Davos es una pequeña y helada ciudad suiza, edificada sobre una montaña. Allí, se lleva a cabo, desde hace medio siglo, el Foro Mundial de Davos, un evento en donde se reúne la élite planeta para examinar cómo van las cosas en la Casa Común, según diría el Papa argentino, el mismo que, perdóneseme la digresión futbolística, cometió el sacrilegio de decir, durante una entrevista en el Vaticano, que Pelé fue mejor que Maradona.
En esta ocasión se dieron cita alrededor de tres mil participantes, provenientes de ciento treinta países y entre los que se contaban cuatrocientos dirigentes políticos, incluyendo jefes de Estado, más de ochocientos directores de grandes empresas y alrededor de mil representantes de la sociedad civil, de la academia y de los medios de comunicación.
Entre otros temas se habló de un mundo cada vez más fracturado, consecuencia de los aprietos geopolíticos, la confrontación geoeconómica, los fenómenos meteorológicos y del nuevo paradigma tecnológico, poniendo énfasis en la Inteligencia Artificial (IA). Con referencia a esta última, evaluaron sus ventajas y sus amenazas, puestas sobre el escenario por varios especialistas, entre ellos Demis Hassabis (director de DeepMind), quien calcula en un 50% la probabilidad de que exista, para finales de la década, un sistema artificial con todas las capacidades cognitivas humanas.
En fin, el saldo el Foro Mundial es negativo. Puso de manifiesto su fracaso en la tarea de solucionar los retos económicos, políticos y sociales del capitalismo.
Trump hace de las suyas
El presidente norteamericano asistió y se convirtió, en la estrella del evento. Fiel a sí mismo, algunos periódicos publicaron que había presionado a los organizadores para que excluyeran o limitaran los debates relacionados con el empoderamiento de la mujer, la diversidad, el cambio climático y la financiación de la ayuda al desarrollo, temas, parte de la llamada “agenda progre”, que él detesta.
Con su acostumbrada desfachatez pronunció un largo discurso en el que no se guardó su antipatía sobre el multilateralismo, las ganas de echarle mano a Groenlandia y los muchos logros de un gobierno que, por cierto, se ha brincado a la torera la democracia (contrapesos, legalidad y otras menudencias) y cuya brújula en política exterior es la denominada Doctrina Donroe, concebida desde la perspectiva de favorecer como sea, los intereses norteamericanos.
Cerró con broche de oro su participación anunciando la creación de una Comisión de la Paz, para resolver los conflictos globales, los cuales le han quedado grandes a la ONU. No sé si será necesario decirle, estimado lector, que el nuevo organismo será presidido por él, que su comité directivo incluye a su yerno y que la membresía costará mil millones de dólares a cada uno de los veinticinco países que ya han decidido formar parte del mismo.
Ciertamente, el Foro de Davos ha fracasado en la tarea de solucionar los retos económicos, políticos y sociales del capitalismo. Muchos discursos y pocas acciones conforme lo atestiguan los biógrafos de la organización. Ochenta años más tarde, su mensaje es cada vez más irrelevante y sus recomendaciones quedan en el aire. Pareciera, entonces, que, de un buen tiempo para acá, lo más importante sean las llamadas “conversaciones de pasillo”, en las que la élite intercambia información y llega acuerdos específicos.
Crisis de la gobernanza mundial
Resulta incuestionable la obsolescencia del sistema institucional creado en torno a la ONU al final de la segunda guerra mundial, con miras a poner orden y concierto en el mundo.
Decir que el universo está hoy en día muy enredado, es descubrir el agua tibia. En efecto, se encuentra arropado por diversas crisis, de acuerdo con lo que se argumenta en numerosos estudios. Es ésta una era de conflictos en torno a la migración, el clima, el territorio, la religión, la cultura, la economía y paremos de contar.
En este sentido cabe resaltar dos temas que, no obstante su gravedad, no fueron suficientemente destacados en Davos. Por un lado, la erosión progresiva de la democracia, al punto de que, conforme a lo que muestran los termómetros más acreditados para tomar su temperatura, alrededor del setenta por ciento de la población vive en regímenes que califican como autoritarios, con sus diferentes variantes. Por el otro lado, la enorme desigualdad social. Señalan los respectivos estudios que el 10 % más rico del planeta concentra cerca del 76 % de la riqueza global, mientras que el 50 % más pobre posee menos del 2 %, subrayando, además, que casi la mitad de la humanidad vive en pobreza y una de cada cuatro personas carece de acceso garantizado a alimentos. ¿Habrá que decir que un gentío no tiene vela en Davos??
Un “cambio de época”,
Diversos discursos, sobresaliendo entre ellos el del primer ministro de Canada y el del Canciller de Alemania, denunciaron la “ruptura del orden mundial”, proponiendo una opción que, me parece, se queda a medio camino, tanto en el diagnóstico, como en los remedios.
Inspirándome en varias investigaciones, creo que los problemas con los que se debe lidiar son cada vez más complejos y se tiende a simplificarlos y a considerarlos de manera lineal y fragmentada, pasando por alto que tienen un sinnúmero de causas y efectos interrelacionados.
Es muy amplio y variado el menú de asuntos que amenazan con sobrepasarnos y de los que no cabe desentenderse en ningún sitio del planeta, dado que los procesos de la llamada globalización establecen que todo pasa en todos lados. Las nuevas tecnologías han cambiado las nociones de tiempo y espacio, borrando límites.
Los aspectos mencionados anteriormente (el cambio climático, las dificultades económicas, la fragilidad ambiental, las migraciones, etcétera), implican la responsabilidad y la cooperación transnacional. Los problemas que confrontamos no tienen limitaciones en el espacio y tampoco en el tiempo y por tanto obligan a redibujar el concepto de Estado Nacional.
La Sociedad del Riesgo Global, fue el término acuñado por el investigador alemán Ulrich Beck para describir la nueva realidad mundial, en la que los problemas son comunes y requieren soluciones comunes, implicando la "desterritorialización" de unos y otras.
La ruta para seguir apunta hacia la construcción de una sociedad cosmopolita, dado que todos los seres humanos, sin exclusión, pertenecen a la vez a una comunidad política determinada y a una comunidad humana. Como lo ha escrito la psicóloga Adela Cortina, esta última trasciende todas las barreras étnicas, lingüísticas, de orientación sexual, religiosas y nacionales, y no se construye prescindiendo de esas peculiaridades, sino desde ellas.
Somos terrícolas, pues, aunque no lo diga nuestro pasaporte, ni tampoco la cédula de identidad.
El Nacional, viernes 30 de enero de 2025