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Vitrina: Economía después del terremoto

Opinión
Tiempo de lectura: 11 min.

La economía venezolana entró en una fase nueva después del doble terremoto del 24 de junio. No se trata de un colapso total, porque el petróleo, las exportaciones y parte del aparato urbano siguieron operando, pero sí de un cambio de régimen económico: el país pasó de una recuperación precaria apoyada en apertura parcial y petróleo a una economía de reconstrucción, con más inflación, más presión logística y menos margen para equivocarse.

Antes de los terremotos, la expectativa dominante era que 2026 fuera un año de crecimiento relevante. Ecoanalítica trabajaba con una previsión de PIB real de 9,8% para 2026, mientras otros análisis previos hablaban de rangos entre 7,4% y 10%.

Después del sismo, ese optimismo ya no es sostenible en los mismos términos. El mejor escenario ortodoxo baja el crecimiento a 5%-6% y otras lecturas más prudentes incluso hablaban de crecimiento cero o muy bajo, si la reconstrucción se trancaba y el daño eléctrico se extendía al resto del aparato productivo.

La diferencia no es menor. Antes del terremoto, el problema económico venezolano era crecer poco y mal, sobre una base muy deteriorada. Después del terremoto, el problema es sostener actividad sin desordenar aún más precios, tipo de cambio, servicios públicos y condiciones sociales. Y esa es la verdadera ruptura del momento.

La factura económica real

El dato más sólido finalizando julio de 2026 es el daño estructural directo en viviendas e inmuebles del orden de 12.000 millones de dólares, sobre un acervo nacional de edificaciones de 676.700 millones, con un cálculo de daños adicionales en infraestructura esencial entre 4.000 y 5.000 millones.

El golpe se concentra en La Guaira, Distrito Capital y Miranda, con La Guaira absorbiendo por sí sola 37% del daño nacional en edificaciones y un nivel de afectación muy superior al que sugeriría su tamaño económico relativo.

Pero la verdadera cifra de referencia no es el daño directo, sino el costo de reconstruir. Aplicando el criterio internacional de “reconstruir mejor”, analistas estiman una necesidad total de 26.000 millones de dólares. Dicho en lenguaje económico simple: Venezuela no enfrenta solo una tragedia humanitaria, sino una brecha de financiamiento enorme en un país con baja capacidad fiscal, acceso limitado al crédito y un Estado sin reputación financiera suficiente para administrar por su cuenta un proceso de esta magnitud.

Qué cambió en la economía

Lo primero que cambió fue la composición del riesgo. Antes del terremoto, la economía venezolana ya cargaba con inflación alta, fragilidad cambiaria, deterioro eléctrico y consumo de baja calidad, pero el sesgo general era expansivo. Después del sismo, el sesgo es defensivo, con más gasto de contingencia, más reconstrucción, menos inversión de expansión y más peso de cuellos de botella físicos.

Lo segundo es que el país pasó de una lógica de consumo, limitado a una lógica de consumo de supervivencia. Ya en nuestros análisis el patrón era claro: menos gasto en bienes duraderos y mejoras, más gasto en alimentos, transporte, vivienda, salud y reposición básica. Lo cual tiene efectos sobre comercio, servicios y manufactura, porque si bien el consumo no desaparece, se empobrece su composición y pierde capacidad de tracción sobre el resto de la economía.

Lo tercero es que la reconstrucción no equivale automáticamente a desarrollo. Si bien es cierto que habrá más actividad en construcción, materiales, alquileres y ciertos servicios asociados, eso no significa una recuperación sana, porque parte de ese movimiento puede ser apenas reparación de daños y  no ampliación de capacidad productiva.

Petróleo, electricidad y oferta interna

El petróleo sigue siendo el principal amortiguador externo. Diferentes analistas coinciden en que la infraestructura petrolera no sufrió daños estructurales relevantes, lo cual permite que el sector siga funcionando como ancla de divisas y crecimiento.

Sin embargo, de allí no se desprende que el petróleo haya quedado intacto en sentido económico amplio. Un sector petrolero sin daño directo puede igual verse afectado por fallas eléctricas, problemas logísticos, personal desplazado, interrupciones en servicios auxiliares y deterioro del entorno operativo.

Allí aparece la electricidad como restricción maestra. El daño en infraestructura eléctrica puede ubicarse en el orden de los 4.000 millones de dólares, claramente por encima de vialidad, agua y telecomunicaciones. Esa cifra refuerza una tesis que ya aparecía en nuestros análisis donde la recuperación económica venezolana depende más del sistema eléctrico que de cualquier otra variable económica. El dólar y el tipo de cambio importan... un país puede operar con un dólar caro, pero no puede hacerlo de manera estable con un sistema eléctrico disminuido y con disponibilidad limitada.

También la oferta interna quedó más expuesta. Los daños en puentes, calles, agua, telecomunicaciones y nodos logísticos del eje Caracas-La Guaira elevan costos de distribución, ralentizan tiempos de reposición y reducen eficiencia en comercio, manufactura y servicios. En un país donde la informalidad ya explicaba una porción muy grande de la actividad, cualquier interrupción física castiga más porque destruye coordinación y no solo activos.

Inflación, tipo de cambio y nivel de actividad

Antes del terremoto, la inflación ya era muy alta y la presión cambiaria seguía viva. Después del sismo, la discusión dejó de ser si habría inflación, para pasar a cuánto más se acelerará según el mecanismo de financiamiento de la reconstrucción. El análisis plantea con claridad dos trayectorias posibles:

  • Una ortodoxa, con inflación de 230%-250% y brecha cambiaria de 10%-15% a diciembre
  • Y otra heterodoxa, con inflación de 330%-360% y brecha de 30% si se financia la emergencia con emisión monetaria.

Aquí hay una advertencia importante para el lector empresarial. Puede haber un crecimiento estadístico algo mayor bajo el escenario heterodoxo de 6%-7%, pero sería un crecimiento engañoso, construido sobre más liquidez, más velocidad del dinero y más inestabilidad. En términos de gerencia, eso equivale a vender más nominalmente mientras se destruye previsibilidad, se encarece la reposición y se deteriora la contabilidad real del negocio.

El nivel de optimismo razonable

¿Hay razones para el optimismo? Sí, pero debe ser un optimismo disciplinado y no narrativo. Hay tres elementos que sostienen una mirada no derrotista: el petróleo sigue generando caja externa, existe interés multilateral y geopolítico en evitar el colapso venezolano y la reconstrucción puede activar sectores como construcción, banca, logística, ingeniería, materiales y servicios empresariales.

Sin embargo, ese optimismo tiene un techo bajo, si no se resuelven los problemas institucionales. La reconstrucción puede generar actividad, pero no necesariamente desarrollo. Puede elevar el PIB y al mismo tiempo empeorar la inflación, consolidar desigualdades territoriales y profundizar una economía donde unos pocos capturan contratos mientras el resto sobrevive con servicios frágiles y empleo precario.

Por eso el tono correcto no es ni euforia ni fatalismo. El futuro inmediato de la economía venezolana es de crecimiento inferior al esperado antes del terremoto, inflación persistente, consumo defensivo y reconstrucción como nuevo eje económico. El país puede evitar un colapso mayor, pero no va camino a una normalización rápida.

El peso de Estados Unidos

En este punto, el papel de Estados Unidos es determinante. Ya antes del terremoto existía una tutela directa sobre el reacomodo petrolero, financiero e institucional del país y la emergencia elevó todavía más ese peso.

No se trata solo de ayuda humanitaria o licencias, sino que se trata de que la velocidad, transparencia y credibilidad de la reconstrucción dependen en buena medida de si Washington respalda, condiciona o bloquea el acceso a activos externos, multilaterales y mecanismos extrapresupuestarios.

Desde el punto de vista económico, la presencia de Estados Unidos pesa por cuatro vías:

  1. Primero, porque sin su visto bueno es muy difícil acceder de forma ordenada a parte de los activos externos y al apoyo de organismos multilaterales.
  2. Segundo, porque la estabilidad del flujo petrolero sigue anclada a decisiones de política exterior y sanciones.
  3. Tercero, porque Washington opera como garante parcial de cualquier esquema de coadministración o fondo fiduciario para reconstrucción.
  4. Cuarto, porque su conducta política influye sobre la credibilidad de las reglas de juego que miran empresas, bancos e inversionistas.

El problema es que ese peso puede jugar a favor o en contra del desarrollo. Si se traduce en supervisión, disciplina fiscal y apertura a financiamiento transparente, puede evitar un nuevo ciclo de inflación descontrolada. Pero si la tutela se concentra solo en estabilizar petróleo, administrar activos y sostener un orden político ambiguo, la economía puede crecer algo sin cambiar de fondo, produciendo una reconstrucción material sin reconstrucción institucional.

Mirada final

La economía venezolana después del terremoto no quedó destruida, pero sí reordenada alrededor de una nueva prioridad: reconstruir sin desestabilizar todavía más el país. El petróleo sigue en pie, pero la electricidad, la logística, el capital humano y la capacidad financiera del Estado quedaron más expuestos.

Como economista, la conclusión es concreta: Venezuela todavía puede tener un futuro menos malo que su pasado reciente, pero ese futuro dependerá mucho menos del discurso y mucho más de tres variables. La primera es si se financia la reconstrucción sin monetizar el desastre. La segunda es si el país logra convertir la presencia de Estados Unidos en una plataforma de acceso a recursos y reglas, y no solo en una tutela de equilibrio. La tercera es si la reconstrucción sirve para rehacer capacidad productiva e instituciones, en lugar de limitarse a mover cemento sobre las mismas bases precarias de siempre.

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Lo que no fue noticia (y debería serlo)

  • Qué la relación indisoluble entre el PIB y la energía disponible hace que la energía disponible para respaldar la producción real sea la medida física del crecimiento económico; o sea que no hay producto sin vatios. Cada punto porcentual de crecimiento del PIB requiere una adición física proporcional en la oferta eléctrica nacional. El PIB no es un número abstracto de valor contable, sino que es la suma de transacciones e industrias operando sobre una red eléctrica. En economías en desarrollo, el consumo eléctrico debe crecer entre 1% y 1.5% por cada 1% de aumento del PIB real. Por ejemplo, la industria pesada / minería requiere +2,200 MW requeridos para +2% del PIB. La manufactura en general requiere +1,650 MW para +2% del PIB. Mientras que el comercio y los servicios requieren +1,100 MW para +2% del PIB. Por su parte, el sector financiero, para +2% del PIB, requiere +450 MW. Sin generación adicional instalada y distribuida, cualquier expansión reportada en sectores productivos es matemáticamente imposible de sostener… así contable o estadísticamente digan algo diferente.
  • O que el “crecimiento” registrado y reportado en Venezuela no tiene base en la economía real. Las cifras oficiales de "rebote económico" reflejan consumo importado y distorsiones monetarias, y no mayor producción industrial ni agrícola. Porque sin incremento en la generación eléctrica utilizable, la actividad manufacturera real se encuentra topada. Un PIB que crece nominalmente mientras la red colapsa es una ficción contable, por lo que existe una clara brecha entre Del discurso y la física. Dato Crítico: 60% de Consumo Energético comparado con 2013, donde hubo un pico histórico de demanda, Venezuela demandaba cerca de 18,600 MW con una economía plenamente operativa. Hoy la red apenas tolera ~15,000 MW (mas cerca de los 13 mil) con racionamientos severos y cortes continuos en regiones clave como Zulia, Lara y Guayana. Y la economía real opera a menos de un tercio de su capacidad histórica debido al freno energético.
  • Ni que, el deterioro estructural del Sistema Eléctrico Nacional (SEN) como respaldo técnico, ha dejado de existir. El parque termoeléctrico está inoperativo con más del 70% de las plantas termoeléctricas (gas/diésel) fuera de servicio por falta de mantenimiento, repuestos y combustible refinado. Mientras la central hidroeléctrica del Guri debe suplir casi todo el país sin el respaldo térmico necesario, sobrecargando las líneas de transmisión troncales induciéndole altos grados de vulnerabilidad al sistema del Bajo Caroní. Los Tres Eslabones Rotos de la Infraestructura: 1. Generación Térmica con plantas inoperativas o inactivas por falta de gas natural y diésel, funcionando a menos del 20% de su capacidad instalada. 2. Transmisión y Subestaciones, con línea de 765 kV sobrecargada, falta de subestaciones transformadoras y repuestos esenciales, y sin mantenimiento. 3. Capital Humano asumiendo la pérdida masiva de ingenieros y personal técnico capacitado durante la última década.
  • Tampoco que el cuello de botella ineludible está en la imposibilidad física de una recuperación económica sin inversiones multimillonarias previas, y el tiempo calendario que llevar a cabo esas obras requiere: un piso de 2 a 3 años, y un horizonte de 10 a 15 años. Conclusión de esta Vitrina: “Sin Megavatios No Hay Crecimiento Real”. El PIB real de Venezuela tiene un techo mecánico fijado por el deterioro del sistema eléctrico; y cualquier cifra de crecimiento económico que ignore este límite térmico, y que no considere los plazos físicos involucrados, es pura ficción estadística y contable.

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