Hay momentos en la historia de un país en los que toda la retórica política se derrumba frente a una verdad imposible de ocultar. Los terremotos del pasado 24 de junio fueron uno de esos momentos. La tierra apenas había dejado de temblar cuando comenzaron a aparecer las verdaderas columnas que sostienen a Venezuela. No eran edificios. No eran instituciones. No eran ministerios ni organismos de emergencia. Eran las manos de los venezolanos.
Mientras el polvo todavía cubría las calles y el miedo seguía latiendo en el pecho de quienes habían sobrevivido, miles de hombres y mujeres hicieron lo único que sabían hacer: ayudar. No esperaron órdenes. No aguardaron la llegada de equipos especializados. No preguntaron quién era responsable. Comenzaron a remover piedras, bloques, paredes y cabillas con sus propias manos para rescatar a familiares, vecinos y desconocidos atrapados bajo los escombros.
Habían sentido el mismo terror que todos. También habían perdido hogares, bienes o seres queridos. Sin embargo, transformaron ese miedo en fuerza. Descubrieron, una vez más, que el coraje no consiste en no tener miedo, sino en actuar a pesar de él.
Quien observó aquellas escenas encontró algo extraordinario. No existía un director de orquesta. Nadie impartía instrucciones y, sin embargo, la coordinación surgía de manera natural. Unos levantaban piedras; otros retiraban escombros; otros improvisaban camillas; otros ofrecían agua, alimentos o simplemente un abrazo. Era una inmensa sinfonía humana donde cada quien parecía conocer exactamente el papel que debía interpretar.
Como si en el ADN del venezolano estuviera grabado un código ancestral que dice que, cuando todo falla, las manos sustituyen a las instituciones.
No era la primera vez.
Durante casi tres décadas, los venezolanos han aprendido a reconstruir diariamente aquello que el poder destruye. Han sobrevivido a una crisis económica que pocos pueblos habrían soportado. Han resistido veintitrés (23) años de control de cambio, cuatro (4) reconversiones monetarias que pulverizaron el valor del bolívar, la destrucción sistemática del salario, el colapso de los servicios públicos, el deterioro de hospitales y escuelas, la emigración de más de ocho (8) millones de compatriotas y la pérdida constante de oportunidades.
La supervivencia cotidiana ha adquirido dimensiones casi bíblicas.
Cada familia aprendió a reparar lo que el Estado dejó de mantener. Cada comunidad encontró soluciones donde la burocracia solo produjo abandono. Cada ciudadano desarrolló la creatividad necesaria para alimentar a su familia, cuidar a sus mayores, educar a sus hijos y mantener viva la esperanza.
Por eso, cuando llegaron los terremotos, ocurrió algo que, para quien conoce al venezolano, no resultó sorprendente.
Las mismas manos que durante años aprendieron a sobrevivir fueron las primeras en salvar vidas.
En contraste, la incapacidad del Estado apareció desnuda. No fue una falla circunstancial. Fue la consecuencia visible de veintisiete años de deterioro institucional, de centralización del poder, de destrucción de capacidades técnicas y de sustitución de la eficiencia por la propaganda.
Los discursos oficiales intentaron proyectar control, pero la realidad hablaba con más fuerza que cualquier cadena de televisión. Allí donde el aparato estatal llegaba tarde o simplemente no llegaba, ya había ciudadanos organizados haciendo el trabajo que correspondía realizar a un Estado preparado.
Esa diferencia no es casual.
El Estado existe para potenciar las capacidades de sus ciudadanos, proteger sus derechos y garantizar las condiciones necesarias para que puedan desarrollarse plenamente. Cuando ocurre lo contrario, cuando el poder persigue, reprime y empobrece a quienes debería servir, deja de ser un instrumento de la sociedad para convertirse en un obstáculo para ella.
En las democracias sanas existe una relación de beneficio mutuo: ciudadanos fuertes construyen instituciones fuertes, e instituciones fuertes fortalecen aún más a los ciudadanos.
En Venezuela, durante demasiado tiempo, esa relación ha sido invertida. Mientras la sociedad intenta construir, el régimen destruye. Mientras el ciudadano produce, el poder confisca. Mientras la gente crea soluciones, la burocracia fabrica obstáculos. Mientras las familias luchan por prosperar, el aparato político concentra cada vez más poder y menos resultados.
Y, sin embargo, el venezolano sigue levantándose.
Quizá por eso Bolívar tenía razón cuando afirmó que “la unión hace la fuerza”. Los terremotos demostraron que esa frase continúa viva, pero ya no como consigna política sino como realidad social. Fue la unión espontánea de vecinos, familiares y desconocidos la que salvó vidas cuando cada minuto contaba.
La fuerza no estaba en el Estado.
La fuerza estaba en la gente.
Por eso quiero pensar que aquellas manos eran mucho más que manos humanas. Eran la manifestación más visible de algo profundamente espiritual: la solidaridad. Eran las manos de madres buscando a sus hijos; de hijos buscando a sus padres; de vecinos rescatando vecinos sin preguntar nombres, ideologías o condición social.
Eran, en definitiva, las manos de Dios actuando a través de un pueblo que se niega a rendirse.
Algún día el régimen será apenas un capítulo en los libros de historia. Y cuando llegue ese momento, no serán los discursos oficiales los que reconstruyan Venezuela. No serán las consignas ni las promesas.
Serán las mismas manos que rescataron vidas entre los escombros. Las mismas manos que durante décadas sostuvieron familias enteras en medio de la adversidad. Las mismas manos que nunca dejaron de trabajar. Las mismas manos que volverán a levantar escuelas, hospitales, empresas, universidades, carreteras e instituciones.
Pero, sobre todo, serán las manos que reconstruirán la confianza, la convivencia democrática y una gobernanza al servicio del ciudadano, porque las naciones no se levantan únicamente con cemento y acero. Se levantan con valores, con trabajo, con libertad y con dignidad.
Los terremotos del 24 de junio dejaron dolor, pérdidas y cicatrices. Pero también dejaron una lección imborrable. Cuando todo parece derrumbarse, Venezuela descubre que su mayor riqueza nunca estuvo bajo el suelo.
Siempre estuvo en las manos de su gente.
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