¿Es la IA una burbuja? Todo depende, según nos dicen, de si las inversiones masivas en esta tecnología aumentarán masivamente la productividad. Los optimistas están convencidos de que las futuras ganancias de productividad serán colosales, incluso si se necesita una corrección de mercado para desinflar un poco el entusiasmo desmedido del auge actual. Los pesimistas, desde Jim Covello de Goldman Sachs hasta Daron Acemoglu del MIT, tienen sus dudas. Sin embargo, tanto optimistas como pesimistas están dominados por lo que yo llamo la ilusión de la productividad de la IA.
Lo que ambos bandos pasan por alto es que la IA devastará el capitalismo incluso si aumenta la productividad más allá de nuestra imaginación, e independientemente de que cumpla o no la promesa de automatizar los flujos de trabajo corporativos cotidianos en toda la economía. La razón por la que tendemos a ignorar esto es que observamos el mundo actual a través del prisma de otro mundo que el capital en la nube (cloud capital) —especialmente ahora que está potenciado por la IA— ha dejado obsoleto.
Hasta hace poco, se daba por sentado que cada revolución tecnológica representaba un momento de destrucción creativa. Sectores, profesiones y habilidades enteras eran destruidas por innovaciones que, a su vez, daban paso a nuevos sectores, nuevas profesiones y nuevas habilidades. Los automóviles arruinaron a guarnicioneros, herradores y desolladores, pero engendraron trabajadores automotrices, constructores de carreteras, mecánicos y personal de estaciones de servicio. La transición del carbón al petróleo condenó al olvido a comunidades mineras enteras, por no hablar de los sindicatos. En términos netos, sin embargo, se creó más de lo que se destruyó. La destrucción creativa se convirtió en sinónimo de crecimiento económico.
Ante la fuerza arrolladora de la IA, es natural centrarse en los efectos netos de la tecnología. ¿Creará más de lo que destruye? Pero la verdadera pregunta es: «¿Más de qué?». Para evitar la ilusión de la productividad de la IA, debemos replantearnos cómo definimos la productividad.
Si por productividad entendemos tareas realizadas por unidad de trabajo humano, no cabe duda de que la IA demostrará ser un éxito inmenso; de hecho, ya lo ha demostrado. Pero si seguimos midiendo la productividad en términos de valor monetario producido por unidad de trabajo, lo más probable es que la IA resulte ser un desastre absoluto.
Las revoluciones tecnológicas anteriores, desde la máquina de vapor y el automóvil hasta la computadora personal y el teléfono inteligente, expandieron el dominio de los mercados capitalistas. A pesar del estropicio de profesiones y comunidades enteras que dejaron a su paso, dieron como resultado, simultáneamente, una mayor producción material y un mayor valor monetario agregado de esa producción.
¿Hará la IA lo mismo? Tal vez en China, donde la IA se combina con la robótica, la producción material aumente y, al menos a corto plazo, también lo hagan los ingresos netos. Pero en Occidente, los agentes de IA se despliegan en el sector de servicios: desde Amazon.com hasta las oficinas administrativas, bufetes de abogados, hospitales y más. En esos dominios, el capital en la nube potenciado por la IA podría reducir los mercados de dos maneras distintas.
La primera manera, la que a todos preocupa, es que la IA acabará con profesiones enteras: asistentes legales, programadores, traductores, contadores, e incluso arquitectos, matemáticos y profesores de escuela, mientras crea muchos menos puestos de trabajo nuevos ocupados por los redactores de instrucciones (prompters), supervisores, ingenieros u operadores de la nueva maquinaria. La segunda manera es mucho menos visible, pero quizás aún más preocupante: la conversión de los mercados en feudos en la nube (cloud fiefs) y de los beneficios en rentas.
Como sostuve hace tiempo, Amazon puede parecer un mercado, con innumerables compradores y vendedores dentro de sus murallas digitales, pero carece de la característica central de un mercado: la descentralización. De hecho, está más centralizado de lo que jamás estuvo la economía planificada soviética, con un algoritmo incomprensible que decide qué consumidor se asigna a qué vendedor sobre la base de un modelo probabilístico optimizado para maximizar la probabilidad de que Jeff Bezos, su dueño, recaude el 40 % del precio máximo que cada cliente está dispuesto a pagar.
A medida que la IA se integre más profundamente en el algoritmo de Bezos, interfaces como Alexa no se comunicarán con nosotros como meros asistentes de compras, sino como un amigo, compañero e incluso terapeuta omnisciente. Pronto, los beneficios de los vendedores capitalistas terminarán en la cuenta de algún señor tecnológico (tech lord) en forma de renta en la nube (cloud rent), la cual invertirá sin duda en más capital en la nube potenciado por IA que genere más poder para extraer más rentas en la nube.
Por lo tanto, a medida que Siri de Apple, Gemini de Google y un ejército de asistentes similares desarrollen para sus señores tecnológicos las mismas capacidades que Amazon ha desarrollado para Bezos, el dominio del mercado capitalista continuará reduciéndose. Si bien la IA habrá demostrado ser sumamente productiva en términos de actividades económicas realizadas por unidad de trabajo humano, las tasas de beneficio de las empresas capitalistas se colapsarán, siguiendo a los salarios agregados de la sociedad hacia el fondo. En ese punto, ninguna de las herramientas del Estado liberal —ningún volumen de flexibilización cuantitativa, ningún nivel políticamente viable de renta básica universal, ningún impuesto al patrimonio que a los señores tecnológicos les resulte difícil evadir— podrá evitar un colapso sistémico.
La pregunta de si la IA generará aumentos masivos de productividad es fácil de responder: sí. La IA ya está demostrando ser capaz de aumentar exponencialmente la cantidad de trabajo que se realiza por cada trabajador humano. Pero mientras se utilice para eliminar el trabajo asalariado al tiempo que se desvían los beneficios de los mercados reales hacia las rentas en la nube de nuestros señores tecnológicos, el valor económico producido por trabajador se desplomará.
A menos que se establezca esta distinción, la ilusión de la productividad de la IA persistirá. Y mientras persista, seremos incapaces de albergar la esperanza de un futuro poscapitalista de abundancia donde nosotros, junto con nuestros asistentes de IA, produzcamos según nuestra capacidad y distribuyamos según nuestra necesidad.