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El día que volvimos a entender

Opinión
Tiempo de lectura: 24 min.

 

Autoritarismo Líquido - Epílogo - Ensayo 24

Esta serie comenzó con una pregunta. ¿Cuándo dejamos de entender lo que ocurría en Venezuela? Intenté, con mi respuesta, dar una fecha precisa. Me referí a la madrugada del 3 de diciembre de 2007. A la 1:07 a.m., cuando Tibisay Lucena anunció que la reforma constitucional de Hugo Chávez había sido derrotada por 50,65 % frente a 49,34 %. El 12 % restante de los votos nunca se publicó. Chávez reconoció la derrota esa misma noche y pronunció una frase que entonces pareció una malcriadez: «No retiro ni una sola coma de esta propuesta». Seis meses antes, en San Francisco, California, Steve Jobs había presentado el primer smartphone, el iPhone. Ninguno de los dos acontecimientos parecía tener relación con el otro.

Lo que dejamos de entender aquella madrugada fue que el gobierno de Hugo Chávez había perdido y había aprendido, mientras nosotros habíamos ganado y habíamos dado por sentado que la victoria tenía algún valor. Chávez entendió antes que nadie que no necesitaba concentrar el poder en una Constitución si podía dispersarlo en una red. Que una derrota en las urnas podía revertirse con una enmienda dos años después, como ocurrió en febrero de 2009. Que el petróleo a más de cien dólares el barril, la tecnología que empezaba a caber en un bolsillo y una alianza de gobiernos afines permitían construir algo que no se parecía a ningún régimen conocido. En la primera parte de esta serie, lo llamé la máquina política líquida.

Durante los años siguientes, seguimos leyendo esa máquina con categorías sólidas y, por eso, fallamos una y otra vez. Esperamos la fractura de la Fuerza Armada, pero nunca llegó. Cuando por fin le llegó a la institución el momento de repeler un ataque, la madrugada del 3 de enero, no lo hizo, y no fue porque se hubiera quebrado, sino porque se había evaporado. Esperamos el colapso por hambre, y el hambre llegó, pero lo que colapsó fue el país, no el régimen. Más de ocho millones de venezolanos se fueron y la red se quedó. Esperamos una salida negociada y cada negociación terminó convertida en un respiro para el negociador chavista. Esperamos que la muerte del líder carismático desarmara el proyecto, pero este sobrevivió al líder. Cada pronóstico partía de la misma premisa; que estábamos ante una estructura que, golpeada en el punto correcto, se vendría abajo. Pero lo líquido no se quiebra. Se derrama, se filtra y vuelve a juntarse más abajo.

También escribí que la verdadera tragedia venezolana era epistemológica. En todos estos años, el régimen había destruido la capacidad colectiva de distinguir la realidad. Hannah Arendt lo había advertido hacía más de setenta años, en Los orígenes del totalitarismo. El súbdito ideal del régimen totalitario no era el nazi ni el comunista convencido, sino aquel para quien ya no existía la distinción entre hecho y ficción, entre lo verdadero y lo falso. El chavismo no necesitó convencer a los venezolanos de nada. Le bastó con agotarlos, con multiplicar las versiones de cada hecho hasta que ninguna sirviera para decidir, con hacer que el precio del pan de hoy fuera irrelevante mañana. En el ensayo 21 recordé el menticidio de Joost Meerloo, el asesinato deliberado de la mente de un pueblo. Esa fue, quizás, la operación más exitosa de la red. No dejamos de entender lo que ocurría en Venezuela por falta de información, sino porque el régimen convirtió la información en ruido.

Hay una simetría en esta historia que no planeé y que solo noté al llegar al final. La serie comenzó con un presidente ausente y parecía que iba a terminar con otro.

El 10 de enero de 2013, Hugo Chávez no pudo juramentarse para su cuarto período. Estaba en La Habana, después de su cuarta operación. Durante enero y febrero se emitieron decretos bajo su firma; el 15 de febrero se difundieron fotografías suyas, sonriente, en una cama de hospital junto a sus hijas y el 18 se anunció su regreso a Caracas. La muerte se anunció oficialmente el 5 de marzo. Uno de los oficiales de su guardia, Leamsy Salazar, afirmó más tarde que había muerto en Cuba meses antes. Sea cual fuera la fecha real, el régimen sostuvo durante semanas la ficción de un presidente que gobernaba sin estar presente.

Trece años después, el presidente ausente está en una cárcel de Nueva York, a la espera de un juicio fijado para junio de 2027. En Caracas, el Tribunal Supremo inventó para él una «ausencia forzosa» que la Constitución no contempla, el plazo máximo de la falta temporal venció en julio de 2026 y la Asamblea Nacional ha guardado silencio. Una diputada explicó que estaban «cuidando la silla». Nadie ha solicitado formalmente que su ilegítimo ocupante regrese; todo se limita a un nuevo simulacro, desplegado en grandes anuncios sobre las principales avenidas de la capital: «Los queremos de vuelta», «Liberen a Maduro y Cilia», «Bring Them Back».

Las dos ausencias son opuestas en apariencia y gemelas en su función. En 2013, la red necesitaba la presencia simulada de un cuerpo ausente para transferir, sin sobresaltos, el poder a un heredero. En 2026, necesita la ausencia indefinida de un cuerpo que siga vivo para retener el poder sin elecciones. En ambos casos, lo que se detuvo fue el reloj constitucional. Ahí está la primera lección de esta historia. El poder líquido trata el tiempo como una materia prima. Vive en lo provisional que nunca termina, en la emergencia permanente, en la transición que no transita. La primera de las cuatro reglas que describí en el ensayo 16, la legalización de la perpetuidad, es, en el fondo, una guerra contra el calendario. Por eso la consigna de pedir una fecha para las elecciones es más profunda de lo que parece. No es un gesto administrativo ni simbólico. Es atacar al régimen en el punto exacto donde su método empieza.

Si algo ha demostrado este 2026 es que las cuatro reglas del poder líquido sobreviven a la pérdida de su jefe. La perpetuidad se legaliza ahora mediante una ausencia no declarada. El simulacro institucional sigue operativo. Hay una Asamblea, un Tribunal Supremo y un Consejo Electoral, y ahora también una mesa de diálogo, y todos funcionan, en apariencia, como deberían. La fragmentación estratégica reorganizó la red después del 3 de enero. Ciento diez generales y almirantes pasaron a retiro, la Guardia de Honor y la contrainteligencia militar cambiaron de mando y dos hermanos concentraron el Ejecutivo y el Legislativo. Por último, el equilibrio del caos controlado cambió de audiencia, como expliqué en el ensayo anterior. Durante años, el régimen agitó el fantasma del caos para disuadir a Washington de intervenir. Hoy ese mismo argumento sirve para justificar un desmantelamiento lento y controlado de la red, en lugar de uno decidido. Y durante buena parte de este año, también le sirvió al Departamento de Estado para desaconsejar el regreso de Machado, con el argumento de que su seguridad no estaba garantizada.

El sociólogo alemán Ulrich Beck acuñó una expresión que describe con precisión lo que permite esa supervivencia. Se refirió a la irresponsabilidad organizada. Beck la usó para explicar cómo las sociedades industriales generan riesgos enormes sin que nadie resulte responsable de ellos. En una red heterárquica ocurre algo parecido. Las decisiones se toman en muchos nodos y la culpa no recae en ninguno. Por eso cada nodo puede ser perdonado, reubicado o retirado de una lista de sancionados sin que el conjunto tenga que rendir cuentas. Delcy Rodríguez dejó de estar sancionada en abril; su hermano, en octubre. Ninguno de los dos ha tenido que explicar hasta ahora lo que hicieron durante los veinte años anteriores. En la lógica de la red, no hace falta. La responsabilidad estaba distribuida, y lo que está distribuido no se puede juzgar. Aquí se inicia el gran desafío que enfrentará el sistema de justicia para determinar los hechos y asignar responsabilidades.

El libro de Jean Baudrillard, Cultura y simulacro, abre con una fábula de Borges. En «Del rigor en la ciencia», los cartógrafos de un imperio elaboran un mapa tan detallado que coincide punto por punto con el territorio y, con el tiempo, el mapa se desintegra mientras el territorio permanece. Baudrillard invirtió la fábula. En la era del simulacro es el territorio el que se pudre (se licúa) bajo el mapa. Pocas imágenes describen mejor la Venezuela de 2026. El mapa sigue ahí, completo, con sus instituciones, sus comunicados y sus acuerdos. El territorio es otra cosa. El 24 de junio, dos terremotos de magnitud 7,2 y 7,5 sacudieron el centro norte del país. Dos meses después, la cifra oficial de muertos superaba los 6.500; las autoridades habían clasificado más de once mil edificios residenciales como de alto riesgo y apenas 335 viviendas habían sido entregadas. La red sobrevivió al terremoto. Las víctimas, aún no.

Esta es la segunda lección del poder líquido; también es la más dura. La supervivencia de la red y la supervivencia de la nación no son lo mismo. Con frecuencia son lo contrario. En un ensayo anterior, distinguí la capacidad adaptativa del régimen de la antifragilidad, la propiedad de los sistemas que mejoran con el estrés, tal como la describe Nassim Taleb. El chavismo nunca fue antifrágil. Sobrevivió a cada crisis a costa de empobrecer todo lo que lo rodeaba. En el ensayo 17 hice la cuenta de lo que costaron sus reglas, en migrantes, en producto perdido, en corrupción y en vidas. Esa cuenta sigue abierta y el ciudadano la reclama a diario.

A pesar de todo el drama, esta no es una historia de derrota. Al releer la tercera parte de la serie, encuentro otra cosa. Identifico los puntos exactos donde el poder líquido fue vencido y en todos ellos ocurrió lo mismo.

El primero fue una larga cinta de papel. El 28 de julio de 2024, una red de testigos de mesa recogió más del ochenta por ciento de las actas de escrutinio y las puso a disposición del mundo. Durante años, el régimen había aprendido a manipular las cifras, los sistemas automatizados y los anuncios de madrugada. No pudo hacer nada con un papel firmado por los miembros de cada mesa, fotografiado, escaneado y guardado en miles de teléfonos. Václav Havel escribió en 1978 El poder de los sin poder. Allí contó la historia de un bodeguero que cada mañana colocaba en su vitrina un cartel con la consigna oficial, sin creer en ella, «¡Proletarios de todos los países, uníos!», solo para que lo dejaran en paz. Havel sostenía que el día en que el bodeguero dejara de colocarlo, rompería las reglas del juego y dejaría al descubierto la apariencia sobre la que descansaba todo el sistema. Ese día, decía Havel, aquel humilde trabajador empezaría a «vivir en la verdad». Las actas fueron eso. Miles de venezolanos se negaron a colocar el cartel. El simulacro, decía Baudrillard, es la copia que ya no necesita original. Las actas eran el original.

El segundo fue la residencia argentina. Durante más de 400 días, el régimen asedió a un grupo de colaboradores de Machado refugiados en la embajada, les cortó la electricidad, les negó salvoconductos y convirtió el edificio en un panóptico. La operación que los sacó de allí el 6 de mayo de 2025 no derrotó al régimen con fuerza. Lo hizo con información, con paciencia, con inteligencia y con una red que el aparato de vigilancia no supo ver.

El tercero fue la propia Machado. En el ensayo 20 la describí como un ser multiplexado, presente en todas partes y localizable en ninguna, capaz de transmitir en vivo mientras el régimen apagaba sectores enteros de Caracas para encontrarla. En el ensayo 21 conté su salida del país, por tierra, mar y aire, convertida en Nadie, como Ulises frente al cíclope, sostenida por una red heterárquica de personas que no se conocían entre sí y que sabían exactamente lo que tenían que hacer.

En los tres casos, la sociedad venezolana hizo lo mismo que el régimen. Se volvió líquida. Se organizó en red, distribuyó las funciones, multiplicó los canales y se adaptó a cada movimiento del adversario. En el ensayo 22 escribí que la liquidez no es un atributo moral, sino una capacidad. Ahora puedo completar la idea. Lo que distingue a una red de otra no es su forma, sino su propósito. La red del régimen tenía un solo objetivo: permanecer en el poder. La red ciudadana tenía otro, el de que el poder pudiera cambiar de manos cuando la gente así lo decidiera. Una buscaba abolir el calendario. La otra, restituirlo.

En este punto aparece algo que no esperaba encontrar al empezar a escribir. Si en esta historia hubo algo antifrágil en el sentido de Taleb, no fue el régimen. Fue la sociedad. Cada golpe que recibió la hizo más organizada. El fraude de 2024 dio lugar a la red que protegió las actas. La persecución produjo una líder imposible de ubicar. El asedio generó una operación de rescate. El exilio desarrolló una diáspora que hoy influye en el Congreso de Estados Unidos y en las cancillerías de todo un continente. El régimen sobrevivía a sus crisis empobreciéndose. La sociedad salía de cada crisis con más capacidades que antes. Esa es, quizás, la conclusión más esperanzadora de esta serie. La antifragilidad, aunque en ese momento no podíamos verla, no estaba del lado de quienes tenían el poder.

La madrugada del 3 de enero demostró algo que no podemos olvidar. Ciento cincuenta aeronaves, una fuerza de operaciones especiales y meses de inteligencia lograron, en dos horas y media, lo que la presión diplomática, las sanciones y la protesta no habían logrado en años. Sacaron a Maduro de su cuarto de acero. Pero el ensayo 22 terminaba con una paradoja. La operación tuvo éxito porque encontró el único punto sólido de una red líquida, el cuerpo de su jefe, con su domicilio, su rutina y su perímetro. La fuerza resuelve problemas de ubicación. No resuelve problemas de legitimidad.

Washington lo sabía, o al menos lo intuía, y por eso eligió administrar la red en lugar de desmantelarla. Expliqué en el ensayo anterior las razones de esa elección y el fantasma de Bagdad que la inspiró. Quiero añadir ahora una precisión. La lección de Irak es correcta para los ejércitos y equivocada para las redes. Disolver de un plumazo una institución armada produce insurgencia, y nadie sensato propone hacerlo en Venezuela. Pero una red criminal incrustada en el Estado no es una institución. Es un aparato con metabolismo que circula a través de las instituciones. Conservarla para evitar el caos equivale a no extirpar un tumor en un paciente, porque la recuperación le causará dolor.

Además, existe un nuevo riesgo que no estaba presente antes del 3 de enero. Durante dos décadas, la red se alimentó de la renta petrolera, de las economías ilícitas y del crédito de sus tutores. Si los barriles del acuerdo anunciado en agosto fluyen a través de los mismos nodos que antes administraban la renta, Estados Unidos habrá dejado de ser el adversario de la red para convertirse en su financista. No sería la primera vez que un régimen líquido cambia de tutor sin cambiar de método. Sería, eso sí, la primera vez que el tutor es la democracia más poderosa del planeta.

En el ensayo 23 señalé que entre la tutela que sirve de puente y la tutela que sustituye existe una tercera vía, la de una alianza entre Estados Unidos y un liderazgo con legitimidad de origen, construida sobre reglas transparentes y en beneficio de ambos pueblos. Insisto en ella porque es la única que cierra con certezas el problema que la fuerza del 3 de enero dejó abierto. Una red no se disuelve al extraer a su nodo de coordinación. Lo hace cuando deja de ser necesaria, cuando las instituciones que simulaba vuelven a funcionar de verdad y los recursos que administraba vuelven a circular a la vista de todos. Eso no está en manos de un tutor. Solo es alcanzable a través de un gobierno que la gente haya elegido.

En el ensayo anterior recurrí a Gramsci y a su descripción del interregno, ese tiempo en el que lo viejo muere y lo nuevo aún no ha podido nacer. Prometí responder qué tendría que ocurrir para que, esta vez, lo nuevo sí naciera. No pretendo escribir aquí un programa de gobierno, sino extraer de esta historia las condiciones mínimas sin las cuales cualquier transición volvería a ser absorbida por la red. Son seis, y todas se desprenden de lo que el régimen hizo durante veinte años.

La primera es un calendario. Si la primera regla del poder líquido fue abolir la alternancia, la primera condición para su derrota es restituirla, y la alternancia empieza por fijar una fecha. Mientras la elección no tenga día, el interregno será el hábitat natural de la red, porque lo indefinido es su medio de vida. La fecha de la elección es, literalmente, el momento en que el método deja de funcionar.

La segunda es que las instituciones dejen de ser simulacros. Hay una prueba sencilla para distinguir una institución real de una fachada. Una institución real es capaz de decidir en contra de quien la nombró. Un Consejo Electoral que no puede proclamar la derrota del gobierno o un Tribunal Supremo que no puede fallar contra el Ejecutivo siguen siendo parte del mapa de Borges, por muy renovados que estén sus integrantes. Por eso importa tanto quién nombra a los nuevos magistrados y rectores, y no solo que sean nuevos. Por eso también importa el voto verificable en papel, con actas firmadas y testigos en cada mesa. La larga cinta de papel de 2024 enseñó que lo único que el régimen no supo licuar fue un documento físico que miles de ciudadanos podían guardar y resguardar.

La tercera es cortar el metabolismo del aparato de poder. Una red líquida vive de los flujos de dinero que la atraviesan y no se debilita mientras esos flujos sigan pasando por sus nodos. La renta petrolera, el oro y las rutas del narcotráfico deben salir de la penumbra. Machado ha dicho que los contratos firmados en este período se respetarán si se ajustan a la ley venezolana y que el país necesita seguridad, estabilidad y legitimidad para atraer inversión. Es la fórmula correcta, porque invierte el argumento del caos controlado. La estabilidad duradera, a través de la institucionalidad, deja de ser un mecanismo de extorsión que provoca la inacción y pasa a ser la estructura que genera certezas.

La cuarta es reconvertir a la Fuerza Armada sin disolverla. Aquí sí vale la lección de Bagdad. Una fuerza armada no se reforma humillándola, sino devolviéndole una misión que no sea vigilar a su propio pueblo. Eso exige desmontar el aparato de contrainteligencia que durante años espió a militares y civiles, separar a la institución de las economías ilícitas que custodiaba y ofrecer a sus integrantes un lugar honroso en la república que viene. El retiro de ciento diez generales este año no fue una reforma. Fue la red depurándose a sí misma para sobrevivir. La diferencia entre una purga y una reforma radica en quién la conduce y con qué propósito.

La quinta es la verdad. Machado ha propuesto una comisión de la verdad independiente, que recoja el testimonio de las víctimas y garantice su reparación. No se trata solo de justicia; también es indispensable reparar el daño en la medida de lo reparable. Un pueblo al que se le ha destruido la capacidad de distinguir lo verdadero de lo falso necesita reconstruir, antes que nada, un relato compartido de lo que le pasó. Sin ese relato, la misma red puede reaparecer con otro nombre y otra bandera y nadie la reconocerá.

La sexta es la posibilidad de regreso. Más de ocho millones de venezolanos viven fuera de su país y, hasta hace apenas unos días, María Corina Machado formaba parte de esa Venezuela en el extranjero. Los venezolanos entendimos que ninguna transición es completa mientras quien encarna la voluntad de la mayoría no pueda pisar su propio suelo. El regreso de Machado, por tanto, nunca fue un asunto personal ni simbólico. Era la prueba más sencilla y directa de que la red ya no lo controlaba todo, porque mientras la red pudiera decidir quién entra y quién sale del país, seguiría gobernado, se llame como se llame por quien ocupe la silla.

En la segunda parte de esta serie sostuve que Venezuela no era una anomalía regional, sino el laboratorio más avanzado de una forma de dominación que el mundo apenas empezaba a reconocer. Escribí que las democracias enfrentaban un dilema, porque su fortaleza, la solidez de sus instituciones, se convertía en debilidad frente a organizaciones que operaban con otras reglas. Dije que, en el nuevo orden líquido, la victoria ya no pertenece necesariamente a quienes tienen la razón, sino a quienes mejor se adaptan.

Este año, desde la tribuna de Naciones Unidas, el presidente de Estados Unidos pronunció otra frase que parecía confirmar aquella intuición con más crudeza. «Al vencedor pertenece el botín». Si esa fuera la última palabra de esta historia, el chavismo habría ganado, aunque su jefe esté preso, porque habría logrado que el mundo entero adoptara su regla. Pero lo que Venezuela enseña es otra cosa. Enseña que la razón también puede aprender a adaptarse sin dejar de ser razón. Que una sociedad puede volverse red sin volverse cómplice. Que se puede ser líquido en los métodos y sólido en los propósitos. Ese es el antídoto que Venezuela ofrece al mundo, después de haber esparcido durante veinte años la enfermedad del chavismo. Lo que se ensayó primero en Caracas, la captura del Estado por una red que simula instituciones, ya se ha ensayado en otras capitales y seguramente se seguirá probando en otras latitudes. La respuesta venezolana, la de los testigos de mesa, los rescatistas anónimos y los ciudadanos que se negaron a “colocar el cartel” en la vitrina, también puede exportarse.

Estos ensayos nacieron de dos capítulos que escribí para Riesgos Líquidos y que finalmente dejé fuera del libro. Cuando los redacté, el desenlace era imposible de prever. No sabía que la historia incluiría una elección ganada y robada, un asedio de más de un año, una líder escondida a la vista de todos, un Premio Nobel recibido en la clandestinidad, una fuga por mar y una madrugada de helicópteros sobre Fuerte Tiuna. Tampoco sabía que, al llegar al final, el régimen seguiría ahí, sin su jefe pero con su método. Y mucho menos imaginaba que tendría que reescribir este epílogo a última hora, porque la historia, una vez más, se adelantó al análisis. Lo que sí sabía, y lo que esta serie ha intentado mostrar, es que para entender lo que ocurría en Venezuela había que dejar de buscar un edificio que se derrumbara y empezar a mirar el agua.

En la Odisea, Ulises regresa a Ítaca después de veinte años y encuentra su casa ocupada por los pretendientes, que se han instalado en su palacio, consumen su riqueza y han decidido que él ya no volverá. Penélope los entretiene con un telar. Teje de día el sudario que promete terminar y lo desteje de noche, para ganar tiempo. En Caracas, el telar parece haber cambiado de manos. Una mesa de diálogo teje de día una agenda que nunca llega al tema electoral y esta vez el tiempo que se gana no es para quien espera el regreso, sino para quienes ocupan la casa. La cuarta ronda de esas conversaciones terminó el miércoles 21 de octubre de 2026.

Cuatro días después, Ulises volvió.

Homero no lo hace entrar por la puerta principal. Atenea lo transforma en un mendigo viejo, de piel ajada y ropas raídas, para que pueda atravesar su propia isla sin que lo reconozcan quienes lo quieren muerto. Machado tampoco entró por la puerta principal. Después de varios intentos frustrados por aire y por mar, cruzó de forma encubierta la frontera con Colombia, por una ruta que todavía no se ha revelado y durante unas horas volvió a ser Nadie. La misma mujer que en diciembre había salido del país sin nombre, sostenida por una red cuyos integrantes no se conocían entre sí, regresó de la misma manera. El método fue líquido. Lo que vino después fue la más sólida realidad.

El domingo 25 de octubre, poco después de las diez y media de la mañana, escribió en sus redes dos palabras: «Estoy aquí». Apareció en el santuario de la Divina Pastora, en Santa Rosa, Barquisimeto, en medio de una misa. No eligió una tribuna, ni un cuartel, ni una rueda de prensa. Escogió un templo. Desde allí emprendió por carretera un viaje de casi once horas a través de Lara, Yaracuy, Carabobo, Aragua y Miranda, hasta cruzar el peaje de Tazón ya de noche y llegar a la autopista Valle-Coche, en Caracas. Era domingo y nadie había convocado a nadie. Aun así, miles de personas salieron a las carreteras para verla pasar, le entregaron rosarios que terminó llevando al cuello, cantaron el himno en las autopistas y gritaron la misma consigna que días antes habían llevado a la calle: «¡Elecciones ya!». Una madre le pidió a gritos que le trajera a sus hijos.

En la Odisea, el reconocimiento llega poco a poco y desde abajo. Primero lo reconoce Argos, el perro viejo que lo esperó veinte años y que muere apenas lo ve. Después Euriclea, la anciana nodriza, por la cicatriz de la pierna mientras le lava los pies. Después el porquerizo Eumeo y luego Filetio. Los pretendientes son los últimos en saberlo. Los griegos llamaban a ese momento anagnórisis, el paso de la ignorancia al conocimiento. Lo que ocurrió el 25 de octubre en las carreteras del centro occidente venezolano fue exactamente eso. Antes de que el poder atinara a reaccionar, la reconocieron la gente de los pueblos, los motorizados que se sumaron a la caravana, los vendedores de los peajes, los que no tenían cargo, ni partido, ni nada que ganar. Esa es la legitimidad de origen de la que hablé en el ensayo 23. No la otorga un tutor, ni un tribunal, ni una mesa de diálogo. La otorga el reconocimiento de un pueblo.

Las reacciones oficiales confirmaron, sin proponérselo, mucho de lo que esta serie ha intentado describir. Algunos intentaron atribuir el regreso a las conversaciones que Washington promueve entre el chavismo y un sector de la oposición. La presidenta interina, Delcy Rodríguez, dijo que pudo haberse evitado el show. La delegación opositora en la mesa de diálogo lo presentó como un fruto del 3 de enero. Cada nodo intentó apropiarse del acontecimiento o reducirlo. Es la otra cara de la irresponsabilidad organizada de Beck. Cuando algo sale mal, la culpa no es de nadie. Cuando algo sale bien, el mérito es de todos. Es probable que las conversaciones hayan abierto una rendija y que la presión de Washington haya pesado. Pero ninguna gestión diplomática explica once horas de carretera llenas de gente un domingo y sin convocatoria previa. Eso no se negocia en una mesa. Para el régimen, el problema nunca fue que Machado entrara. El problema era que la vieran.

En el ensayo 20 la describí como un ser multiplexado, presente en todas partes y localizable en ninguna. El 25 de octubre hizo exactamente lo contrario. Durante once horas fue perfectamente ubicable. Su recorrido se siguió en vivo, su caravana avanzaba a la velocidad de la gente y cualquiera con un teléfono sabía dónde estaba. Entró como agua y se mostró como roca. Ahí está la última lección de esta serie, y la más sencilla. La liquidez sirve para resistir, para escapar, para cruzar una frontera sin ser visto. Pero ninguna transición se hace a escondidas. Llega un momento en que quien encarna una causa tiene que volverse sólido, ofrecerse a la vista de todos y confiar en que la gente que lo rodea es un escudo más fuerte que cualquier anillo de protección. El 3 de enero, la fuerza encontró el único punto sólido de la red del régimen, el cuerpo de su jefe, y lo extrajo. El 25 de octubre, la sociedad venezolana ofreció su propio punto sólido, el cuerpo de su líder, y lo rodeó. Una operación necesitó ciento cincuenta aeronaves. La otra, una carretera y un pueblo.

Escribí antes que esta serie comenzó con un presidente ausente y parecía que iba a terminar con otro. Ahora sé que no termina con una ausencia, sino con una presencia. Chávez fue un cuerpo ausente simulado como presente. Maduro es un cuerpo encerrado en una celda, simulado como una ausencia temporal. Machado fue durante más de un año un cuerpo que el régimen no podía encontrar, luego un cuerpo al que no dejaba entrar y, desde el 25 de octubre, uno que ya no puede dejar de ver. La red líquida vivió veinte años de administrar ausencias y hoy, lo que percibe como la amenaza es una presencia.

Nada de esto significa que la historia haya terminado. Que Machado haya tenido que entrar encubierta, por una frontera terrestre y no por el aeropuerto de Maiquetía, dice tanto como la multitud que la recibió. La red todavía controla las puertas. Más de ocho millones de venezolanos siguen afuera, y la mesa de diálogo sigue sin poner fecha. La sexta condición se ha cumplido a medias; la primera, todavía no. Pero el regreso cambió algo que ya no tiene vuelta atrás. Desde el 25 de octubre, la ausencia que sostiene el interregno ya no es la de una líder, sino la de una fecha. La pregunta ya no es si quien encarna la voluntad de la mayoría puede pisar su propio suelo, sino cuánto tiempo más podrá la red posponer lo que esa voluntad reclama.

La Odisea tiene un final que pocos recuerdan. Después del desenlace en el palacio, las familias de los pretendientes se arman para vengarse y la guerra civil parece inevitable en Ítaca. Atenea la detiene y Zeus impone un pacto. Los dioses deciden que el pueblo olvide lo ocurrido para que vuelvan la amistad, la prosperidad y la paz. Venezuela no tiene dioses que decreten el olvido y tampoco debería desearlos. La paz que viene no podrá construirse sobre la amnesia, sino sobre la verdad de lo que pasó, que es la quinta condición. Pero la lección de Homero sigue en pie. El regreso no es el final de la historia. Es el comienzo del trabajo de devolverle la casa a quienes les pertenece.

El día que dejamos de entender lo que ocurría en Venezuela fue una madrugada de 2007, cuando el régimen perdió y aprendió. El día en que volvimos a entender no fue la madrugada del 3 de enero, cuando cayó su jefe. Empezó aquella tarde de julio de 2024 en que miles de ciudadanos, mesa por mesa, se quedaron vigilando sus actas, y terminó de revelarse el domingo 25 de octubre de 2026, en una carretera entre Barquisimeto y Caracas, cuando una mujer que había salido del país convertida en Nadie volvió a ser reconocida por su nombre. Ese día entendimos que el poder líquido puede rodear cualquier presión, sobrevivir a cualquier jefe y adherirse a cualquier tutor. Lo que no puede es disolver a un pueblo que aprendió a contar sus votos, a contar su propia historia y a reconocer a los suyos cuando regresan.

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