Estados Unidos acaba de realizar un inédito simulacro de evacuación con dos enormes helicópteros Bell Ospray que aterrizaron, como Pedro por su casa en su embajada en Caracas. La operación dejó, además de numerosas ramas de árboles desencajadas del jardín del edificio, el estómago revuelto de más de un chavista radical auténtico quien, con toda razón, ve en esa maniobra una pisoteada más a nuestra soberanía. Es como si los gringos quisieran ratificar su poderío y dominio sobre el régimen títere de los Rodríguez, cuyas muecas ya no logran ocultar los amargos tragos de cicuta que han tenido que beber poco a poco, pero sin una pizca de dignidad, desde la madrugada del 3 de enero pasado.
Resulta muy interesante observar este proceso de metamorfosis chavista. Más que interesante, yo diría divertido. ¿Como no va a ser divertido observar a un embajador y héroe de la revolución y posterior ministro, convertido (de repente) en un delincuente colombiano que falsificó una cédula venezolana desde el año 2008, sin que nadie se diera cuenta?
¿Como no morirse de risa al recordar los videos del camarada Diosdado antes del 3E declarado enfáticamente que ni una sola gota de petróleo iría a suelo gringo y que ningúno saldría ileso del suelo patrio si se atrevía a entrar por la fuerza?
¿Dónde estaban esta mañana los cinco millones de milicianos que no salieron a protestar por la inusitada agresión aérea, pese a la convocatoria de no pocos chavistas trasnochados?
¿Como explicar la ausencia sepulcral de aquellas decenas de miles de camisetas rojas que colmaban las calles de Caracas y que hasta hace poco gritaban "No more Trump!"?
Fueron 26 años de abusos, de ignorancia supina, de crueldad máxima, de saqueo, de mentiras, de miseria, de división, de destrucción económica.
La revolución chavista tenía olor a podredumbre, a miseria CLAP, a falta de desodorante. La invasión gringa, pese a lo indignante que pueda resultar en el fondo de nuestros corazones, tiene un olor aséptico, una fragancia a Mc Donalds, a Cinnamon Rolls. Al aroma de la brisa de un cambio hacia un país más justo, más democrático. Pero sobre todo y paradójicamente, hacia un país de libertades que el pueblo comienza, muy tímidamente, a apreciar de nuevo pese al cinismo imperial.
Estamos llenos de contradicciones, decía en una entrevista reciente la brillante Mercedes Malave.
En un país sometido a un proceso tan traumático como el que sufrimos hasta el 3E, las contradicciones ideológicas son parte del trauma. No nos avergoncemos por ello. La caja de Pandora está recién abierta.