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Los rostros de la fe: El centurión romano

Leon XIV
Tiempo de lectura: 6 min.

Era una tarde calurosa, Jesús junto a sus discípulos entró a Capernaum, una ciudad conocida, transitada, habituada a su presencia. Al igual que las veces anteriores, una multitud se agolpó a su alrededor, muchos demandaban su atención, otros estaban curiosos de lo que haría ese día; cada vez que Jesús había estado en Capernaum habían sido testigos de su bondad y sus prodigios. Sin duda alguna, la escena central de aquella tarde fue la presencia del centurión romano que se acercó a Jesús. Cuando lo vieron, muchos temieron y retrocedieron; allí estaba, como todo ser humano, aquel hombre extranjero, parte del poder opresor, pidiendo la ayuda de Jesús. No obstante, esta vez fue diferente, desde la lógica humana, el centurión no lucía como un hombre de fe, no había traído ningún enfermo, tampoco él parecía enfermo; pero, allí estaba, hablando con Jesús. ¡Y Jesús estaba maravillado!

Algunos de sus discípulos escucharon al centurión diciéndole: “Señor, mi criado está postrado en casa, paralítico, gravemente atormentado. Y Jesús le contestó: Yo iré y le sanaré.” San Mateo 8:6-7. Jesús estaba dispuesto a ir y sanar al siervo del centurión. Pero el centurión cambió el curso de este evento. En cambio, aquella tarde Jesús experimentó una de las expresiones de fe más contundente que jamás había experimentado. Acto seguido, respondió el centurión y dijo: “Señor, no soy digno de que entres bajo mi techo; solamente di la palabra, y mi criado sanará. Porque también yo soy hombre bajo autoridad, y tengo bajo mis órdenes soldados; y digo a este: Ve, y va; y al otro: Ven, y viene; y a mi siervo: Haz esto, y lo hace.” San Mateo 8:8-9.

Por una parte, el centurión habló su verdad con humildad a Jesús:_No soy digno. La inequívoca razón de quién conoce sus errores y sabe con certeza que no merece la visita de un bondadoso rabino que ha mostrado poder para sanar. Se siente indigno, y con un corazón contrito y humillado viene ante quien reconoce como la fuente para la sanidad de su criado. Toda su vestimenta militar, todo su poder opresor, todo su orgullo romano quedaron enterrados bajos sus pies aquel día, ante la expresión de su corazón: _No soy digno de tu visita a mi hogar, tan solo di la palabra, y mi criado sanará. Por otra parte, no se trata solo de un acto de humildad; fue también un reconocimiento a la autoridad de Jesús. No había ninguna otra forma, en su manera de pensar, en la cual fuera posible que Jesús tuviera el poder para sanar, la autoridad para liberar a los oprimidos de las cadenas del enemigo y llevar a cabo todos los milagros de los cuales había sido testigo y había escuchado. Jesús tendría que haber estado bajo una autoridad superior, tal como él estaba.

En pocas palabras, era un hombre que reconocía la autoridad, que estaba habituado a vivir en una cadena de mando en la cual tenía superiores de quienes recibía ordenes y las cumplía. A su vez, también tenía subalternos a quienes les daba ordenes y eran cumplidas. Dicho de otro modo, el centurión confió absolutamente que la palabra pronunciada por Jesús provenía de un poder superior, delegado en sus manos. Por esa razón, le dijo: _Solamente, di la palabra. Al oírlo “Jesús, se maravilló, y dijo a los que le seguían: De cierto os digo, que ni aun en Israel he hallado tanta fe.” San Mateo 8:10. Que belleza tan indescriptible revela este pasaje. Un rostro más de la fe develado ante nosotros en los evangelios. Y el creador del universo, el todopoderoso, el salvador del mundo tuvo la capacidad de maravillarse ante tal fe.

Unos instantes luego, aquel que era el verbo de Dios pronunció la palabra y en aquella misma hora, el siervo del centurión fue sanado. “Entonces Jesús dijo al centurión: Ve, y como creíste, te sea hecho. Y su criado fue sanado en aquella misma hora.” San Mateo 8:13. El centurión no se apoyó en su rango, ni en sus méritos humanos, ni siquiera en sus buenas obras. No negoció con Dios desde el poder humano, antes bien reconoció que toda su autoridad no tenía ningún poder ante la autoridad de Jesús. No se impuso, se rindió. El sabía como funciona la cadena de autoridad. Una orden dada correctamente no necesita presencia física para cumplirse; la autoridad actúa por la palabra. Este tipo de fe comprende que cuando Jesucristo habla, el cielo responde. Que su palabra no depende de la distancia, del tiempo, ni del espacio.

La palabra de Jesús sale de su boca como un viento recio que recorre todo el camino hasta el infinito. No hay nadie que la detenga, cumple su propósito y nunca regresa vacía; por esa razón la fe del centurión no necesitó señales, ni el contacto físico entre Jesús y el enfermo. Es la fe que no reacciona cuando ve el milagro sino que lo anticipa, lo cree. Las palabras de Jesús: “Como creíste, te sea hecho” se convierten en la medida revelada a todos nosotros. ¡Es necesario creer! La epístola a los Hebreos nos dice en el capítulo 11:6: “Pero sin fe es imposible agradar a Dios; porque es necesario que el que se acerca a Dios crea que le hay, y que es galardonador de los que le buscan.” 

Y el centurión creyó, creyó más que muchos de los suyos y su acto de fe demostró que no se trata de religión, ni de ritos, ni de si te consideras teológicamente correcto; se trata de creer en el poder y la autoridad de Jesús, el Hijo de Dios, el Mesías, el Salvador prometido: “De cierto os digo, que ni aun en Israel he hallado tanta fe. Y os digo que vendrán muchos del oriente y del occidente, y se sentarán con Abraham e Isaac y Jacob en el reino de los cielos; mas los hijos del reino serán echados a las tinieblas de afuera; allí será el lloro y el crujir de dientes.” San Mateo 8:10-12. Con certeza, podemos afirmar que en la vida espiritual el fundamento está en creer en Jesús, el Hijo de Dios. Y la clave es la palabra que sale de tu boca: “Mas ¿qué dice? Cerca de ti está la palabra, en tu boca y en tu corazón. Esta es la palabra de fe que predicamos: que si confesares con tu boca que Jesús es el Señor, y creyeres en tu corazón que Dios le levantó de los muertos, serás salvo. Porque con el corazón se cree para justicia, pero con la boca se confiesa para salvación. Pues la Escritura dice: Todo aquel que en él creyere, no será avergonzado.”  Romanos 10:8-11.

Indudablemente, que lo más tierno de este pasaje es cuando nos expresa que Jesús se maravilló. Porque Jesús no se maravilla por tus obras, por lo que puedas hacer o decir, Jesús se maravilla por tu fe. Se asombra cuando comprendemos lo esencial, los principios de su reino. Se asombra cuando a pesar de nuestros títulos, honores, posiciones y riqueza somos capaces de venir ante él con humildad, reconociendo su autoridad, confiando en su palabra.

Quizá hoy necesitas un milagro en tu vida. Quizá la enfermedad en tu cuerpo o en un ser que amas es un grito ahogado en tu alma. Hoy Jesús te dice. “Si puedes creer, al que cree todo le es posible.” Y si sientes que tu fe no es suficiente, grita desde tus entrañas, como aquel padre que buscaba sanidad para su hijo: “Creo; ayuda mi incredulidad.” San Marcos 9:23-24.

“Señor, no soy digno de que entres bajo mi techo; solamente di la palabra…”

San Mateo 8:8.

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