De un tiempo a esta parte, el Profesor Emérito de la Universidad de Oldenburg, y politólogo chileno-alemán Fernando Mires ha venido a cumplir el papel de máximo exponente intelectual del antimariacorinismo. Sus críticas a la controvertida líder venezolana, y Premio Nobel de la Paz, van más allá de las invectivas, insidias y descalificaciones (aunque esto último no lo puede evitar), propias del aparato de desinformación y propaganda del régimen chavista.
Con el estilo didáctico que le caracteriza, sus columnas de análisis y opinión dedicadas a la patria de Bolívar han tomado un evidente sentido de orientación (para quien las quiera leer), justificando las acciones, oficialistas y no oficialistas, que insisten en dejar por fuera de la competencia política en Venezuela al sector que lidera María Corina Machado (MCM).
De Mires podría decirse que es ese tipo de intelectual que Norberto Bobbio encuadró como ideólogos; es decir, aquellos que aportan diagnósticos y visiones de futuro.
Pues bien, si la memoria no nos falla (el amable lector nos corregirá), desde la amañada elección del 28 de julio de 2024, el profesor Mires ha afirmado en reiteradas ocasiones que, en función de la redemocratización venezolana, Machado es parte (esencial) del problema y no de la solución.
En ese sentido, su más reciente trabajo al respecto lo ha dejado bastante claro.
https://polisfmires.blogspot.com/2026/04/fernando-mires-venezuela-la-transicion.html
LA TRANSICIÓN BLOQUEADA
En este texto (que animamos a leer con detenimiento) recapitula la razón central por la cual el gobierno de Donald Trump, luego de la intervención militar del 3 de enero pasado, dejó en la administración del Estado venezolano a Delcy Rodríguez, y no instaló a MCM y/o Edmundo González en el Palacio de Miraflores. Su argumento es bastante conocido, pues no hace más que repetir el mismo que ha dado el secretario de Estado, Marco Rubio: a los fines de los intereses de Estados Unidos, la primera “garantiza por el momento la estabilidad política” y la segunda no.
A continuación, pasa a sintetizar las tres condiciones que, según la experiencia histórica, llevan a una transición política: “ruptura, apertura y construcción de un puente entre gobierno y oposición”.
Es en la explicación de este proceso donde, a nuestro modo de ver, el profesor Mires yerra.
Por cierto, probablemente de manera involuntaria, confunde las elecciones presidenciales polacas de 1990 con las elecciones parlamentarias parciales de 1989, de las cuales salió elegido Tadeusz Mazowiecki como primer ministro no comunista, acontecimiento que no había ocurrido en el entonces campo socialista europeo desde 1948. El líder de Solidaridad, Lech Wałęsa, fue elegido presidente en las primeras elecciones presidenciales directas de Polonia en diciembre de 1990, tras la disolución de aquel gobierno de coalición.
Nos permitimos agregar que la transición (política y económica) polaca fue bastante rápida, en cuestión de meses, debido a la circunstancia de que el régimen comunista perdió en 1989 la cobertura geopolítica que le había brindado hasta ese año la Unión Soviética.
No descartemos, sin embargo, que el profesor Mires haya caído en una tentación característica de varios aficionados a la transitología (sic) que estos días abundan en ocasión del tema venezolano, los cuales acomodan con demasiada frecuencia aquellos hechos acontecidos en los citados procesos de transición a la democracia con sus propias preferencias políticas de hoy.
En ese sentido, el profesor Mires señala que, en la dinámica expuesta en Venezuela, ya ocurrió la “ruptura del régimen” con la extracción de Nicolás Maduro; también, que la “apertura política” se encuentra en desarrollo de la mano de Delcy Rodríguez; pero que en la imprescindible “construcción de un puente entre la oposición y los sectores aperturistas de la dictadura”, se presenta un serio escollo, puesto que, en su criterio, “…la oposición encabezada por la mesiánica líder no está interesada en construir un puente con el gobierno en busca de un tránsito hacia la democracia.
Todo lo contrario: si en algo está interesada esa oposición es derrotar cuanto antes al gobierno Rodríguez, ya sea por la vía electoral o por cualquier otro medio que no pase por la vía transicional. El proyecto del movimiento de Machado es tumbar el gobierno neochavista, hacer saltar a los puentes por los aires, e iniciar un proceso de transición no dialogado (…) las proclamas que emiten en las redes sociales dirigentes políticos como Juan Pablo Guanipa, Andrés Velásquez u Omar González, son subversivas, insurreccionales, confrontativas…”. El subrayado es nuestro.
A lo anterior el profesor Mires agrega que: “En estos momentos existe una polarización entre neochavismo y machadismo”. Y puesto que “…hasta ahora no ha habido nunca en la historia una democratización que haya aparecido como resultado de la polarización política”, su conclusión es que la eventual transición venezolana se encuentra bloqueada por … María Corina Machado.
En ese punto es inevitable formular la siguiente cuestión: ¿En qué consisten las proclamas “subversivas” e “insurreccionales” de MCM y compañía? ¿Han llamado a sus seguidores a alzarse en armas? ¿Se han constituido en un grupo armado, organizando o llevando a cabo secuestros de adversarios, asesinatos de policías en las calles, asaltos a bases militares y edificios públicos, como sí hicieron en el pasado otros grupos políticos en Latinoamérica ante regímenes que consideraron ilegítimos?
El que se encuentre medianamente informado de la realidad venezolana conoce la respuesta; por supuesto que no. A lo largo de los últimos 27 años la característica principal de la oposición venezolana, incluida la etapa que ha liderado MCM, ha sido la de un movimiento de resistencia civil pacífico. Todo lo demás es propaganda del oficialismo.
No vamos a negar acciones de aventurerismo aisladas, y nunca aclaradas, por parte de factores marginales, así como tampoco que, en ocasiones, algunos dirigentes opositores han tenido una retórica inflamada que nunca se ha correspondido con sus acciones.
Si algo ha quedado en evidencia, en particular desde el 28 de julio de 2024, es esa naturaleza pacífica de la oposición venezolana, y en particular de la propia MCM. Durante los meses previos a aquella fecha, desde los medios oficiales y paraoficiales, se le acusó a ella en particular de no tener un plan exclusivamente electoral, sino insurreccional. En las semanas y meses subsiguientes quedó claro el infundio, pero luego se le acusó por todo lo contrario.
Y si hacemos un poco más de memoria, recordaremos el proceso de diálogo en Barbados, promovido por la administración Biden, donde a Maduro se le otorgaron y ofrecieron todo tipo de incentivos a fin de que facilitara un proceso democrático en el país (tal como pauta la Constitución venezolana); proceso al cual MCM se acogió, asistiendo al Tribunal Supremo de Justicia en diciembre de 2023; posteriormente se comprometió a “una transición ordenada” (1.º de enero de 2024); y hasta declinó, no una, sino dos veces su aspiración presidencial, arbitrariamente bloqueada.
Pero como sabemos, sobre la oposición venezolana siempre pesará la carga de la prueba.
En ese orden de ideas, dado el contexto de represión generalizada contra la sociedad civil venezolana de los últimos años, el señalamiento del profesor Mires no solo es ligero, sino peligroso, y, si se nos permite, hasta cobarde. Repite la misma acusación con la cual se ha justificado el terrorismo de Estado tanto en Venezuela como en otras partes de la región que por experiencia personal él conoce bastante bien.
Su referencia a la polarización entre neochavismo y machadismo como explicación del contexto político imperante en la Venezuela de hoy remite inevitablemente a la explicación que a posteriori se dio, y que la izquierda progresista rechazó, acerca de la represión impuesta en el Cono Sur por parte de las dictaduras militares a esos países en los años setenta del siglo pasado.
En resumen, según esa versión de los hechos, hubo una guerra civil en el marco de una intensa polarización política interna, siendo esas sociedades las víctimas de dos bandos enfrentados con poderes más o menos equivalentes.
Ese fue el argumento que esgrimió en su defensa el almirante Emilio Massera durante el juicio a las Juntas militares en Argentina: “yo estoy aquí porque ganamos una guerra justa” contra un enemigo interno.
Por su parte, el general Augusto Pinochet justificó su dictadura principalmente como una medida necesaria para salvar a Chile de lo que denominó la “amenaza del marxismo-leninismo”. Arguyó que las Fuerzas Armadas debían actuar como “reservas morales” de la patria a fin de eliminar a los “enemigos internos” y restaurar el orden institucional que, según él, la Unidad Popular había quebrantado. Su compañero de Junta (o más bien cómplice), el también general Gustavo Leigh, llegó a decir sin rodeos que el propósito consistía en “extirpar el cáncer marxista” de Chile.
Desde los grupos defensores de los Derechos Humanos siempre se ha cuestionado esa versión de los hechos, puesto que, al sugerir que había dos fuerzas en conflicto —la subversión armada por un lado y el aparato de seguridad del Estado por el otro—, siendo ambos bandos igualmente responsables de la violencia, se minimiza la responsabilidad del propio Estado, justificando la denominada “guerra interna”.
Pues bien, esa es exactamente la coartada a la que ha recurrido por años el chavismo a fin de justificar su propia deriva autoritaria. Y ya vemos a dónde ha llevado eso.
En su versión de los hechos, ese grupo se encuentra en medio de una guerra interna defensiva, contra otros venezolanos que pretenden desestabilizar el país. En otro clásico propio de los regímenes autoritarios, los dirigentes chavistas se presentan como la garantía exclusiva de la paz. Eso lo repetía mucho la propaganda franquista.
Esos son los argumentos que hoy repite el profesor Mires.
Sin embargo, la evidencia indica todo lo contrario. Ha sido el chavismo el único que ha bloqueado (y bloquea) la transición en Venezuela.
La “intensa polarización política interna” como bloqueo a la transición democrática es una excusa falaz. La mayoría de las transiciones citadas consistieron, en la práctica, en la administración pacífica de una polarización. El mejor ejemplo a citar son los resultados del plebiscito nacional de chileno de 1988, donde 3,1 millones de electores (44,1%) fueron partidarios de la continuidad del régimen militar.
Dicho lo cual, el profesor Mires tiene un punto válido al señalar que la experiencia nos indica, ciertamente, que cualquier transición a la democracia requiere de la construcción de un puente entre la oposición y los sectores aperturistas del régimen en cuestión.
Pues bien, la política se hace con lo que hay, no con lo que se quiere. Los sectores dentro del sistema autoritario interesados en la apertura no eligen a su oposición, se transan con la que existe. Adolfo Suárez no escogió a Santiago Carrillo y al Partido Comunista español, los necesitó; al general Wojciech Jaruzelski no le quedó más remedio que pactar la transición con Solidaridad y Wałęsa; Frederik de Klerk no podía hacer otra cosa que negociar con Nelson Mandela; y lo mismo Pinochet con la Concertación.
Hoy en Venezuela una transición sin MCM sería como degustar un arroz con pollo, pero sin pollo. La realidad es terca. Además, no ha sido desde ese lado de la talanquera donde se han confeccionado excusas a fin de bloquear la eventual transición a la democracia.
Ha sido el chavismo gobernante desde donde sistemáticamente se ha perseguido y bloqueado cualquier alternativa que le pueda disputar el poder en el terreno electoral, o considere un estorbo, como ha sido el caso de su propia disidencia, de los grupos ideológicamente ubicados a su izquierda, incluyendo el Partido Comunista de Venezuela (PCV), quien entre sus méritos cuenta con la mayor cantidad de candidatos y dirigentes inhabilitados, y no precisamente por ser “machadistas”.
@Pedrobenitezf