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María Corina habló de petróleo, pero en realidad habló de poder

MCM
Tiempo de lectura: 4 min.

En Houston, María Corina Machado no presentó solo un modelo para la industria: ofreció una visión de gobernabilidad que la oposición venezolana nunca había logrado articular con tanta precisión.

No fue un discurso técnico. O, mejor dicho, no fue solo eso. Cuando María Corina Machado subió al escenario de CERAWeek el 24 de marzo en Houston, en la sesión The Future of Venezuela junto a Carlos Pascual, hizo algo más decisivo para la oposición que exponer un plan energético. Habló el idioma del poder real: no el de la consigna ni el de la denuncia que se agota en su propia razón moral, sino el de la gobernabilidad, la inversión, la seguridad jurídica y la reconstrucción de un país que lleva demasiado tiempo reducido a ruina, arbitrariedad y saqueo.

Eso es lo que hace que este mensaje pese. Durante años la oposición venezolana ha cargado con la legitimidad ética, ha resistido, ha denunciado, ha movilizado y ha ganado respaldo ciudadano. Lo que no siempre ha conseguido es proyectarse ante el mundo y ante los propios venezolanos como una fuerza preparada para gobernar con reglas, prioridades y diseño institucional. Este discurso empieza a llenar ese hueco. Porque no se limita a prometer libertad: ofrece estructura. No se queda en la condena del desastre: presenta una arquitectura para el día después. Y en política eso vale más que cualquier proclama.

El núcleo del texto es delicado y revelador: el papel del Estado. María Corina no habló de un Estado empresario, todopoderoso, repartidor de favores y dueño absoluto del subsuelo como instrumento de control político. Habló de un Estado regulador, encargado de crear incentivos, velar por la transparencia y apartarse para que el sector petrolero y gasífero pase a manos plenamente privadas. Habló de una agencia autónoma de hidrocarburos, de contratos de veinticinco años renovables por otros veinticinco, del derecho a reservar producción desde el pozo, de protección plena a la propiedad privada y de arbitraje internacional. Puso sobre la mesa, en pocas palabras, exactamente lo que los grandes inversionistas necesitan escuchar para creer que Venezuela puede dejar de ser una apuesta tóxica y volver a ser un país serio.

Y ese punto no es menor. Reuters reportó, en el mismo marco de CERAWeek, que compañías como Chevron y ConocoPhillips consideran que los ajustes hechos hasta ahora en Venezuela siguen siendo insuficientes para detonar la escala de inversión que el sector exige. El mercado ya lo dice sin eufemismos: los retoques no bastan. El problema no es solo de reservas o de infraestructura; es de confianza profunda. En ese vacío entró el mensaje de María Corina con una propuesta que no maquilla el sistema, sino que plantea reemplazarlo.

Ahí radica una de sus mayores fortalezas. El discurso une dos dimensiones que durante mucho tiempo parecieron correr por vías separadas: democracia e inversión. No las trata como asuntos paralelos, sino como piezas inseparables. Sin legitimidad democrática no habrá seguridad duradera para el capital; sin instituciones confiables no habrá reconstrucción real para el país. Cuando insiste en reglas claras, estabilidad contractual y un gobierno democrático legítimo en el que se pueda confiar, no está adornando un programa económico con palabras republicanas. Está afirmando que la democracia, en Venezuela, no es un lujo moral: es una condición material para que el país vuelva a ponerse de pie.

Hay, además, un valor político externo que conviene notar. María Corina no llegó a Houston como figura testimonial que recuerda sufrimientos mientras otros deciden el futuro energético de la región. Se presentó como interlocutora. Como alguien capaz de hablar de igual a igual con quienes mueven capital, diseñan estrategia y pesan en Washington. Esa sola actitud revela una comprensión fina del terreno: en esta etapa no basta con tener razón; hay que ser vista como opción útil, confiable y operativa para los actores que pueden influir en el desenlace venezolano.

Pero quizá lo más inteligente del mensaje esté en otra parte: en su capacidad de devolverle espesor material a la esperanza opositora. El país no solo quiere salir de la tiranía; quiere saber qué viene después. Quiere imaginar empleos, electricidad estable, contratos respetados, producción, puertos activos, seguridad, inversión, futuro. Cuando María Corina habla de una Venezuela capaz de superar nuevamente los cinco millones de barriles diarios con más de ciento cincuenta mil millones de dólares de inversión en una década, no está haciendo una proyección energética. Está dibujando una escala de país. Está diciendo que el cambio no será un mero relevo de élites, sino la reapertura de un horizonte nacional.

Por supuesto, este mensaje no pasará inadvertido en el debate político. Quienes todavía defienden el modelo que hundió al país intentarán descalificarlo con los viejos clichés. Pero esas voces suenan cada vez más como restos de un tiempo que se va. Precisamente por eso el discurso adquiere una fuerza inusual: obliga a cambiar el terreno del debate.

Eso fue lo que pasó en CERAWeek: la oposición venezolana dejó de ser solo la que denuncia el naufragio y se plantó como la que diseña el barco nuevo. El resto es ruido de un régimen que ya no decide el futuro.

@elhabito