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Los rostros de la fe VII: La mujer cananea

Rostro de las fe
Tiempo de lectura: 4 min.

El pasaje de la mujer cananea es uno de los más contundente, desconcertante y revelador de los evangelios. La primera vez que lo escuchamos o leemos puede llegar a parecernos que hay una gran dureza en las palabras de Jesús ante el clamor de esta mujer; sin embargo, esta historia nos muestra la manera en la que el ser humano puede, literalmente, conquistar el corazón de Dios con su actitud. Jesús había salido hacia la región de Tiro y Sidón, un territorio gentil, alejado de su propia gente, de los israelitas. Una mujer valiente rompe con el silencio cultural y religioso; cuando Dios está presente no es importante la religión que practiquemos, lo que realmente importa es Su presencia y nuestra fe en Él. ¡Señor, Hijo de David, ten misericordia de mí! Mi hija está gravemente atormentada por un demonio.” Mt. 15:23.

Aparentemente, pareciera que Jesús la ignora, así como las celebridades ignoran a sus admiradores cuando en la calle les gritan y expresan su aprecio: “Pero Jesús no le respondió palabra. Entonces acercándose sus discípulos, le rogaron, diciendo: Despídela, pues da voces tras nosotros.” Mt. 15:24. Y los discípulos tuvieron la actitud de todos los que rodean a la estrella. No obstante, el silencio de Jesús no se trataba de indiferencia o altivez de su parte, tenía un propósito. Además, le dice a sus discípulos, pero la mujer escucha: Él respondiendo, dijo: _No soy enviado sino a las ovejas perdidas de la casa de Israel.” Mt. 15:25. El Maestro revela su misión, el amor del Padre por Israel; sin embargo, ella no se amilana, ella sabe quién es Él y está determinada a ser escuchada: “Entonces ella vino y se postró ante él, diciendo: ¡Señor, socórreme! Su actitud expresa, por un lado su humildad, manifestada en el acto de postrarse ante Jesús. Y por otro, expresa el reconocimiento de la identidad de Jesús; aquel que puede socorrerla.

Para colmo, su petición de socorro es respondida con una imagen que pareciera denigrar a esta mujer cananea: Respondiendo él, dijo: “No está bien tomar el pan de los hijos, y echarlo a los perrillos.” Mt. 15:26. En cambio, ella no se siente ofendida, no se desalienta; por el contrario, echa mano de su fe, expresa con amor la sabiduría que ha aprendido de la vida: Y ella dijo: “Sí, Señor; pero aun los perrillos comen de las migajas que caen de la mesa de sus amos.” Mt. 15:27.  ¡Que clase de declaración! La leo una y otra vez y pienso cuánto tengo que aprender de esta mujer. Su historia fue contada y registrada para que nosotros aprendiéramos, como ella, a conquistar a Dios, a llegar a su corazón con nuestra actitud de humildad y persistencia. Ella entendía que esas migajas que ella pudiera recibir de Él eran más que todos los tesoros que humanamente lograría con su propio esfuerzo. 

En resumidas cuentas, esta mujer era madre y una madre con un hijo enfermo pide con el corazón. Apela a aquel que tiene muchas ovejas perdidas, muchos hijos enfermos. Y su respuesta sencillamente, conquistó a Jesús: Entonces respondiendo Jesús, dijo: “Oh mujer, grande es tu fe; hágase contigo como quieres. Y su hija fue sanada desde aquella hora.” Mt. 15:28. ¡Que concesión! ¡Hágase contigo como quieres! La fe de la cananea no fue grande por sus méritos personales, sino por su pureza interior. Es una fe humilde, persistente, que no toma la ofensa; es una fe centrada en la misericordia de Cristo. San Agustín escribió: “Dios prueba nuestra fe no para conocerla, sino para fortalecerla.” La aparente dureza de las palabras de Jesús no revelan frialdad, sino propósito; pues Dios siempre quiere enseñarnos. Jesús permite que la fe de la mujer se exprese con toda claridad. Martín Lutero afirmó que:  «la fe verdadera se aferra a la promesa aun cuando Dios parece haberse olvidado de ella.” Eso hizo esta madre, se aferró a la misericordia de Dios, incluso cuando el discurso parecía excluirla.

Este encuentro devela un rostro profundo de la fe. Es la fe que no se ofende cuando Dios nos reta  poniéndonos en posiciones que parecen injustas. La fe que persiste en oración cuando Dios parece estar a millones de kilómetros de distancia. La fe que persevera con paciencia porque por encima de todo tiene confianza en el amor de Dios. Es la fe que comprende que la gracia no es derecho adquirido, sino don inmerecido. El apóstol Pedro recordará más adelante que somos “linaje escogido” no por mérito propio, sino por misericordia (1 Pedro 2:10). La mujer cananea anticipa esa expansión del Reino donde judíos y gentiles serían hechos uno en Cristo (Efesios 2:14). La hija fue sanada desde aquella hora. El milagro ocurre fuera de escena, en la intimidad de un hogar distante. No hay espectáculo. No hay multitud. Solo una madre que creyó que una migaja era suficiente.

Quizá hoy estás atravesando el territorio del silencio de Dios. Quizá tus oraciones han parecido rebotar contra el Cielo. No temas, no desesperes, la historia de esta mujer nos enseña que el silencio no es ausencia definitiva, y que la prueba no es negación eterna. Cristo no rechaza el corazón que se humilla. “Al corazón contrito y humillado no despreciarás tú, oh Dios” (Salmo 51:17). Y tal vez esa sea la enseñanza más luminosa: La fe verdadera no compite por privilegios; descansa en la misericordia. No exige tronos; se conforma con la mesa. Y en esa humildad descubre que el pan del Reino nunca fue exclusivo, sino abundante. Porque el mismo Señor que caminó hacia Tiro y Sidón anticipaba el día en que “vendrán muchos del oriente y del occidente” (Mateo 8:11). La mujer cananea no solo obtuvo la sanidad de su hija; con su fe abrió una ventana profética hacia la universalidad del Evangelio. ¡Dios nos está esperando a todos con los brazos abiertos! Solo es necesario un corazón humilde.

“Sí, Señor; pero aun los perrillos comen de las migajas que caen de la mesa de sus amos.”

Mateo 15:27.

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