que nunca estuvo abandonada. Porque la vida con Dios no consiste en permanecer siempre donde alguna vez estuvimos seguros, sino en permitir que Él fortalezca nuestras alas hasta que podamos elevarnos por encima del temor, atravesar los vientos y descubrir, cada vez con mayor profundidad, la inmensidad de su presencia y la fidelidad de su amor.
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Rosalia Moros de Borregales
Lic. Idiomas Modernos.
Traductora-Escritora.
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