Jerusalén estaba llena de movimiento, los judíos celebraban una de sus fiestas. Pero en Betesda reinaba la inmovilidad. Bajo los cinco pórticos se acumulaban cuerpos incapacitados y esperanzas suspendidas. A pesar de que ese nombre significa en hebreo misericordia, allí reinaba la impiedad. Aquel hombre no recordaba una vida sin camilla. Treinta y ocho años no son una circunstancia; son una identidad. Y la misericordia aún no lo había alcanzado. Había aprendido a sobrevivir en la espera. Jesús se acercó a él y no le ofreció meterlo en el agua. Antes le dijo: — ¿Quieres ser sano? Durante años había esperado el movimiento externo de las aguas, pero jamás había considerado el mover interno de su alma hacia Dios. Su respuesta ante Jesús no fue fe, fue excusa y lamento. No obstante, la gracia no se detuvo ante su debilidad; porque Dios nos busca, nos llama y nos persigue hasta el fin del mundo para atraer nuestra alma hacia Él.
Cuántas veces en nuestra vida Dios se acerca para despertar nuestra fe y nos pregunta: — ¿Quieres ser sano? Sin embargo, ante esa pregunta espiritual, nuestra respuesta sigue siendo limitada por nuestra visión terrenal. Aquel día de sanidad el paralítico de Betesda comprobó que la misericordia no estaba en las aguas del estanque, sino caminando entre los pórticos. 38 años de resignación habían doblegado su corazón; el dolor era su zona de confort. Sin embargo, solo tres verbos pronunciados por el Maestro fueron necesarios para poner fin a una condición de limitación: Levántate: Cree en Mí y decide tomar acción. Toma tu lecho: Asume tu historia; no para continuar cargándola sobre tus hombros sino para testificar Mi intervención divina en ella. Anda: Camina, con la cabeza erguida, con nueva identidad, mediante la restauración a través de tu Mesías y Señor: Jesucristo. “Y al instante aquel hombre fue sanado, y tomó su lecho, y anduvo.” Juan 5:9. Su fe fue activada mediante la Palabra de Cristo y el paralítico siguió la orden ejerciendo la acción de cada verbo.
Contrariamente, los fariseos y religiosos, como era ya costumbre, daban mayor importancia a la letra que al Espíritu. Tal como lo expresara el apóstol Pablo unos años más tarde: … “la letra mata, mas el espíritu vivifica.” II Corintios 3:6. Por esa razón, porque le daban mayor importancia al estricto cumplimiento de la ley antes que a la obra del amor de Dios increparon al hombre que había sido sanado y, al enterarse que Jesús le había levantado de su lecho, deseaban matarlo: “Y por esta causa los judíos perseguían a Jesús, y procuraban matarle, porque hacía estas cosas en el día de reposo. Y Jesús les respondió: Mi Padre hasta ahora trabaja, y yo trabajo.” Juan: 16-17.
Dios no deja de trabajar para levantarnos de nuestra condición de enfermedad ni un solo día de nuestras vidas. El rostro de la fe que nos presenta esta historia realmente no es un rostro de fe sino de conformidad espiritual, de resignación. Pienso que el propósito de esta historia es mostrarnos el rostro de la misericordia recibida por alguien que probablemente había ofendido a Dios con su comportamiento: “Después le halló Jesús en el templo, y le dijo: Mira, has sido sanado; no peques más, para que no te venga alguna cosa peor.” Juan 5:14. Sin duda, las palabras de Jesús nos revelan la contundente verdad de que si hay condiciones en las que la enfermedad del alma termina invalidando el cuerpo. La advertencia de —No peques más— nos muestra que en algunas ocasiones la enfermedad tiene nombre de pecado. El salmista dice en el Salmo 32:3-7. “Mientras callé, se envejecieron mis huesos en mi gemir todo el día… Mi pecado te declaré, y no encubrí mi iniquidad. Dije: Confesaré mis transgresiones al Señor; Y tú perdonaste la maldad de mi pecado.” Cuando el pecado es callado hay dolor y gemir, cuando el pecado es confesado hay perdón y también hay sanidad.
Más allá de la sanidad física, Jesús nos muestra en este pasaje de su ministerio, que para vivir en salud es imperativo que nuestra alma esté libre de las ataduras del pecado. También es revelador, al mismo tiempo que conmovedor ver el deseo de Dios por nuestra restauración integral. Tal como nos los muestra la acción de gracias del salmista: “Bendice, alma mía, al Señor, y bendiga todo mi ser su santo nombre. Bendice, alma mía, al Señor, y no olvides ninguno de sus beneficios. Él es quien perdona todas tus iniquidades, El que sana todas tus dolencias; El que rescata del hoyo tu vida, El que te corona de favores y misericordias; El que sacia de bien tu boca de modo que te rejuvenezcas como el águila. El Señor es el que hace justicia y derecho a todos los que padecen violencia.” Salmo 103:1-6.
Aquel paralítico de Betesda no solo tenía piernas inmóviles, tenía un alma cuyas alas hacia Dios habían sido cercenadas por el pecado. Su sanidad nos demuestra el amor inquebrantable de Dios por el ser humano; el rostro de la misericordia. Su gracia inmerecida por todos es capaz de sacarnos del hueco más oscuro, aún cuando no hemos pedido su favor. No resistas tu corazón a las múltiples manifestaciones del amor del Señor. No seas de aquellos a quien Él les dice: “Mas yo os conozco, que no tenéis amor de Dios en vosotros. Yo he venido en nombre de mi Padre, y no me recibís; si otro viniere en su propio nombre, a ese recibiréis. ¿Cómo podéis vosotros creer, pues recibís gloria los unos de los otros, y no buscáis la gloria que viene del Dios único?” Juan 5: 42-44.
Si aún hay dudas en tu corazón, si aún no te decides por Cristo, recuerda que hoy Él te muestra su misericordia y te invita:
“Escudriñad las Escrituras; porque a vosotros os parece que en ellas tenéis la vida eterna; y ellas son las que dan testimonio de mí.” Juan 5:39.
X:RosaliaMorosB
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