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El regreso que puede romper la “estabilización” del interinato

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Tiempo de lectura: 4 min.

Después del terremoto, la ficción terminó. Durante años, el poder vendió la idea de un Estado resistente, capaz de sobrevivir sanciones, aislamiento y colapso económico. Bastaron horas de emergencia para desmontar esa narrativa: no hay Estado funcional, no hay capacidad de respuesta, no hay protección para la población. Lo que existe es un cascarón.

Y los cascarones se ocupan.

Ese vacío no lo llenó la ciudadanía organizada ni una transición ordenada. Lo empezaron a llenar actores del interinato: militares, operadores del régimen, redes económicas y, cada vez más, actores internacionales. Primero llegó la ayuda. Luego la coordinación. Ahora empieza a aparecer algo más peligroso: la administración de facto del territorio.

Aquí está el punto incómodo que muchos prefieren evitar: la ayuda humanitaria no es neutral cuando sustituye al Estado. Quien distribuye alimentos, controla rutas, moviliza equipos y decide prioridades no solo salva vidas; también acumula poder. Y el poder, si no tiene contrapeso democrático, no se devuelve.

La “emergencia” se está convirtiendo en un nuevo orden.

Por eso hay que decirlo sin rodeos: el mayor riesgo hoy no es el colapso. Es la estabilización.

La estabilización suena responsable. Suena técnica. Suena inevitable. Pero en Venezuela puede significar algo mucho más cínico: congelar el conflicto, legitimar a los responsables del desastre y reciclar al régimen como socio necesario de la reconstrucción. Cambiar represión por “orden”, corrupción por “gobernabilidad” y miedo por “paz”.

No sería la primera vez. Es, de hecho, el manual contemporáneo de supervivencia autoritaria.

El chavismo ya no necesita convencer a los venezolanos. Le basta con convencer a Washington, a los organismos multilaterales y a los inversionistas de que su permanencia es más útil que su salida. Que sin ellos hay caos. Que con ellos hay estabilidad. Aunque esa “estabilidad” sea simplemente la administración del desastre.

Y mientras ese argumento gana espacio, el tiempo corre en una sola dirección: a favor de la estructura que ocupa Miraflores.

Cada semana sin una ruta democrática clara permite que el régimen se reorganice, reparta concesiones, capture fondos de reconstrucción y lave su imagen bajo el lenguaje de la emergencia. Cada día sin fecha electoral fortalece la idea de que primero hay que reconstruir y después democratizar.

Ese es el engaño central.

Sin democracia, la reconstrucción no será reconstrucción: será reparto. Sin instituciones, la inversión no será desarrollo: será captura. Sin justicia, la paz no será reconciliación: será silencio impuesto.

En este escenario, la pregunta sobre María Corina Machado no es emocional. Es estratégica.

María Corina representa algo que ningún otro actor puede fabricar: legitimidad real. No la legitimidad negociada en mesas opacas ni la que se deriva de controlar instituciones vacías, sino la que nace de una mayoría social que ya se expresó.

Pero la legitimidad que no se ejerce se evapora.

Puede convertirse en símbolo, en recuerdo, en discurso… y perder su capacidad de alterar la realidad. Y eso es exactamente lo que el régimen necesita: una legitimidad distante, admirada, pero irrelevante.

Por eso su regreso no es un gesto. Es una amenaza al nuevo equilibrio que se está formando.

No se trata de volver para recorrer ruinas o producir imágenes. Se trata de interrumpir un proceso: el intento de convertir la emergencia en un mecanismo de normalización del poder.

Un regreso efectivo tendría que hacer tres cosas de inmediato.

Primero, romper el consenso de la “estabilización sin política”. Obligar a que cualquier esquema de ayuda, inversión o coordinación incluya condiciones democráticas verificables.

Segundo, reordenar el campo interno. Hoy las fuerzas democráticas están desorientadas y, en muchos casos, desconectadas del territorio. Sin presencia interna, no hay capacidad de disputa real.

Tercero, cambiar los incentivos de los actores clave: militares, burócratas, aliados externos. Hacer evidente que la continuidad del modelo actual no garantiza estabilidad, sino que prolonga la incertidumbre.

Porque aquí hay otra verdad incómoda: la comunidad internacional también está tentada por la estabilización.

Es más fácil gestionar un país autoritario pero predecible que apostar por una transición incierta. Es más cómodo asegurar petróleo, reducir migración y mostrar resultados rápidos que invertir en un proceso político complejo. Es más rentable el orden inmediato que la libertad a largo plazo.

Pero esa lógica ya fracasó en Venezuela.

Los acuerdos sin ciudadanía fortalecieron al poder, no a la sociedad. Las aperturas económicas sin reformas políticas ampliaron las redes de captura. Y cada intento de “normalización” terminó profundizando la crisis que decía resolver.

Repetir esa fórmula ahora, en medio de la reconstrucción, sería institucionalizar el colapso.

Venezuela no necesita ser administrada. Necesita ser transformada. Y esa diferencia es exactamente lo que está en juego.

Hoy hay dos caminos. Uno apuesta por estabilizar lo que existe, aunque eso implique consolidar al mismo poder que destruyó el país. El otro apuesta por forzar una transición, aunque implique riesgo, conflicto y negociación real.

El primero ofrece orden sin libertad. El segundo ofrece incertidumbre con posibilidad de cambio.

La historia reciente sugiere que el primero es una ilusión.

Por eso el regreso de María Corina Machado importa. No como símbolo, sino como factor de ruptura. No como figura moral, sino como instrumento político. No para acompañar el proceso, sino para alterarlo.

Su presencia obligaría a todos a definirse: a Estados Unidos, sobre si quiere una transición o solo estabilidad; al régimen, sobre si está dispuesto a someterse a reglas; a la Fuerza Armada, sobre si protege a la nación o a una estructura agotada; y a la sociedad, sobre si convierte el trauma en resignación o en mandato.

Las transiciones no se pierden solo cuando el poder reprime. También se pierden cuando la alternativa llega tarde, cuando la emergencia sustituye a la política y cuando el autoritarismo logra reciclarse como solución.

Venezuela está exactamente en ese punto.

La pregunta ya no es si el país quiere cambiar. Es quién va a decidir cómo ocurre ese cambio. Y en esa disputa, el regreso no es el final de una historia.

Es el inicio del conflicto real.

https://www.elnacional.com/columnas/2026/07/el-regreso-que-puede-romper-la-estabilizacion-del-interinato/