Con una lapidaria frase el primer ministro de Canadá, Mark Carney, en el Foro de Davos, sentenció la realidad global de esta fecha, caracterizada por la extinción de las reglas del orden internacional. Carney dijo: “Estados Unidos, China, Rusia, solo actúan en interés propio”
Es cierto: nos encontramos frente al descalabro de un régimen y un orden normativo internacional convenido que, de un tiempo a esta parte, comenzó a ser irrespetado por unos y otros, animados únicamente por el interés de las grandes potencias. Estados Unidos y China han estado liderando la hecatombe de las relaciones entre los países y las llevan a un despeñadero. Otorgarle a Rusia la misma capacidad de destrozo, aunque sus actuaciones militares hayan sido crueles, injustas y disruptivas mundialmente, es, sin duda, exagerado.
Pero ni las actuaciones del intemperante Donald Trump, ni las acciones del implacable Xi Jinping en la escena global, pueden, por separado, ser considerados responsables del fin de esta era. Es el afán sumado de ambos en no permitir que su rival se convierta en un hegemón planetario lo que está al origen de un enfrentamiento político profundo, con muchas vertientes de expresión. Dentro ellas, la guerra comercial entre los dos titanes es quizá la más visible pero no necesariamente la más importante.
Esta perversa transformación del ambiente global no se ha iniciado con la imposición de aranceles que Donald Trump, con su muy particular estilo, ha estado usando como herramienta extrema de negociación para producir los cambios o para alcanzar las metas que estima imprescindible para los intereses de los Estados Unidos.
Una diferente manera de imponer criterios a otros países, de constreñir gobiernos a la aceptación de sus condiciones, otra forma de ejercer una gravitación política determinante en regiones del planeta la viene instrumentando Pekín desde el año 2013, momento del advenimiento de Xi a la Secretaría del Partido Comunista y a la máxima jefatura del gobierno. Desde ese instante China se ha empeñado en expandir su influencia en Africa, Asia, y Amrica Latina a través de la Nueva Ruta de la Seda, utilizando herramientas en apariencia válidas para atornillarse en cada uno de los países que reciben su financiamiento o sus inversiones. Lo ha hecho de manera más callada pero no menos erosiva que Washington. Es cuestión solo de mirar con detenimiento la incisiva ascendencia que hoy puede exhibir en los países del continente africano o el latinoamericano.
Europa hoy está siendo obligada a refugiarse bajo el paraguas chino ante la inveterada agresión del Presidente republicano.
Los apetitos de estos dos colosos por expansiones territoriales más allá de sus fronteras se expresan de manera distinta pero forman parte también de la nueva anarquía que ambos han estado imprimiendo al planeta. Guardando las distancias, el apetito de Trump por Groenlandia justificado por razones de seguridad nacional norteamericana, no es diferente de las ansias de Xi con respecto al Mar de China meridional y del mar de China Oriental, áreas cruciales para el transporte marítimo mundial y rica en recursos. O por su determinación a hacerse de Taiwan por considerarlo tierra propia.
Lo mismo es válido si consideramos la determinación de ambas potencias a desarrollar fortalezas militares superlativas o por convertirse en los principales protagonistas de la supremacía tecnológica.
No puede existir tal cosa como un “orden internacional” si ninguno de los dos más grandes titanes reconoce un límite a sus ansias de poderío. En nombre de ello, están siendo capaces ambos de pisotear derechos y libertades, de incumplir leyes, de organizar guerras, de doblegar voluntades y de avasallar competidores.
https://www.analitica.com/opinion/el-avasallante-nuevo-orden-de-xi-y-de-trump/