I. Punto de partida: mejor que antes, pero lejos de estar bien
Cuatro meses después de la salida de Maduro, Venezuela está objetivamente mejor que antes, pero muy lejos de estar bien. El PIB se ha recuperado desde el subsuelo hasta un orden de 90–110 mil millones de dólares, todavía lejísimos de los 400 mil millones de la Venezuela previa al colapso.
La economía sigue apoyada en tres muletas: petróleo, comercio dolarizado y servicios de baja productividad. La inflación anual proyectada, todavía entre 260% y 380%, hace que casi cualquier mejora nominal se diluya rápidamente.
La producción petrolera actual se mueve entre 860 y 990 mil barriles diarios, y viene de mucho más abajo, sí, pero sigue estando por debajo de la mitad de lo que el país produjo en sus mejores años, y lejos de su potencial geológico. Los dólares vuelven a entrar, pero no en la escala ni con la transparencia necesarias para transformar la vida cotidiana de la mayoría.
En el plano social, el retrato sigue siendo durísimo. La pobreza multidimensional ronda el 78–80% y la pobreza por ingresos se mantiene en el rango de 65–70%. Más del 97% de la gente declara no haber visto ninguna mejora en su calidad de vida en estos cuatro meses. La sensación dominante es que algo se mueve arriba, pero muy poco baja hacia la calle.
En términos de legitimidad política, la brecha es igual de visible. Cerca del 80% califica como mala o muy mala la situación del país con Delcy Rodríguez al frente, y en áreas como economía, servicios públicos y democracia la desaprobación de su gestión supera con amplitud el 90%.
Del otro lado, María Corina Machado concentra niveles de intención de voto del orden de 70–76% en primera vuelta y por encima de 80% en escenarios de balotaje frente a cualquier figura del chavismo. La ecuación sigue siendo la misma: el chavismo conserva aparato, pero no respaldo; MCM concentra respaldo, pero no controla el aparato.
II. Una estrategia para Venezuela: del 2016 a hoy
Ante esta realidad, en NTN Consultores empezamos en 2016 un trabajo que titulamos Una Estrategia para Venezuela que surgió de una constatación simple: el país estaba atrapado en una secuencia de crisis, improvisaciones y reacciones cortoplacistas, mientras se hacía cada vez más necesario ordenar una visión de mediano y largo plazo que dijera no solo de dónde veníamos, sino hacia dónde queríamos ir.
Ese trabajo comenzó como un conjunto de láminas de reflexión estratégica y se fue actualizando en la medida en que cambiaban las circunstancias de colapso económico, hiperinflación, sanciones, aperturas parciales, reacomodos del chavismo, diáspora masiva y cambios en el contexto internacional. Nunca fue un documento estático, sino un proceso de ajuste permanente, guiado por una idea central que fue la de tener claro el destino y reconocer los nudos que había que desatar para llegar a él.
Ese trabajo planteó una visión sistémica del país, organizada en varios ejes simultáneos: el frente político-institucional; la política exterior y la inserción internacional; la economía y las finanzas; el petróleo y la energía; la inversión social; el ambiente; y la seguridad y defensa. También propuso una secuencia de etapas –control de daños, estabilización, reinvención y transición hacia una etapa post petrolera– así como una agenda de nudos críticos tales como la reconstrucción institucional, recuperación de la confianza, reforma del marco jurídico, nueva relación con la inversión, lucha contra la corrupción, infraestructura, educación, reinserción internacional y uso estratégico del potencial energético del país.
Ese trabajo es, además, la base conceptual del libro Hablemos del futuro: la transición del asistencialismo al mercado, de Benjamín Tripier, actualmente en edición. Por eso, cuando aquí se mencione la Estrategia para Venezuela, no se la plantea como una verdad revelada ni como una comparación arrogante con otros planes, sino simplemente como un marco propio desde el cual leer la situación venezolana y evaluar hasta qué punto lo que hoy ocurre nos acerca o nos aleja del país normal que queremos construir.
III. El plan Rubio de tres fases y sus límites
Sobre el terreno opera hoy el plan impulsado desde Washington, asociado al eje Trump–Rubio, con una lógica de tres fases: sacar a Maduro y estabilizar seguridad; reabrir el negocio petrolero y lograr una normalización económica mínima; y abrir, más adelante, la puerta a una transición política y a elecciones competitivas.
La primera fase ya se ejecutó, Maduro fue exfiltrado, se desactivaron algunos focos especialmente tóxicos del entorno madurista y se evitó, al menos por ahora, un escenario de colapso desordenado. La segunda fase está en marcha y se evidencia en licencias generales, regreso o fortalecimiento de actores petroleros, líneas financieras, reenganche con organismos multilaterales y primeras señales de crecimiento positivo para 2026, si el esquema se sostiene.
El problema aparece en la tercera fase porque todavía no hay una hoja de ruta creíble para una transición política con legitimidad real; porque la arquitectura actual descansa demasiado en Delcy Rodríguez como interlocutora útil, aunque su respaldo interno sea muy precario.
Eso alimenta la percepción de que el esfuerzo principal está puesto en estabilizar flujos, barriles y relaciones externas, mientras la transición política queda postergada para más adelante. Y ese “más adelante” es justamente el punto crítico; porque el chavismo ha demostrado durante años una gran capacidad para reciclarse, ganar tiempo y transformar arreglos tácticos en estructuras de permanencia.
Por eso, el riesgo no es que no haya plan, sino que el plan que hoy se ejecuta realmente pueda lograr una estabilización parcial sin producir todavía las condiciones para una verdadera salida del sistema que llevó al país a la ruina.
IV. Una lectura desde la “Estrategia para Venezuela”
Leída desde la Estrategia para Venezuela, la situación actual muestra tres exigencias simultáneas.
La primera es controlar daños sin perder de vista el horizonte político. Evitar un colapso mayor era necesario y sigue siéndolo, aunque pareciera que solo se está postergando… porque el tema social es como una caldera que se está sobre calentando y puede explotar.
Y la manera de evitarlo es descomprimir la situación, lo cual solo será posible si se reconoce que la legitimidad real del país hoy no está del lado de quienes administran formalmente la transición, sino del lado de una mayoría social que quiere cambio político, elecciones y salida del chavismo. Situación que obliga a pensar en un pacto de gobernabilidad más amplio, con participación efectiva de quienes expresan ese mandato.
La segunda exigencia es estabilizar la economía sin consolidar una tutela indefinida. Venezuela necesita ancla monetaria, disciplina fiscal, reglas previsibles, reconstrucción de infraestructura crítica y confianza para invertir. También necesita una relación madura y pragmática con Estados Unidos, Europa, multilaterales y vecinos regionales. Pero una cosa es apoyo externo, y otra distinta es que la transición se convierta en una administración prolongada del país desde afuera, apoyada en una élite interna sin legitimidad.
La tercera exigencia es usar el petróleo como palanca, no como destino. El petróleo sigue siendo decisivo, pero no puede seguir siendo la única muleta del país; la estrategia venezolana siempre ha insistido en que la salida de fondo pasa por una economía más diversificada, por instituciones normales, por seguridad jurídica, por reconstrucción del talento y por una transición desde el asistencialismo hacia el mercado, con protección social focalizada y transparente.
En otras palabras: la lectura desde esta estrategia no niega que el plan Rubio tenga lógica ni desconoce lo que ya se logró. Lo que plantea es que la estabilización económica y energética solo tendrá sentido histórico si se convierte en puente hacia una transición real, y no en un nuevo equilibrio autoritario con mejor empaque.
V. El cuello de botella eléctrico: sin kilovatios no hay barriles ni PIB
Hay un límite físico que conviene no perder de vista: el sistema eléctrico. Hoy, con una capacidad operativa de alrededor de 8.200 MW entre hidroelectricidad y térmica, y con pérdidas de transmisión del orden de 25–30%, el margen real del sistema sigue siendo muy estrecho.
En esas condiciones, una parte del aumento petrolero se sostiene todavía a costa de racionamientos, apagones y sacrificio del consumo interno. La relación entre producción petrolera y demanda eléctrica puede resumirse así:
Escenario
Producción petrolera
MW adicionales requeridos
Comentario
Situación actual “techo”
~800.000 bpd
0
Se sostiene con fuerte presión sobre el sistema
Meta intermedia
1.000.000 bpd
+400 a 600 MW
Requiere nuevas plantas y mejor transmisión
Meta más exigente
1.200.000 bpd
+1.200 MW
Exige inversiones de gran escala en 3–5 años
Meta alta
1.400.000 bpd
+1.800 a 2.000 MW
Solo viable con reingeniería profunda y capital privado
Sin un programa deliberado de inversión, diseño de una nueva arquitectura eléctrica, reforma y apertura del sector eléctrico, cualquier meta sostenida por encima del millón de barriles diarios corre el riesgo de quedar montada sobre una base frágil. Este no es un detalle técnico, sino que es uno de los principales límites materiales del rebote económico.
VI. Del respaldo a Trump a la advertencia responsable
El voto de confianza hacia Donald Trump no se ha perdido del todo. Sigue existiendo, y sigue siendo importante. Hay una gratitud real por el riesgo asumido, por el 3E y por haber hecho en meses lo que muchos otros no hicieron en años; y eso debe reconocerse sin mezquindad.
También es verdad, sin embargo, que ese capital político se ha ido erosionando a medida que la población percibe que el esquema actual fortalece al chavismo reciclado sin traducirse todavía en mejoras visibles para la vida cotidiana.
La advertencia, por tanto, no nace de la ingratitud ni del desconocimiento de lo ya hecho, sino precisamente del deseo de que ese esfuerzo no termine administrando un resultado menor al que Venezuela necesita. Todavía hay voto de confianza, pero ya no es incondicional.
Sigue habiendo expectativa, pero también creciente preocupación; porque el problema no es que Washington se haya equivocado al intervenir, sino que puede quedarse corto si confunde estabilización con transición.
Por eso, más que negar el valor del plan Rubio, lo que corresponde en este momento es insistir en que necesita ser revisado y evolucionar. Necesita incorporar con mayor claridad un horizonte político verificable: cronograma electoral, reformas institucionales mínimas, mejores señales sobre presos políticos, y una relación menos complaciente con quienes hoy administran el poder sin legitimidad suficiente.
VII. El rol de María Corina y el tiempo político
En este contexto, María Corina Machado sigue siendo el principal factor político del país porque sus niveles de apoyo no son una anécdota, sino la expresión de un mandato mayoritario. La población la sigue viendo como la figura con mayor legitimidad para encarnar una transición real, y su eventual presencia activa en el terreno tendría un impacto directo sobre la dinámica política interna.
Su importancia no radica solo en la intención de voto, sino en lo que representa: la posibilidad de traducir respaldo social en dirección política visible. Sin una referencia de ese tamaño dentro del juego, la sociedad corre el riesgo de acostumbrarse a una normalización precaria; con ella activa, aumenta la presión para que la transición no se reduzca a un arreglo administrativo entre factores externos y élites internas.
Dicho de otra manera, el tiempo político no es infinito. Los procesos de estabilización necesitan resultados; y cuando esos resultados no llegan a la mayoría, la demanda de representación y conducción vuelve a ocupar el centro. En esa ecuación, MCM no es un dato lateral, sino que es una de las claves para entender la siguiente fase.
VIII. Escenarios probables: actualización 4 meses post-3E
En EEUU deben tener en cuenta que todo lo que está pasando ahora, y mientras dure la “tutela”, fronteras adentro, conlleva una corresponsabilidad reputacional que hasta pudiera extenderse al riesgo jurídico; porque los desmanes que sigue cometiendo los puede llevar a cabo porque el chavismo 3.0, apoyado y alabado por EEUU, hoy está internamente más fuerte que nunca y utilizando –con más cuidado que antes- sus fuerzas de represión y control.
Hoy, Diosdado también está más fuerte porque logró colocar su propio ministro de la defensa que cumple, entre otros propósitos, el de “controlar” que Delcy no se entusiasme demasiado con la “presidencia” y trate de deshacerse de él. Porque hay una cantidad de fuerzas internas del chavismo que siempre estuvieron en movimiento, pero que, ante la ausencia de Maduro (que era el “ungido” por Chávez) la lucha por el poder toma otro cariz, y esta vez pone en juego la supervivencia de la revolución, y de sus altos mandos… incluyendo a Delcy.
Por eso es tan importante entender los escenarios probables que tenemos por delante, porque los que conocemos al monstruo por dentro, sabemos que ese tiempo que pide Rubio para llegar a la transición, ellos lo están utilizando para atornillarse en el poder.
Escenario
Probabilidad
Descripción
Palanca de Cambio
Estado Actual (4 meses)
Normalización autoritaria (Chavismo 3.0)
45-55%
Delcy/Diosdado estabilizan petróleo y licencias (GL-46 a 57) sin soltar poder. Washington prioriza estabilidad/barriles sobre democracia. FMI reenganchado, empresariado optimista, pero sin transición política real.
Decisión Washington de aceptar que barriles sin democracia es "suficiente"; costo reputacional asumible.
Plan 3 fases estancado: Delcy no cumple compromisos, chavismo no sale por buenas, producción <1M bpd, gratitud Trump -45%, curva aprendizaje Trump/Rubio lenta.
Ruptura por legitimidad (Presión MCM)
25-35%
Presión popular organizada + liderazgo MCM en terreno + fisuras militares + costo reputacional internacional insostenible fuerzan transición real. Levantamiento popular con MCM presente, empresariado deja de consolidar chavismo.
Organización social + presencia física MCM + costo reputacional para EEUU/multilaterales de perpetuar chavismo 3.0; eventos que expongan conexión régimen-crimen.
Condiciones madurando: MCM 84% apoyo, 92% rechazo Delcy, 97% sin mejoras, 87% exige elecciones 2026, 74% cree MCM acortaría tiempo chavismo. Brecha relato económico vs realidad social explosiva.
Reimposición dura sanciones (Colapso violento)
15-25%
Escándalos seguridad híbrida (TdA, Hezbollah, oro ilegal, narco) + eventos que amenacen directamente EEUU llevan a reversar licencias. Economía negra expuesta, colapso ordenado imposible, caos antes de estabilización.
Eventos seguridad que obliguen a Washington a reconocer que tutela alimenta amenazas transnacionales; presión Congreso/opinión pública EEUU.
Economía dual operando: Blanco tutelado (licencias, cuentas Tesoro) coexiste con negro opaco (TdA, oro Minerven, petrleo fantasma) que financia represión y redes criminales.
El escenario más probable sigue siendo de normalización autoritaria porque Washington tiende a priorizar orden y suministro sobre democracia, apoyado en rebote económico frágil, FMI reenganchado (USD 5 bn DEG) y empresariado optimista (99% espera crecimiento 2026, KPMG).
Pero este escenario se construye sobre una mayoría social que rechaza a Delcy (92%), exige justicia (88.7% apoya eliminar consejos comunales), no siente mejoras (97%) y vive con servicios colapsados (electricidad racionada, agua inexistente, inflación 263-387%).
La ruptura por legitimidad no es deseo sino posibilidad concreta: si la energía de MCM (84% apoyo) se organiza y conecta con el costo reputacional de perpetuar chavismo 3.0 para EEUU y multilaterales, este escenario puede ganar peso más rápido de lo que sugieren las probabilidades cómodas.
El tercer camino (reimposición dura) es el más subestimado: si salen a la luz conexiones incontestables entre economía negra y redes que Washington considera amenazas directas (TdA, Hezbollah), castiga al régimen, pero también al país, abriendo dinámicas caóticas donde la transición ordenada se estrecha.
IX. La esperanza
Venezuela sigue teniendo todo para salir de esta etapa: recursos energéticos, potencial minero, tierras, agua, ubicación geográfica, una diáspora llena de capacidades y una mayoría social que no ha renunciado a la posibilidad de vivir en un país normal. Pero también arrastra el peso de instituciones destruidas, servicios colapsados y una élite gobernante experta en sobrevivir sin legitimidad.
El momento actual no debe leerse ni con triunfalismo ni con cinismo; sería un error desconocer lo que ya se logró con la salida de Maduro y con la reactivación parcial del país. Pero también sería un error no ver los límites del esquema actual; porque la estabilización en marcha puede ser el comienzo de algo mejor, o puede quedarse en un acomodo transitorio que prolongue el problema con otro empaque.
Desde la Estrategia para Venezuela, la pregunta sigue siendo simple: si lo que está ocurriendo nos acerca o no al país que queremos reconstruir; y la respuesta, por ahora, es ambivalente. Se ha avanzado en contener el derrumbe y en abrir un espacio económico. Pero el reto decisivo sigue pendiente: transformar esa estabilización inicial en una transición política real, con legitimidad, instituciones y dirección histórica.
Todavía hay tiempo para corregir, profundizar y completar el rumbo; y precisamente porque aún existe un voto de confianza hacia Trump y hacia lo que su equipo intentó hacer por Venezuela, la advertencia de hoy debe entenderse como un acto de responsabilidad, no de distancia. El desafío no es negar el camino recorrido, sino evitar que se detenga antes de llegar adonde el país necesita ir.
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