Los espejos de príncipes eran manuales político-morales de la época carolingia —en el siglo IX— que recordaban a los reyes medievales y renacentistas que su poder no los eximía de la virtud. Eran listas de virtudes y reglas morales. El rey debía mirarse en ellos como en un espejo para ver sus errores y corregir. Frente a la tentación de la tiranía, el monarca debía mirarse en ese reflejo para evaluar su piedad, justicia y templanza.
Hoy, en plena consolidación de las democracias y el Estado de derecho en el mundo, esos viejos manuscritos han sido reemplazados por las Constituciones y leyes formales. Sin embargo, asistimos a una alarmante paradoja: muchos presidentes —y primeros ministros— actuales suelen gobernar bajo la asunción ciega de que son intrínsecamente rectos, sabios y justos, pero desvirtuando en la práctica los valores más elementales de la república: ética, responsabilidad, pluralismo político, defensa de los derechos humanos, la vida, la libertad, la justicia, la igualdad, la solidaridad y la democracia —entre muchos otros—.
A diferencia de los soberanos de antaño, que temían al juicio divino o al veredicto de la historia, el mandatario moderno confunde la legitimidad de las urnas con una patente de infalibilidad moral. Por el solo hecho de haber sido electos contradicen los principios republicanos de control y moderación. La Constitución y las leyes delimitan sus funciones y potestades, pero el diseño institucional les otorga un amplio margen como los denominados “actos políticos”. Es precisamente en este terreno donde la prudencia política se transforma en cruda discrecionalidad sin contrapesos ni responsabilidades.
El gran problema de nuestro tiempo no es la ausencia de normas jurídicas, sino la erosión de la moral y de la responsabilidad política. Amparados, muchas veces, en interpretaciones legales hechas a la medida de sus intereses, quienes ejercen el poder adoptan decisiones de trascendencia institucional, pero, al mismo tiempo, procuran eludir las consecuencias políticas de sus propios errores. Así, las normas dejan de operar como límite al poder y comienzan a ser utilizadas como instrumento para justificarlo.
El marco legal se utiliza entonces no como un contrapeso o freno al poder, sino como un escudo burocrático para normalizar la arbitrariedad. Al prescindir de un espejo moral y manipular el espíritu de las leyes, el gobernante democrático corre el riesgo de convertirse en aquello que los antiguos tratados intentaban prevenir: un servidor de su propio poder, sordo a la autocrítica y ajeno a la responsabilidad de sus actos.
En nuestro país se ilustra de manera cruel esta deriva. Tras más de once años de Nicolás Maduro en el poder y recientemente la asunción de una presidente encargada exponen cómo el diseño legal se puede deformar para servir escrupulosamente a la conveniencia política.
Hoy, quien ocupa la jefatura del Poder Ejecutivo Nacional sin haber sido electa para ese cargo por el voto popular se escuda en una interpretación ruinosa del ordenamiento constitucional, emanada del máximo tribunal del país (y sobre todo, en el respaldo otorgado por Washington, en el marco de la tutela administrativa que, también ilegítimamente, se ha impuesto sobre nuestro país).
El verdadero quiebre se evidencia en el uso discrecional de las normas frente a las crisis de legitimidad. Nuestra Constitución delimita claramente las atribuciones y potestades públicas en los artículos 233 y 234. Sin embargo, tras haberse vencido con creces el lapso máximo de 180 días para una falta temporal sin que se haya calificado formalmente una falta absoluta, las autoridades —Asamblea Nacional, Tribunal Supremo de Justicia y Poder Ciudadano— ignoran los plazos y mecanismos sucesorios establecidos por la propia Constitución.
El poder ya no busca un espejo de moral ni respeta el espíritu del texto constitucional; en su lugar, se escuda en interpretaciones de conveniencia y se aferra a prácticas políticas fabricadas para evadir la responsabilidad política y perpetuar un interinato de facto.
Cuando la ley y la moral dejan de ser límites al poder y se convierten en un traje a su medida, la república comienza a desvanecerse.