Por estos días se está realizando la Asamblea General de las Naciones Unidas, dando pie, esperamos, a la oportunidad de que se dé un dialogo, el cual necesitamos con premura en este mundo en el que nos ha tocado vivir, caracterizado por múltiples y graves problemas de vieja y nueva data, con relación a los cuales pareciera que no tenemos soluciones y, tal vez lo peor, pareciera que no es cosa que nos quite el sueño.
El desmadre planetario
Creada al término de la Segunda Guerra Mundial y tras haber cumplido ochenta y un años de haber sido fundada, ha sido innegable el rol jugado por la ONU en el establecimiento de un orden mundial. Lamentablemente, desde comienzos del presente siglo se ha ido deteriorando, abriéndole la puerta a lo que se ha catalogado irónica, pero acertadamente, como Desorden Mundial.
En efecto, la incertidumbre y la perplejidad nublan el horizonte del mundo de hoy en día. Este se encuentra zarandeado por un amplio y diverso repertorio de crisis, que incluye distintos conflictos bélicos que parecen interminables, el colapso climático, la desigualdad económica y social que permea a sus habitantes, la violación casi metódica de los derechos humanos, las migraciones y la desinformación a pesar (o gracias a), del desarrollo de nuestras posibilidades digitales. Todo lo anteriormente mencionado debe mirarse como parte de una larga lista, a la que cabe sumar la erosión de la democracia y el consiguiente y progresivo ascenso de los regímenes autocráticos, en sus diversas modalidades.
No hay necesidad de advertir que el mundo debe “aggiornarse”, remarcando la idea de construir y conservar un espacio en el cual todos podamos coexistir en medio de nuestras diferencias, bajo el paraguas de un compendio de normas que se respeten y hagan posible la vida común, sentida actualmente, y no creo exagerar al señalarlo, como un acto de sobrevivencia
Como han escrito algunos politólogos, hay que apelar a la comunidad de destino, entendiendo que en estos tiempos de globalización, los problemas y las correspondientes soluciones, son comunes y requieren soluciones comunes, dado que suponen la "desterritorialización" de unos y otras. En este orden de ideas, no recuerdo quien expresó (¿Kant?) que “sólo habrá respuestas políticas a la globalización cuando abandonemos el Estado-Nación como marco de análisis”.
Crisis civilizatoria
Hoy en día, son muy distintas las circunstancias y los desafíos que nos retan. Ahora la humanidad enfrenta una crisis civilizatoria que cuestiona el modelo anterior, sus valores, objetivos e instituciones. Como lo dije al comienzo del ensayo encara no pocos problemas, a los que deben sumarse los que emergen de las nuevas tecnologías, fundamentalmente las neurociencias, las biotecnologías, las nanotecnologías, las infotecnologías y, por supuesto la IA, convertida en el foco de una nueva revolución tecnocientífica.
Reitero, así pues, que encaramos asuntos completamente diferentes a los de antes, lo cual lleva a revisar las premisas sobre las que se diseñó y funcionó un modelo de sociedad que se ha vuelto obsoleto y que no está a la altura de los tiempos que corren.
Cierto, pues, que debe “aggiornarse”, pero conservando la idea de un espacio en el cual todos podamos coexistir en medio de nuestras diferencias, bajo el paraguas de un compendio de normas que se refuercen, compartan, respeten y hagan posible la vida común.
La IA, epicentro de la crisis
En este contexto, nos ha caído ¿del cielo?, la Inteligencia Artificial. Hace poco más de una semana algunos gurús de Silicón Valley nos dieron la noticia del desarrollo que ha alcanzado, señalándonos que la misma estaba próxima, a sustituir la inteligencia humana. Anunciaron, además, que muy pronto sería una herramienta, cuya capacidad bélica de destrucción, es inimaginable.
Frente a ello, otros expertos advirtieron la necesidad de ralentizar su desarrollo y establecer normas que regularan su uso. Surgió, como resulta fácil de imaginar, un gran debate, el cual tiene como antecedente un comunicado publicado y suscrito hace alrededor de cuatros años, en el que cerca de tres mil especialistas en el tema de la IA ya recomendaban abrir un paréntesis de al menos tres años, durante los cuales se “engavetaba” el asunto, digámoslo así, mientras se reflexionaba sobre su alcance y sus repercusiones.
Desde una visión apocalíptica, en estos días algunos dueños de empresas de las grandes empresas han advertido que la superioridad de la IA sobre la Inteligencia humana supondría la extinción de la humanidad. Por ahora estamos en el terreno de la especulación, nos permitimos hablar desde el ombligo.
No obstante, cabe informar que la opinión mayoritaria considera que “es improbable que ocurra, según opina el 76% de los 475 académicos y profesionales de la IA encuestados hace un año por la Asociación por el Avance de la Inteligencia Artificial.
El Homo sapiens
En medio de la polémica hay quienes señala que el Homo sapiens no se entrena con datos, sino con experiencia, memoria, intuición y conflicto. Inventa metáforas no porque sean útiles, sino porque son necesarias para pensar. La superinteligencia puede multiplicar la productividad, puede tener atención selectiva y hacer encajes, pero no puede sustituir la creatividad humana.
Desde otra perspectiva algunos autores afirman que la IA no acabará con el planeta ni con la humanidad, sino con el mundo tal como es ahora, argumentando que así ha ocurrido a lo largo de la historia humana, siendo su expresión más clara y reciente las llamadas revoluciones tecnológicas, que, según los historiadores, han marcado distintos ciclos de la evolución humana. Piénsese, a manera de ejemplo, lo que significó la primera revolución industrial, ocurrida en Inglaterra y que hizo que el trabajo manual de los talleres fue reemplazado por la producción en grandes fábricas con máquinas y, por añadir apenas otro detalle la creación de la máquina de vapor, teniendo un gran impacto en la industria y el transporte.
No sería, entonces, el primer grupo de tecnologías en alterar nuestra forma de vivir, pero sí el que lo ha hecho con mayor velocidad, alcance y profundidad, desarticulando las instituciones e ideas sobre las que se venía sosteniendo la vida económica, social y cultural. Es, así pues, la quinta revolución industrial
En rigor y sin jactancia de ningún tipo, la inteligencia sólo la tenemos los seres humanos y sabemos que somos frágiles y nuestra capacidad es limitada, contingente, hiperbólica y falible. Pero el hecho objetivo, según afirman neurocientíficos, psicólogos, filósofos, sociólogos y otros investigadores, la razón es que somos los únicos seres dotados de aquellas estructuras lógicas, características que nos singularizan y nos diferencian del resto de los seres vivos, pues constituyen unos rasgos antropológicos que nos configuran, precisamente, como sujetos capaces de examinar, entender e interpretar.
Según sostiene un filósofo que estudie hacer bastante tiempo, la hipótesis es que no va a haber un reemplazo de la inteligencia humana. Las máquinas funcionan bien en donde las cosas se pueden medir y computarizar, pero no lo hace bien allá donde existe contextos, ambigüedad, incertidumbre.
Gracias al cielo, los seres humanos seguiremos siendo imprevisibles, aunque no resulta conveniente bajar los brazos ante los riesgos que advierten Sam Altman, Peter Thiel y sus colegas.
Post Data
Estas líneas fueron escritas por un predigital, bolígrafo en mano.