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Santa Teresa, más que una iglesia (II)

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Tiempo de lectura: 9 min.

La semana pasada inicié la explicación de los antecedentes que fueron confluyendo para los sucesos de la mal llamada Toma de Santa Teresa, en los que participé activamente. El evento en Santa Teresa ocurrió el 15 de junio de 1969 y, aunque fue llamado la Toma de Santa Teresa, no fue tal toma, ni ocurrieron allí muchas de las cosas que se han dicho y que uno encuentra hoy hurgando sobre el tema en Google o con la IA.

El ambiente cristiano

En esos años, finales de los sesenta y comienzos de los setenta, se juntó la crisis estudiantil y juvenil −expresada en el movimiento hippie, el Mayo francés y la renovación académica− con la tensión por la actividad de los grupos cristianos en la Iglesia Católica, que buscaban adaptarse a las decisiones del Concilio Vaticano II (Concilio, en adelante). Para quienes formábamos parte de alguno de esos grupos, las cosas que pasaban no tenían mucho que ver con lo que leímos y estudiamos del Concilio, ni con lo que veíamos de algunos obispos latinoamericanos −Dom Helder Camara y otros del Celam− y mucho menos con el ejemplo concreto de algunos sacerdotes y religiosos que desarrollaban su apostolado en lugares muy pobres de países latinoamericanos y por todo el mundo.

En realidad, si somos objetivos, siempre ha sido así en la Iglesia Católica. Si es criticable la opulencia de algunas edificaciones o la dedicación de algunas congregaciones a la educación de elites y sectores de clases medias y altas, o el involucramiento de jerarquías y clero de algunos países con gobiernos tiránicos y dictatoriales, también es cierto que una gran cantidad de sacerdotes y religiosos han desarrollado sus ministerios en lugares inhóspitos, misiones lejanas, hospitales, entre obreros y campesinos, escuelas en sectores populares y ministerio en parroquias realmente pobres alrededor del mundo. La diferencia era que, tras el Concilio, había una presión mucho más fuerte para que esa conducta se generalizara. Buena parte de los grupos de jóvenes cristianos en el país nos hacíamos eco de la necesidad de ese cambio en la misión y actividad de la Iglesia como institución y eso explica el episodio de Santa Teresa, que fue para mí la señal inequívoca de la crisis que estaba atravesando una parte de la Iglesia Católica.

Los participantes en los hechos

Los jóvenes de diferentes grupos ligados a la Iglesia Católica y de los centros de estudiantes de los colegios participábamos, nos reuníamos e intercambiábamos ideas y discusiones en el contexto de lo que se dio en llamar la Pastoral Juvenil, que en algún momento encabezó o dirigió monseñor Críspulo Benítez, obispo de Barquisimeto, con quien no teníamos mucha relación, pero sí con los sacerdotes y religiosos locales de los colegios y parroquias. Impacientes por lo que considerábamos una insoportable lentitud y retraso de la jerarquía eclesiástica en adoptar el aggiornamento o puesta al día de las decisiones del Concilio, las decisiones del Celam y lo que ocurría en la Iglesia alrededor del mundo, los jóvenes de varios de esos movimientos decidimos manifestarnos. Y decidimos hacerlo, ni más ni menos, como lo hacíamos en esa época: participando activamente en la misa y hablando durante la homilía, como por lo demás era lo usual en nuestras misas, en los colegios, en los retiros y en algunas parroquias.

Cómo se organizó todo

De esa manera, jóvenes de diversos grupos, que cursábamos los primeros años en la universidad o el último año en los colegios y que nos conocíamos por las actividades de los grupos cristianos y de los centros de estudiantes, decidimos organizarnos para ir a alguna iglesia a repartir unos volantes y pedir la palabra al sacerdote que dijera la misa, para leer nuestra petición. Esos volantes o panfletos los imprimimos −en realidad los multigrafiamos− en la UCV, donde veníamos participando en la renovación académica y en las tomas de algunas escuelas y facultades. Escogimos Santa Teresa porque era una iglesia céntrica y la más grande de Caracas, muy conocida además por la celebración del culto al Nazareno de San Pablo.

Como dije, la actividad que planificamos no era nada distinto a lo que hacíamos en nuestras actividades usuales, ni tenía una intención política, mucho menos subversiva. Pero ese día nos encontramos con que, a la hora que habíamos elegido, era la misa de los bomberos, a quienes encontramos formados al frente del altar, por lo que decidimos esperar a la siguiente misa. En el entretanto comenzaron a llegar universitarios −amigos nuestros, que sabían lo que íbamos a hacer− y algunos periodistas, que naturalmente fueron a hablar con el párroco para pedir su opinión sobre lo que supuestamente ya había pasado o iba a pasar. De esa manera le anticiparon al párroco lo que ocurriría y le dieron la posibilidad de reaccionar o sobrerreaccionar.

Se inicia la misa

Cuando empezó la misa, a las 10:30 am, con un retraso extraño −para una misa− de media hora, monseñor Carrillo, el párroco, al comenzar la ceremonia, desde el púlpito advirtió por los parlantes de la iglesia: “Un grupo de hippies va a tomar la iglesia”. De allí, de lo que dijo monseñor Carrillo, viene lo de la toma, palabra de moda por los acontecimientos universitarios de la época.

A pesar de la sorpresa, decidimos continuar y, cuando terminó el evangelio y el asustado sacerdote que decía la misa se disponía a comenzar su homilía, empezamos nosotros a repartir nuestro volante, que firmamos como El Pueblo de Dios en Marcha, nombre que seguramente tomamos de alguno de los documentos del Concilio y que fue el nombre con el que la prensa nos identificó de allí en adelante, pues los periodistas recogieron nuestros panfletos que quedaron esparcidos en los bancos, en el suelo de la iglesia y en las adyacencias del templo.

Entra la policía

En el momento en que empezamos a repartir nuestros panfletos, el sacerdote que decía la misa desapareció y monseñor Carrillo −que seguía en el púlpito dirigiendo la ceremonia−, sin esperar a ver qué ocurría y sin conocer nada de lo que nosotros pensábamos, sacó un silbato, comenzó a pitar y de la sacristía empezaron a salir policías −que el párroco previamente había convocado y ocultado allí− y a entrar más policías por las puertas laterales de la iglesia, desde el destacamento de Las Monjas, que está muy cerca.

Naturalmente, se formó un zafarrancho: gritos, salidas precipitadas de los feligreses, panfletos al aire y por los bancos, forcejeo para tomar el micrófono, etcétera. Cerraron las puertas de la iglesia y, en muy poco tiempo, a todos los jóvenes participantes que estaban dentro de la iglesia los montaron en los camiones-jaulas que usaba la policía en esa época y los llevaron a Cotiza. Solo nos libramos algunos de los que salimos cuando empezó el reparto de los panfletos y el forcejeo, pues teníamos la tarea de repartir los volantes en los alrededores y explicar a la gente lo que iba a ocurrir adentro. Después de los pitazos de monseñor Carrillo −muy fotografiado y reseñado por la prensa de la época− y con la intervención de la policía, ya no pudimos volver a entrar, pues cerraron las puertas de la iglesia, con nuestros compañeros adentro.

Rolos y flautas

Con la excepción de los silbatazos del párroco, el forcejeo entre una de nuestras muchachas y uno de los monaguillos por el micrófono que en su precipitada salida abandonó el sacerdote que decía la misa y la salida un tanto aparatosa de los sorprendidos feligreses, no hubo ningún incidente violento. Pero no puedo dejar de referir uno y fue el rolazo que recibió un compañero en pleno estómago, cuya marca estriada le quedó por varios días, pues le fue propinado con la empuñadura del rolo por un policía, de los que en aquella época llamaban Brigadas Especiales −aún no se había creado la Policía Metropolitana, la de los cascos blancos, famosa en años posteriores−. El compañero que recibió el rolazo cayó doblado al piso, hacia adelante, mientras el policía, ceñudo e inmenso, lo señalaba con el rolo con el que lo había golpeado. Yo no vi el incidente, pero no hizo falta pues nunca falta un oportuno reportero gráfico que tomó la foto apropiada, en la peculiar postura en la que quedó mi amigo, que fue publicada en la prensa, nos cedió el reportero y nos sirvió, semanas más tarde, para hacer un afiche con el que empapelamos los alrededores de cientos de iglesias en las principales ciudades del país. Era gobernador de Caracas el arquitecto Guinand Baldó, quien cuestionado por la prensa acerca de si no había sido excesivo el rolazo a nuestro compañero, respondió con una frase que se hizo famosa: “Los rolos de la policía no son para tocar flauta”. Quedó demostrado el punto.

El shock de un recorrido

Los que quedamos afuera de la iglesia y que no fuimos detenidos, nos dedicamos a recorrer las casas de los funcionarios del gobierno que conocíamos −que celebraban el Día del Padre, por cierto− buscando apoyo para que liberaran a los detenidos, explicándoles que no éramos tomistas ni comunistas, como se empezó a decir de inmediato. Que éramos nosotros, que todos ellos nos conocían. Y entonces ocurrió lo que para mí fue el primer choque con la realidad religiosa y política que vivíamos. Recuerdo, palabras más, palabras menos, lo que nos dijo el hijo de un alto funcionario −al que no nos dejaron ver−: “Sabemos que ustedes no son comunistas; si lo fueran, ya estarían libres. Pero precisamente como no lo son… por eso están presos”. Aún hoy pienso en esas palabras y si se trataba de alguna de esas clásicas lecciones ejemplarizantes, muy propias del paternalismo cristiano de algunos funcionarios. Lo cierto es que fue un impacto muy fuerte entre lo que yo pensaba y decía del mundo cristiano que vivía, y lo que realmente vivían las autoridades civiles y eclesiásticas. 

Al fracasar esa gestión, comenzamos a recorrer emisoras de radio para dar nuestra versión de lo ocurrido. Ninguna nos dio la oportunidad de hablar y explicar nuestra versión, pero al menos difundieron la noticia. Así, al finalizar la tarde, en Cotiza −donde estaban nuestros compañeros−, además de nosotros, habían empezado a llegar los familiares de los detenidos, periodistas, algunos abogados y los infaltables curiosos.

El Pueblo de Dios en Marcha

Por un corto tiempo, seguimos reuniéndonos los que participamos en la actividad y se nos unieron muchos más compañeros de colegios, parroquias y de algunos de los movimientos de jóvenes cristianos en los que militábamos. Comenzamos una intensa campaña entre el clero y los grupos y movimientos en los que participábamos para explicar nuestros motivos y desestimar las acusaciones de cristianos radicales y comunistas que empezaron a circular. Hubo sectores del clero y de la jerarquía que nos atacaron muy duramente, tratando de tergiversar y aislarnos; pero no fue una tarea fácil para ellos, pues todos éramos bien conocidos y de clara trayectoria como dirigentes entre los grupos cristianos. 

Pero tampoco fue fácil para nosotros. Como ya dije, sacamos un afiche con la foto que ya mencioné, que firmamos: El Pueblo de Dios en Marcha, como el volante que repartimos en la iglesia, y lo pegamos durante varios domingos en los alrededores de las iglesias por todo el país, apoyados por nuestros compañeros de los grupos de cristianos y centros de estudiantes de los colegios. Eso dejó la impresión en la opinión pública −y sobre todo en la jerarquía de la Iglesia− de que se trataba de un movimiento más organizado, que trascendía lo ocurrido ese día.

Conclusión

El Pueblo de Dios en Marcha no fue realmente un movimiento que pasara de allí y uno que otro evento posterior. Por ejemplo, cuando se produjo la expulsión del padre Francisco Wuytack, publicamos otro afiche con su foto y lo pegamos igualmente en las iglesias. En esa ocasión, en algunas partes detuvieron a algunos de los muchachos que pegaban los afiches. 

El evento de Santa Teresa finalizó ese día casi a la medianoche, cuando liberaron a los detenidos; pero sus secuelas se mantuvieron algunos meses y, en algunos casos, toda la vida. Concluiré la próxima semana con las secuelas de este evento.

https://ismaelperezvigil.wordpress.com