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El corsé de la izquierda (Un open mic en tiempos de Yes, Sr.)

Estrategia
Tiempo de lectura: 8 min.

Un amigo y mentor de carrera me dijo una vez que la izquierda era un corsé. En aquellos tiempos yo apenas rozaba los veinte años y mi maestro transitaba sus cincuenta y tantos. Aunque entonces no alcancé a comprender la dimensión exacta de su advertencia, jamás olvidé la frase. Además, agregó mi amigo, el corsé en cuestión tiene una particularidad perversa: no sabemos que lo llevamos puesto hasta que ya es demasiado tarde.

Entonces, así como en las aulas de periodismo y en los encuentros culturales, la izquierda era presentada como el destino ideal y la derecha como el enemigo histórico, el pulso de la Venezuela de los 2000 comenzaba a dictar su propia tesis. Incluso, uno de los recuerdos más vívidos que tengo de Teodoro Petkoff —quien aseguraba que nadie había leído a Marx con la misma dedicación que él— fue cuando dijo en una junta de redacción, que la izquierda caribeña era puro relato, guerrilla y fracaso en acción. 

Pero si el chavismo se auto definía como la izquierda y nosotros éramos la oposición, ¿dónde quedaba la derecha? Discutir el asunto equivalía a horas de candanga con burundanga, acusaciones históricas cruzadas y un uso excelso —pero incomprensible— del lenguaje plagado de declaraciones tan absolutas como el fervor de la cuarta cerveza. 

Al final —y al principio de todo—, a pesar de los desmanes del chavismo, la izquierda regional parecía gozar de una superioridad moral indiscutible, producto de su triunfo en países vecinos y su amistad con el, cada día más, magnánimo Hugo Chávez. En las aulas de la facultad de periodismo, en las redacciones de prensa y en las calles del país, esta indulgencia internacional siempre fue muy difícil de explicar. Y cada día más. Así transcurrieron elecciones año tras año; un paro petrolero; expropiaciones; huelgas de hambre que terminaron en muerte; cierre sisemático de medios de comunicación; hampa rampante; desabastecimiento de alimentos y gasolina y comida podrida en puertos estatales; colapsos del sistema eléctrico; crisis hospitalarias; secuestros y muertes por homicidio; el aumento del número de presos políticos mientras nos decían que no eran presos políticos sino políticos presos; denuncias de tortura; ejecuciones extrajudiciales y desapariciones, por mencionar apenas un breviario del oprobio chavista.

Todo esto mientras se ejecutaba el saqueo absoluto de las arcas nacionales, hoy patrimonio de las familias Chávez Colmenares, Chávez Rodríguez, Chávez Fajardo y Chávez Segura; Maduro Flores, Maduro Guerra, Flores, Malpica Flores, Cabello Contreras, Rodríguez Rivas, Saab Certain y Saab Fabri.  De nuevo, esta es una modesta enumeración que apenas raspa la superficie del tinglado delincuencial que desmanteló a Venezuela.

El chavismo como oprobio

El problema central no es solo que la historia sea una y los relatos infinitos, sino que somos una sociedad de memoria corta. Por ello, conviene tener fresca esta genealogía de apellidos el día que el Rodrigato pretenda poner en campaña al chavismo presentándolo como si fuese un proyecto político legítimo y no la burda organización criminal que realmente es.

Frente a la multiplicidad de narrativas interesadas, cada actor toma las medidas comunicacionales necesarias para salir bien librado del juicio histórico. Llegados a este punto —que al ritmo de los acontecimientos parecería estar cada vez más cerca—, tenemos el deber ético de recordarle al país y al mundo quién es quién, y precisar el alcance del daño que nos hicieron por casi treinta años.

Si algo demostró la captura de Nicolás Maduro el 3 de enero, es que aquella épica de la izquierda latinoamericana unida si el imperialismo esto y aquello, quedó reducida a un centenar de militares cubanos caídos en combate defendiendo al entonces capo de Miraflores. Así, la izquierda, como relato y como coartada, quedó desnuda frente al mundo sin más nada que ofrecer (por fin) que la verdad de su fracaso y corrupción.   

Nada de lo anterior significa que me ubique al otro lado de la ideología. Por el contrario, crecí en un hogar de centroizquierda donde se respetaban las libertades individuales como un límite sagrado frente al prójimo, y se repudiaba, por principio, cualquier régimen militarista o mafioso. Una serie de valores que, ustedes sabrán, se le atribuyen al patrimonio del pensamiento progresista. Sin embargo, en esta primera veintena del siglo XXI, se ha comprobado que es la propia izquierda la responsable de ejecutar todo aquello que hasta hoy (vaya descaro) denuncia. 

Esto no es una novedad; es un dato consabido. No obstante, a raíz de la captura del narco dictador Maduro, la izquierda internacional parecería haber despertado de un letargo emocional que la mantuvo, desde el día cero, «engañada».

Como venezolano nacido a finales de los ochenta y periodista formado en los años fundacionales del chavismo, nunca me he sentido ni proclamado de izquierda. Hoy, desde la experiencia del exilio en Estados Unidos y con cuatro países a cuestas, debatir con la izquierda extranjera, es como hablar con un adolescente malcriado inventando cualquier cosa, aunque lo hayan agarrado con las manos en la masa.

Y decir esto tiene un precio, porque es un tema que siempre aprieta. Como un corsé. Lo que ocurre con el corsé es que no te asfixia de inmediato. Primero te moldea. Te adapta. Te corrige la postura hasta que terminas encajando en una forma que no necesariamente es la tuya, pero ahora lo es. 

Dentro del corsé, todo; fuera del corsé nada. Pensar fuera del libreto progresista implica la expulsión inmediata del club, pues en ese ecosistema “dudar es traición”. Aunque esto ya no se admita en las plazas públicas: a nadie le conviene un open mic en tiempos de Yes, Sr.

¿Alguien recuerda cuando la izquierda estadounidense se mostraba incendiaria denunciando que “Trump quería robarse el petróleo venezolano”? Sería muy amable que personajes como John Leguizamo y Mark Ruffalo mantuvieran la misma elocuencia hoy para pronunciarse sobre el rol de José Luis Rodríguez Zapatero y sus hijas, Alba y Laura Rodríguez Espinosa. Lo mismo políticos como Gustavo Petro o escritoras como Laura Restrepo, les importa poco o nada el Premio Nobel de la Paz otorgado a María Corina Machado, o las ollas podridas de saqueo y narcotráfico que involucran al resto de la región. Lo mismo aplica para Claudia Sheinbaum, experta en fingir demencia. El colectivo de la izquierda protege al camarada por y sobre todas las cosas. Prefiere ignorar la existencia de personajes como Hugo Carvajal y Clíver Alcalá Cordones, hoy convictos por narcotráfico en la justicia federal estadounidense; o el caso de los narco sobrinos de Cilia Flores, capturados en flagrancia en un operativo de la DEA, y hasta el mismísimo 3 de enero de 2026.

Haz lo que digo, no lo que hago

Esta disonancia la he atestiguado a ambos lados del aula: en distintos países, maestrías, seminarios, ferias del libro, cabinas de radio, estudios de televisión y en la hostilidad de los muros de las redes sociales. En este ejercicio de predicar una conducta y ejecutar su contraria, la izquierda encontró un terreno fértil en las humanidades, asentándose en la academia como la postura por defecto de toda persona que pretenda considerarse intelectualmente lúcida y moralmente íntegra.

Si existen dudas, bastaría con consultar los altares dedicados a Marx, Benjamin o Foucault. Los intocables de la teoría crítica. O, dependiendo de la acera desde la que se mire, los artífices de una gran estafa conceptual, preciosa para escribir ensayos y tesis de grado, pero atravesadas como piedra en el zapato del pensamiento woke y su insatisfacción perpetua. 

La trampa de la academia

Otro maestro —este no de las artes de la escritura sino de los números, economista, corredor de bolsa y cinturón azul en Jiu-Jitsu Brasileño— me comentó una vez que el humanismo contemporáneo tiende a la izquierda porque a las humanidades se les permiten el lujo de la subjetividad. Y agregó que quienes comprenden la economía aprenden, primero a despreciar esa retórica, y luego a reírse de ella.

—Pero yo no sé de economía —le repliqué en su momento. 

—Sabes de economía cuando haces mercado; cuando tienes que mudarte porque los ingresos no cubren la renovación del contrato de alquiler; cuando calculas el costo del transporte y cuando pagas el saldo de la tarjeta de crédito —me contestó.

Guardé silencio. 

En las aulas universitarias habíamos estudiado a Ryszard Kapuściński y recordé el cinismo que según él no servía para el oficio; las tesis sobre la filosofía de la historia de Benjamin y el panóptico de Foucault, donde creí encontrar la caja de herramientas definitiva para desarmar el poder, entender sus mecanismos de control y denunciar sus desviaciones.

Es asombroso cómo cambia la perspectiva con los años. Hoy observo en esa herencia teórica algo que no es tanto desencanto, como una elegante trampa intelectual. Con esto no pretendo sugerir que su obra sea descartable —en absoluto—, sino que allí donde antes leía proclamas de emancipación y libertad, hoy percibo el desvío del debate político hacia un callejón sin salida: un espacio donde todo se reduce a estructuras de opresión y donde nadie, absolutamente nadie, asume una responsabilidad individual. Verbigracia, las ruinas del chavismo post madurista, donde ahora, como dice la vieja canción, “nadie sabe, nadie supo; fue horrible”. 

En ese sentido, ensayos recientes como Left Is Not Woke de Susan Neiman, o la persistencia de El engaño populista, aportan elementos valiosos a una discusión inconclusa: 

  • ¿Dónde quedan aquellos que no comulgan con las plantillas preestablecidas de la izquierda ni de la derecha?
  • ¿Por qué resulta tan complejo concebir la existencia de un demócrata capitalista sin que sea juzgado con el mismo rasero de un neoconservador, o la de un ciudadano con ideas socialdemócratas que defienda el libre mercado?

Desconozco el nombre de ese territorio intermedio. Lo único que sé con certeza es que es un lugar sumamente incómodo. Quizá el error radique en empeñarnos en encasillar el mundo en esta dupla decimonónica de la diestra y la siniestra.

El negocio de la indignación (y el vacío que hereda)

La derecha, para bien y para mal, terminó por comprender al menos cuatro puntos esenciales:

  1. La izquierda siempre priorizará la defensa de su narrativa por encima de los hechos, porque su naturaleza es fundamentalmente estética y discursiva.
  2. La realidad material es el indicador más crudo de las falencias de ese relato.
  3. En la gestión de los recursos públicos, las experiencias populistas suelen derivar en dinámicas extractivas y corruptas, por lo que apelar al orden financiero es una forma de impugnar su moralidad.
  4. El desmontaje de los mitos revolucionarios  será televisado.

De esta manera, más que escandalizarnos por la proliferación de discursos alternativos en plataformas digitales —desde los machos alfa y los crypto bros, hasta los críticos del sistema universitario—, el pensamiento progresista debería llamarse al silencio. Retraerse y disculparse por todo el mal hecho. Así, entre el colapso ético de una izquierda incapaz de ejercer la autocrítica y el péndulo de América Latina yendo a la derecha, es deber urgente despojarse del corsé sin temor a ser expulsado del grupo.

https://lagranaldea.com/2026/07/11/el-corse-de-la-izquierda-un-open-mic-en-tiempos-de-yes-sr/