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Los rostros de la fe: La hija de Jairo es levantada de la muerte

La hija de Jairo
Tiempo de lectura: 9 min.

El pasaje del evangelio que nos relata la historia de Jairo nos muestra con gran fuerza tres rostros diferentes de la fe: El primero es la súplica, el segundo la perseverancia, aún cuando todo parece perdido, y el tercero es el rostro de Cristo que no se intimida ante la muerte. Jairo no solo es el padre desesperado, es un hombre de posición en la jerarquía religiosa, de prestigio social; es un hombre que desciende de su rango para postrarse ante Cristo, porque hay sufrimientos que rompen con la compostura social y la pretensión de control. Cuando la enfermedad toca a un hijo, cuando la vida de un ser amado parece escurrirse entre los dedos, el alma descubre con claridad su verdadera condición. Somos criaturas necesitadas, frágiles, incapaces de sostener por nosotros mismos a aquel a quien más amamos. Jairo es un espejo de todos aquellos que alguna vez han corrido hacia Dios con el corazón roto. Su historia no es solamente la historia de un milagro de resurrección; es la historia de una fe probada en la urgencia, en la interrupción, en la demora y aún en la noticia de la muerte.

La súplica

Nos cuenta el evangelista Marcos que Jesús acababa de pasar de una orilla a la otra y cuando descendió de la barca una gran multitud le rodeó. En medio de tanta gente, uno de los principales de la sinagoga llamado Jairo, al ver a Jesús se postró a sus pies y con gran súplica le dijo: —Mi hija está agonizando, ven y pon las manos sobre ella para que sea salva y vivirá. Entonces, Jesús accedió ir con Jairo y mientras iban en camino tratando de vencer todos los obstáculos que se les presentaban debido a la muchedumbre, apareció aquella mujer que tenía doce años con un flujo de sangre. Marcos 5:22-23. La autoridad religiosa de Jairo no pudo detener la enfermedad de su hija. Sus riquezas no pudieron comprar el aliento que se estaba apagando en el pecho de su pequeña. Pero su fe le inspira la plegaria, le desnuda su impotencia y se postra suplicante a los pies de Cristo. Su fe no es una idea abstracta ni una formulación impecable de la ley. La fe es su cuerpo arrodillado, su corazón doblegado. Y Jesús no solo escucha su clamor, Jesús le responde caminando a su lado al lugar exacto donde yace el dolor y el sufrimiento.

La interrupción y la demora

De repente, Jesús siente que alguien lo ha tocado y pregunta… En medio de la espera desesperada de Jairo, mientras su corazón late aceleradamente, inquieto porque su hija está agonizando, el Maestro se detiene para atender a aquella mujer que pensaba que si tan solo ella lograra tocar el borde del manto de Jesús sería sana. Fueron minutos de gloria para esa mujer; sin embargo, para Jairo fueron minutos eternos. Y mientras Jesús aún hablaba con aquella mujer vinieron de la casa de Jairo para traerle noticias. Marcos 5:25-34. Ahora tiene la certeza que Jesús irá con él a su casa; pero hay tantos necesitados en el camino. ¿Acaso llegarán a tiempo? Ahora el especialista religioso, el hombre público, el erudito debe esperar. Una de las pruebas más aguda de la fe no es el silencio absoluto de Dios, sino su aparente demora mientras nosotros seguimos esperando como si ya no tuviéramos más tiempo, como si ya no hubiera más oportunidad.

La noticia de la muerte

Se le acercó uno de los enviados desde su casa y le dijo: —Jairo, tu hija ha muerto. ¿Para qué molestas al Maestro? Marcos 5:35. La peor de todas las noticias llega justo en el momento que parecía que Jairo había encontrado la fuente de la sanidad. A tan solo unos pasos de llegar a su casa con el Maestro, le dicen que todo ha terminado. La fe de Jairo titubea, pero decide perseverar; el amor por su hija convirtió su fe en ruego. Se ha entregado en los brazos del Amor. Ahora cree en esperanza contra esperanza.

No temas, cree solamente

Pero Jesús, que acababa de sanar a la mujer, e iba en camino para sanar a la hija de Jairo, al escuchar lo que le decían a Jairo, se volteó hacia él y le dijo: No temas, cree solamente. Entonces, no permitió que la gente le siguiera sino solamente Pedro, Jacobo y Juan. Marcos 5:36. Jesús no lo invita a pensar positivamente, tampoco ignora la gravedad de lo que ha sucedido. Aquí las palabras del Maestro toman el corazón de Jairo para quitarle al temor el centro interpretativo de la realidad. No le dice ‘no ha pasado nada’ ni tampoco ‘todo va estar bien’; Jesús impele a Jairo a seguir creyendo, a dejar de un lado el temor y poner sus ojos en Dios.

La burla en la casa del luto

Llegaron a la casa de Jairo Jesús y sus discípulos y encontraron que había un gran alboroto y mucha gente que lloraba. Y Jesús les dijo:—La niña no está muerta, sino que duerme. Entonces, comenzaron a burlarse de Él. Marcos 5:37-40. Siempre hay quienes ante la Palabra de Dios levantarán sus argumentos huecos y sus burlas. La burla es la reacción típica de la incredulidad ante el lenguaje de Dios. El hombre simple no soporta la fe, para los insensatos creer en Dios es una locura, pero los que hemos creído sabemos, como bien lo expresó el apóstol Pablo, que el evangelio es poder de Dios a todo el que cree.

Talita cumi

El Señor no hizo caso de las burlas, tomó a los padres y entró a la habitación donde la niña dormía. Y tomando la mano de la pequeña le dijo: Talita cumi, que traducido es: Niña, levántate. Luego, la niña se levantó y todos los burladores se espantaron grandemente. Pero el Señor les mandó que nadie lo supiese y mandó que le dieran de comer a la niña. Marcos 5:40-43. Cristo crea un espacio de intimidad para obrar. Hay momentos en que la obra de Dios no se realiza en el ruido de la multitud, sino en el recinto donde la fe, el dolor y la presencia del Señor quedan cara a cara. La casa de Jairo se convierte en santuario. El lugar del duelo se vuelve escenario de revelación. Y aquí emerge con fuerza el rostro de Cristo. Jesús entra donde la muerte reina sin contaminarse, sin retroceder, sin intimidarse. La muerte, que para el hombre es frontera infranqueable, para Cristo es un enemigo sometido a su autoridad soberana. 

A veces esta escena se repite en nuestra vida interior. Oramos por algo urgente, y parece que Dios se detiene en asuntos ajenos. Clamamos por una respuesta inmediata, y el cielo no se mueve con la velocidad que nuestro miedo considera necesaria. Miramos a otros recibiendo consuelo, restauración, dirección, puertas abiertas, y sentimos que nuestra urgencia sigue en el mismo lugar. El relato de Jairo enseña que la demora de Cristo nunca debe interpretarse como desinterés. Jesús no había olvidado a la niña. No había dejado de caminar hacia aquella casa. La pausa no era abandono; era parte de una revelación más profunda. Muchas veces, lo que llamamos tardanza es simplemente el modo divino de preparar una manifestación más grande de su gloria.

Hay momentos en que el alma no necesita largas explicaciones, sino una palabra rectora que la sostenga en medio del colapso. “No temas, cree solamente” no significa que el creyente no tiembla, no llora o no se angustia. Significa que, aun temblando, llora delante de Cristo y no huye de Él; aun sintiendo el impacto de la noticia, decide no rendir la esperanza; aun sin entender, sigue caminando con Jesús hacia la casa del dolor. La fe no es una emoción. La fe es la fidelidad del corazón a Cristo en medio de la tormenta de las emociones. La fe de Jairo no recibió únicamente la respuesta a una petición; recibió una revelación más grande de la identidad de Cristo. Buscó ayuda urgente para una enfermedad, y pudo contemplar al Señor de la vida.

Jairo representa a todos los padres y madres que llevan a Cristo angustias que no pueden resolver con sus manos. Representa a quienes han visto deteriorarse una situación familiar, espiritual o emocional, y aun así siguen buscando al Maestro. Representa a aquellos que han tenido que soportar la demora, las interrupciones, la presión del entorno y las voces que sugieren que ya no vale la pena seguir creyendo. A todos ellos, este texto les recuerda que Jesús no desprecia la intercesión de los que aman. Cristo escucha el clamor de los padres. Cristo camina hacia las casas donde el dolor ha entrado. Cristo puede sostener la fe cuando la noticia empeora.

También este pasaje es profundamente consolador para quienes sienten que ya es tarde. El mensaje que recibió Jairo fue, precisamente, que ya no había nada más que hacer. Cuántas personas viven bajo esa sentencia interior. “Ya es tarde para mi familia.” “Ya es tarde para mi matrimonio.” “Ya es tarde para mi hijo.” “Ya es tarde para mi alma.” “Ya es tarde para aquello que se perdió.” Pero el Evangelio se levanta contra esa conclusión definitiva. No para prometer de manera simplista que toda pérdida temporal será revertida exactamente como queremos, sino para afirmar con autoridad que ninguna situación queda fuera del señorío de Cristo. Lo que para el hombre es final, para el Señor puede ser el comienzo de una manifestación de su poder y de su gloria.

El episodio de Jairo anuncia que Jesús derrota el reino de la muerte. Este Jesús ante quien Jairo se postra no es meramente un maestro admirable; es el Hijo de Dios, Señor sobre la vida, la enfermedad y la muerte. La hija de Jairo también puede leerse como figura de aquellas zonas de la vida que parecen apagarse: la esperanza, el fervor, la fe sencilla, la capacidad de amar, la confianza después del trauma, la oración después de la desilusión. Cuántas veces el alma recibe el mensaje de que cierta área ha muerto y ya no vale la pena molestar más al Maestro con ese asunto. Sin embargo, Cristo sigue entrando en las habitaciones interiores donde el ser humano ya solo oye ecos de pérdida. Sigue tomando de la mano lo que parece inerte. Sigue pronunciando palabras de vida donde nosotros solo sabemos llorar.

Y quizá aquí resplandece el rostro final de la fe de Jairo: la fe que siguió caminando con Jesús después de recibir la peor noticia. Ese es uno de los rasgos más maduros de la verdadera confianza. No solo venir a Cristo cuando aún quedan probabilidades; no solo orar mientras hay margen humano; no solo creer mientras todo parece posible. La fe de Jairo atraviesa el umbral de lo imposible. Permanece junto a Jesús incluso cuando las circunstancias parecen desmentir toda esperanza. La fe no se define por las probabilidades visibles, sino por la persona de Aquel en quien hemos confiado.

Así, Jairo se convierte en uno de los grandes rostros de la fe en los Evangelios. Pues, Jairo encarna el itinerario del alma creyente: se humilla, ruega, espera, soporta la demora, recibe un golpe devastador, oye la palabra de Cristo y sigue caminando. Y Jesús, por su parte, se revela como el Señor tierno y soberano que escucha, acompaña, sostiene, camina a nuestro lado en medio del dolor y entra hasta el fondo mismo de la casa donde la muerte parece haber ganado. Este encuentro entre Jairo y Jesús sigue hablándonos hoy. Nos recuerda que hay momentos en que la palabra más santa que podemos escuchar no es una explicación a nuestro por qué, sino esta orden luminosa del Salvador: 

“No temas, cree solamente.”

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