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El cambio climático (¿el pesticida vs la biodiversidad?)

cambio climático
Tiempo de lectura: 5 min.

Nos encontramos atónitos con lo que ocurre en nuestro país y no es para menos. Como si el terremoto no hubiese sido suficiente, la crisis política se hace interminable, el dialogo se nos pone cuesta arriba y la incertidumbre permea la vida de todos y cada uno de nosotros. El papagayo se nos está enredando.

En lo personal encaro el panorama apelando al “pesimismo de la inteligencia y al optimismo de la esperanza”, según la frase de Antonio Gramsci, el filósofo italiano.

El clima ¿enloqueció?

Dado el contexto descrito, se nos escapan los problemas que trazan el mundo de hoy en día, los cuales no respetan fronteras, puesto que la globalización ha determinado que todo ocurra en todos lados.

Tratando de ver más allá del ombligo patrio, me detengo, entonces, en las noticias que hablan de los diversos lugares que se han visto arropados por incendios, el desborde de ríos y las elevadas temperaturas, todo en magnitudes nunca vistas anteriormente.

Lo ocurrido ha dado pie a distintas explicaciones, incluyendo, aunque cueste creerlo, que el caos ha sido propiciado por piromaníacos. Desde otro punto de vista más “serio”, el del llamado “negacionismo climático”, se describe lo que ha venido sucediendo como una fatalidad que ha marcado la existencia humana, una suerte de maldición que, de vez en vez, azota al planeta.

Desde una perspectiva más rigurosa, la crisis climática remite a los cambios a largo plazo de las temperaturas y de los patrones que determinan el clima.

Tales cambios pueden ser naturales, debido a variaciones en la actividad solar o erupciones volcánicas grandes, pero desde el siglo XIX, se ha establecido que las actividades humanas han sido su principal motor, debido principalmente a la quema de combustibles fósiles como el carbón, el petróleo y el gas, implicando el ascenso de temperaturas, la pérdida de especies y de biodiversidad, las sequías y la elevación del mar.

Las dificultades que tenemos por delante exigen de la humanidad una nueva forma de pensar y de actuar, como ya lo advertía un libro pionero escrito a finales del siglo XX, elaborado por El Club de Roma y titulado “Los límites del crecimiento”. Desde entonces han abundado los informes que, a punta de datos y explicaciones, han señalado nuestra responsabilidad en las calamidades que estamos observando a lo largo y ancho del planeta azul.

Alerta Roja

Son muchos los acuerdos internacionales que desde entonces se han firmado indicando las medidas que deben tomarse, pero no se han respetado. El primer tratado se suscribió en Kioto en el año1997 y no tuvo ningún efecto, a pesar de que sus normas fueron de obligatorio cumplimento.

Sin pretender ser exhaustivo en el análisis de un tema complejo y extenso, cabe referir que en 1988 las Naciones Unidas conformaron el Grupo Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático, organismo que ha venido constatando el progresivo empeoramiento de la situación, al punto de que en el año a 2021 declaro un Alerta Roja, advirtiendo que se disponía de poco más de una década para evitar sus consecuencias. Adicionalmente en 2015 fue aprobada La Agenda 2030 para el Desarrollo, elaborada por la Organización de Naciones Unidas (ONU), con el respaldo de 193 Estados miembros y cuya normativa apuntaba hacia el desarrollo sustentable.

Nada hace más evidente el irrespeto de los pactos suscritos, que la decisión que tomo el presidente Donald Tump apenas llegó Casa Blanca, considerando que los mismos se fundamentaban en mentiras que implicaban la erogación de millones de dólares, dicho lo cual y sin necesidad de valerse de eufemismos, anunció que su gobierno “…promovería el desarrollo a través de las energías fósiles…”

En fin, la vida humana ha transcurrido como si el peligro no fuera tan peligroso, como si se tratara de algunas amenazas demasiado lejanas o, incluso, de apreciaciones equivocadas de los científicos.

Vivimos en un mundo sin fronteras

Resulta incuestionable la obsolescencia del sistema institucional creado en torno a la ONU al final de la segunda guerra mundial, con miras a poner orden y concierto en el universo.

El mundo actual, implica que los problemas son comunes, no respetan las fronteras que trazan los límites entre los distintos Estados y que demandan remedios compartidos, a partir de la desterritorialización, tanto de sus causas como de las soluciones.

La cosa no es nada fácil, por supuesto. El deseo de un futuro mejor es ciertamente una expectativa, pero implica costos visibles que impactan la vida presente de los seres humanos. No estamos colocados frente a una situación sencilla, pues como muy bien lo ha expresado el filósofo vasco, Daniel Innerarity “El uso del pesticida hoy en día, es más relevante que el respeto a la biodiversidad”.

El caso de Venezuela

En todas partes se cuecen habas climáticas, incluyendo nuestro país, desde luego. La Academia de Ciencias Físicas, Matemáticas y Naturales (ACFIMAN) se ha ocupado reiteradamente del problema. Leo en uno de sus boletines que se ha elaborado el denominado Índice de la Iniciativa de Adaptación Global de Notre Dame, un programa de investigación que busca priorizar la adaptación al cambio climático. En el mismo se señala que Venezuela ocupa el puesto 142 (de un total de 192 países) dada su “vulnerabilidad y baja preparación en lo que respecta al cambio climático”.

HARINA DE OTRO COSTAL

(Se buscan filósofos ¿y sociólogos?)

Recientemente se ha corrido la voz de que varias empresas tecnológicas están solicitado filósofos. Sorprende porque hasta ahora dicha carrera tenía una escasa demanda y se encontraba reducida a pequeños espacios.

El tema del desarrollo científico y tecnológico es un asunto de químicos, biólogos, matemáticos, físicos y demás integrantes de las denominadas “ciencias duras” y no es una cuestión en la que debieran involucrarse sociólogos, filósofos o psicólogos, ubicados en la gaveta de las “disciplinas blandas”, denominadas así porque carecen del “rigor” “de las anteriores.

Los avances de la IA con sus posibilidades e incertidumbres y, también, con sus amenazas, ha dejado muy claro el “determinismo tecnológico”, considerando a la tecnología como una fuerza independiente capaz, por ella misma, de incidir de manera directa en el desarrollo socioeconómico de un grupo o en un determinado contexto social. Representa una actitud pasiva, nuestro sonambulismo voluntario, como lo describió Landon Winer y evidencia nuestros apuros irreflexivos, propiciados por la aceleración de los cambios. Allí estriba la razón por la cual hemos permitido que la tecnología fluya sin ningún control, obedeciendo a una minoría fuertemente comprometida con el propio sistema tecnológico.

Un artículo del periodista Benjamín Wal, publicado hace apenas unos días en The New York Times, cuyo título ha sido traducido como La venganza de los filósofos, informa que hoy en día los laboratorios de inteligencia artificial están contratando a filósofos y expertos en ética para resolver dilemas suscitados desde la moral, el comportamiento y la posible conciencia de las máquinas, asuntos que la propia tecnología no puede encarar.

Con el debido respeto yo le pediría a Mr. Wal que incluyera en la venganza también a los sociólogos.