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Si yo fuera su profesor, le pondría 00 y me queda debiendo

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Tiempo de lectura: 4 min.

Hay textos que tienen tantos errores que uno no sabe por dónde empezar. Uno que leí en X es, sin duda alguna, uno de ellos. Rubricado por alguien que firma como @mariaelisasmith (a quien no conozco ni me suena para nada en la pléyade de los muy doctos sociólogos venezolanos), escrito desde esa víscera desinformada que a veces le da por disfrazarse de análisis sociológico, el texto chorrea un determinismo ramplón que pretende amputar la venezolanidad, confundiendo el matiz con la fractura, el calor de la provincia con el veneno del odio, y la aparente dispersión de nuestra geografía con la inexistencia de una patria.

Decretar la muerte del gentilicio porque esta tierra no escupe un único tipo de rostro es cometer un atentado de ignorancia suprema. ¿Desde cuándo la condición para fraguar una nación ha sido la monotonía del laboratorio o la gélida homogeneidad del mármol? Si así fuera, las grandes catedrales humanas —desde el mosaico abigarrado de Brasil hasta la babel suiza o la inmensidad estadounidense— no serían más que meras ficciones jurídicas a punto de desmoronarse. Benedict Anderson lo pinceló con lucidez incontestable: las naciones son comunidades imaginadas, arquitecturas del afecto. No se sostienen porque los hombres se parezcan en el espejo o lleven la misma sangre en la vena, sino porque laten bajo un mismo techo de nostalgias, ritos invisibles y nostalgias compartidas que se tejen de punta a punta en el mapa.

Pero el texto se despeña aún más hondo en su empeño de trazar la realidad con un hacha mellada. Asegurar que en este país “pensamos, hablamos, actuamos y hasta comemos distinto” de forma irreconciliable es la prueba reina de no haber pisado jamás el polvo de nuestros caminos ni haber olido la sazón de nuestros fogones. Se le olvida al autor que esta tierra es una sinfonía de ecos: el andino arropado en su cobija de niebla y educación parsimoniosa, el maracucho galopeando sobre su chispa desbordada, el oriental con su acento de mar brava y el caraqueño metido en el ajetreo de su valle. Son matices, faltaba más, esa gracia sabrosa de nuestra geografía; pero cuando la masa pita en la budare, todos nos sentamos a la misma mesa. Desde el rancho encaramado en la cima del cerro hasta la quinta más holgada del Este de Caracas, la arepa se abre por la mitad con el mismo vapor sagrado, el pabellón encierra la misma historia de sincretismo en sus cuatro esquinas y la hallaca de diciembre nos reúne alrededor del mismo pabilo. Nuestra cultura no está fragmentada en cajones blindados; es un río crecido y mestizo que se traga las fronteras de clase, los prejuicios de alcurnia y las pigmentaciones de la piel.

Sentenciar con la arrogancia del aristócrata de cartón que un hombre de barrio tiene más en común con un habitante de otra latitud lejana que con un venezolano de «sangre europea» no es solo un tropiezo conceptual de bulto: es exhumar el hedor de las antiguas cédulas de pureza de sangre, es escupir sobre el barro fundador de nuestra historia. Pretender medir la densidad del alma venezolana por el grado de albinismo o la ascendencia transatlántica es un ejercicio de racismo añejo, un atrevimiento que huele a tapiz polvoriento de la colonia y que revela un analfabetismo humano francamente vergonzoso.

Y como remate de semejante despropósito, el texto estampa su condena fatalista sobre la democracia, dictaminando que jamás echará raíces porque aquí solo habitan «tribus que se odian». Qué ceguera tan supina sobre la esencia misma de la república. La democracia jamás se inventó para pastorear a un rebaño de clones alineados en fila india; nació precisamente para lo contrario, para levantar un altar civilizado donde las diferencias, los desgarros y las visiones encontradas puedan sentarse a parlamentar sin necesidad de sacarse la peinilla. Pretender achacar la tragedia de nuestras instituciones a un atavismo biológico o a una malvada incompatibilidad de la gente de a pie no es más que una trampa cobarde, una excusa perezosa ideada para absolver a los verdaderos culpables: las decisiones nefastas, la codicia de los caciques de turno y la voracidad de las élites. Venezuela no es un laboratorio fallido de odios tribales; es una patria golpeada y doliente, sí, pero tejida en lo profundo por una fibra indestructible de afectos compartidos, por más que a algunos les dé por derramar disparates sobre la pantalla.

Al autor/a de la nota publicada en X lo/la invito a reflexionar, entendiendo que reflexionar no es lanzar juicios al boleo ni desahogar rencores en un puñado de caracteres, sino un acto intelectual riguroso que huye de las liviandades, exige mirarse por dentro y obliga, al menos por una vez, a recorrer con respeto la geografía humana del país que se pretende juzgar. Su texto no es un análisis; es apenas un inventario de sombras. Está brutalmente cargado de prejuicios, de estereotipos de sobremesa y de clichés masticados por la soberbia, que solo sirven para caricaturizar lo que no se comprende y para profundizar, con pasmosa ligereza, las heridas de una sociedad que merece ser pensada con bastante más rigor y muchísima más compasión.

Soledadmorillobelloso@gmail.com