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Los rostros de la fe: El leproso que se acerca

El leproso
Tiempo de lectura: 5 min.

   Hoy el rostro de la fe que nos muestra el evangelio toca mi corazón de una manera contundente y profunda; me conmueve hasta las entrañas. Hoy la tristeza ha empañado mi vista, en la oración de la mañana las lágrimas brotaban de mis ojos como la expresión de mi alma, como el lenguaje que no podía expresar con palabras. Más tarde al sentarme a escribir este episodio de Los rostros de la fe constato que me corresponde hablar de este pasaje del leproso que tuvo la valentía y la humildad de acercarse a Jesús. Entonces vuelvo a conmoverme, ya no con tristeza en mi corazón sino con gratitud a Dios al comprobar la manera tan amorosa en la que su Espíritu Santo guía nuestras vidas a través de la comunión con Él. Y es que este pasaje de las Sagradas Escrituras nos revela, una vez más, el Reino de los Cielos. Ese lugar espiritual en el cual Dios quiere que vivamos a pesar de estar aquí en la Tierra, en un mundo caído, separado de Dios y de su propósito.

El amor de Dios por la humanidad es inquebrantable y Él siempre responderá cuando a Él clamamos. En la época en la cual Jesús caminaba por Galilea ejerciendo su ministerio, bajo la influencia grecorromana, la lepra, también conocida como la enfermedad de Hansen (una infección bacteriana que afecta la piel y los nervios) era una enfermedad que también tenía una connotación espiritual. Según el libro de Levíticos, los leprosos debían vivir apartados de la sociedad, a su paso debían gritar: “inmundo, inmundo”, no les era permitido entrar a las sinagogas, tampoco podían entrar a las ciudades amuralladas, no podían tocar a nadie y tampoco nadie podía tocarlos.

Los leprosos eran considerados impuros lo cual implicaba una exclusión civil y religiosa. Dependían básicamente de las limosnas que almas bondadosas pudieran darles, vivían en lugares apartados y desérticos, alejados de las ciudades. Literalmente vivían en el límite entre pertenecer y desaparecer. Aunque estamos hablando de un mundo en el que el conocimiento médico era muy limitado, los leprosos también eran aislados porque se intuía el carácter contagioso de dicha enfermedad. La deformidad visible que la enfermedad iba ocasionando en los cuerpos generaba un gran temor en la población; los leprosos eran estigmatizados. No solo eran vistos como enfermos sino también como personas malditas. Tan solo pensemos por un momento este aislamiento devastador que sufrían; la pérdida de la familia, la pérdida de su identidad social, la pérdida del contacto humano y sobre todo la pérdida de su dignidad.

En ese contexto, este leproso del cual nos hablan 3 de los cuatro evangelistas, va en busca de Jesús, se atreve a acercarse a pesar de todas las prohibiciones: “Un leproso se acercó a Jesús, se arrodilló ante él y le dijo: —Si quieres, puedes limpiarme.” Marcos 1:40. Es necesario destacar que no solo se atreve a acercarse, también reconoce su limitación y con humildad, antes de pronunciar una palabra, antes de hacer una petición, se arrodilla; doblega su alma ante el Señor. Expresa su rendición como acto supremo de confianza. Luego, con sus palabras: —Si quieres puedes limpiarme, entrega su vida, su destino, a la voluntad del Todopoderoso. ¡Que lección tan preciosa recibimos de este hombre! No se queja, no se auto-compadece, no maldice, no reclama, no verbaliza todo su dolor. Tan solo deja todo en las manos de Dios: —Si quieres, puedes limpiarme. Sus palabras expresan la esperanza anidada en su corazón, la profunda certeza de que Jesús puede. Es decir, yo se que si puedes limpiarme; de tal manera que si tu quieres, si es tu voluntad, lo harás. Yo confío mi vida en tus manos, pareciera decirle el leproso.

Del mismo modo que el leproso derriba todos las barreras con su comportamiento y su actitud ante el Señor, también nuestro amado Señor muestra en su respuesta el amor que no retrocede ante nuestra herida, la misericordia que no teme contaminarse; toca lo impuro derribando la muralla de separación. “Y Jesús, teniendo misericordia de él, extendió la mano y le tocó…” Marcos 1:41. No es un contacto accidental, es un acto deliberado de dignificación. El mismo toque que hoy recibí de Él ante mi tristeza, el toque que tu y yo necesitamos cada mañana con la salida del sol, cada noche bajo la luz de las estrellas; el único toque que puede sanar nuestras heridas, el único toque que nos da vida. Entonces, después de tocarlo le dijo: —“Quiero, sé limpio”. Porque Dios siempre quiere, es su voluntad restauradora, es su gracia maravillosa que siempre quiere alcanzarnos. No sólo para darnos sanidad física, sino para la restauración de nuestra alma. Para darnos el amor que nos devuelve la identidad y nos regresa a la vida con la dignidad que Dios nos otorgó desde el principio en la creación.

En cuanto Jesús pronunció estas palabras, la lepra desapareció y aquel hombre quedó limpio.” Marcos 1:42. El Reino de los Cielos no se contagia de impureza; al contrario, su pureza vence la enfermedad. Cuando nos acercamos a Dios, cuando somos humildes ante su presencia, Él se hace cercano, y en la cercanía con Dios suceden maravillas. Como lo expresa con profunda belleza el salmista: “Me mostrarás la senda de la vida; en tu presencia hay plenitud de gozo; delicias a tu diestra para siempre.” Salmos 16:11. Debido a su presencia aquel hombre fue limpio de su lepra. Hoy tu y yo podemos ser limpios de toda ‘la lepra’ que carcome nuestra alma. Gracias a Dios aquella terrible enfermedad hoy en día no es la sentencia devastadora que fue en la antigüedad. Aunque no ha sido erradicada absolutamente, es una enfermedad curable. En Venezuela, nuestro ilustre médico Jacinto Convid realizó el aporte fundamental de una vacuna experimental. Lo que en tiempos de Jesús significaba expulsión y muerte social, hoy puede ser tratado con medicina y acompañamiento humano. Este contraste nos permite comprender aún más la radicalidad del gesto de Cristo, quien tocó al leproso cuando no había ninguna esperanza de curación.

Muchos de nosotros hemos vivido ‘lepras’ invisibles como vergüenza, rechazo, engaño, errores del pasado que siguen resonando en nuestra vida, soledad espiritual. A veces creemos que Dios puede limpiarnos, pero dudamos si querrá hacerlo. La sanidad no es solo desaparición de síntomas; es también reintegración al propósito. El leproso no solo quedó limpio, volvió a pertenecer. El aislamiento fue roto. El amor lo trajo de regreso a la vida en comunidad. Este rostro de la fe nos enseña algo decisivo: La fe es atreverse a acercarse a Dios. Atreverse a pedirle… Si tu quieres… El leproso nos devela el rostro de quien necesita más que un milagro físico, necesita ser abrazado por la voluntad amorosa de Dios. Y Jesús responde con una frase que debería resonar eternamente en el corazón humano: —“Quiero; sé limpio.”

Y a Aquel que es poderoso para hacer todas las cosas mucho más abundantemente de lo que pedimos o entendemos, según el poder que actúa en nosotros, a él sea gloria en la iglesia en Cristo Jesús por todas las edades, por los siglos de los siglos. Amén.”

Efesios 3:20-21.

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