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Anatomía del alma:Dios sostiene mi destino

Destino
Tiempo de lectura: 7 min.

Hoy, en nuestra serie sobre la anatomía del alma plasmada en las oraciones y canciones del libro de los Salmos en la Biblia, quisiera compartir con ustedes algunas reflexiones sobre el Salmo 16, uno de mis favoritos; una oración que se ha convertido en un susurro constante de mi alma ante los constantes dardos de fuego del enemigo. Al leerlo puedo visualizar en él un diagrama de flujo, un camino que recorro con la mirada puesta en Dios.

  1. REFUGIO

«Guárdame, oh Dios, porque en Ti he confiado». Salmo 16:1.

A través de esta breve oración David expresa a Dios dónde está su refugio, declara en quién ha puesto su confianza. A diferencia de la inmutabilidad de Dios, el alma humana es frágil, vulnerable ante los cambios en las circunstancias externas. Además, de una manera compleja, el alma se resiente ante los pensamientos, emociones y sentimientos propios que se generan como consecuencia de las diversas interpretaciones que tejemos del mundo y de las personas. Hay días en los que despertamos tranquilos, seguros y confiados. Hay otros en los que una noticia o acontecimiento inesperado nos llena de temor. Desde las palabras ásperas que pueden herirnos hasta los eventos mas dolorosos de la vida, nuestra alma está constantemente expuesta, razón por la cual se convierte en una necesidad el sentirse protegido, guardado del mal. Allí, en el refugio  de su morada, al abrigo del Altísimo, reservado para quienes invocan Su nombre. «El que habita al abrigo del Altísimo Morará bajo la sombra del Omnipotente». Salmo 91:1.

  1. PERTENENCIA

«Oh alma mía, dijiste al SEÑOR: Tú eres mi Señor; No hay para mí bien fuera de ti». Salmo 16:2.

Cuán precioso es sentir que pertenecemos, que somos acogidos, amados y siempre bienvenidos en una familia y en una comunidad. Sin embargo, el sentido de pertenencia más grande que puede experimentar un ser humano es el de ser hijo (a) de Dios. Por esa razón, el apóstol Juan en su evangelio declara: «A lo suyo vino, y los suyos no le recibieron. Mas a todos los que le recibieron, a los que creen en su nombre, les dio potestad de ser hechos hijos de Dios». Juan 1: 11-12. Por lo tanto, aquellos que lo han recibido en su corazón, que le han abierto la puerta de su vida; aquellos que han creído en Él han adquirido el derecho de ser hijos de Dios. David, le habla a su alma, se habla a sí mismo, reconociendo que Dios es su SEÑOR, es el dueño de su vida, quien tiene el derecho de Padre. Y agregado esta declaración, David añade: «No hay bien para mi, fuera de Ti» Dios no es el Padre que provee, Dios es el bien mismo y sin Él, fuera de su presencia, simplemente no hay posibilidad de bien.

III CONTENTAMIENTO

«El SEÑOR es la porción de mi herencia y de mi copa; Tú sustentas mi suerte. Las cuerdas me cayeron en lugares deleitosos, Y es hermosa la heredad que me ha tocado».

Salmo 16:5-6.

Esta declaración demuestra que el salmista ha encontrado en Dios todo su tesoro; habla de Dios como herencia y como copa. Una herencia representa algo que recibimos sin haberlo trabajado, es una posesión que se nos entrega como legado, como algo que alguien que nos aprecia nos cede como un don. La copa tiene la función fundamental de recibir para dar; de ser llenada con el fruto de la vid, símbolo de la vida, de la celebración, de la prosperidad, del compartir y la alegría. Luego, la siguiente frase ha sido determinante en mi vida; pues, creo con todo mi corazón que mi vida no está a merced del azar de un universo caótico; mi porción está delimitada por Dios y mi suerte está sostenida por sus manos. Que suerte más grande y más preciosa puedo desear que despertar cada mañana y saber con certeza que Él sostiene mi destino. Ciertamente, no estamos lejos de la adversidad; la vida está llena de aflicciones. No obstante, tenemos la promesa de nuestro SEÑOR Jesucristo: «Estas cosas os he hablado para que en mí tengáis paz. Ema el mundo tendréis aflicción; pero confiad, yo he vencido al mundo». Juan 16:33.

IV CONSEJO

«Bendeciré al SEÑOR que me aconseja; Aun en las noches me enseña mi conciencia».

Salmo 16:7.

Estas palabras pertenecen a otro territorio del alma, la noche. Claro, que podemos tomarlo literalmente y comprender que mientras dormimos Dios nos enseña, nos instruye en nuestro espíritu. Sin embargo, la noche puede ser profundamente simbólica. Puede manifestarse como la duda, la tristeza, la incertidumbre, como esa decisión que no nos atrevemos a tomar pero que sabemos que nos es necesaria. La vida de comunión con Dios va formando dentro de nosotros una memoria espiritual capaz de hablarnos incluso cuando nuestras emociones oscurecen. El consejo de Dios está disponible a todo aquel que lo busca, que lo pide. El profeta Isaías habla del oído que escucha como los sabios; quizá porque es necesario sintonizar nuestro oído a una escucha atenta a la voz de Dios. «El Señor me dio lengua de sabios, para saber hablar palabras al cansado; despertará mañana tras mañana, despertará mi oído para que oiga como los sabios». Isaías 50:4.

V ESTABILIDAD

«Al SEÑOR he puesto siempre delante de mí; Porque está a mi diestra, no seré conmovido». Salmo 16:8.

En esta declaración llegamos al gran giro del alma; a la seguridad plena, a la confianza que trasciende nuestra humanidad; la respuesta a la inestabilidad emocional. La estabilidad espiritual depende de donde colocamos nuestra mirada.

Las noticias cambian, las circunstancias cambian, las personas cambian, nuestro cuerpo cambia, nuestros planes cambian.

Pero, Dios es el mismo ayer, hoy y para siempre. Esta oración del Salmo 16 es reveladora y, al mismo tiempo, nos llena de esperanza. Nos muestra claramente lo que nos corresponde y lo que Dios hace cuando damos el paso de fe.

Cuando accionamos en fe a pesar de las circunstancias adversas y de las emociones que se debaten dentro de nosotros. Por una parte, el salmista declara lo que ha hecho: ha puesto a Dios como su prioridad en su vida. Poner a Dios delante implica darle un lugar de preeminencia en nuestra vida; significa que antes de cualquier decisión, opción o camino, Dios es siempre el elegido por nuestra alma. Una vez que nosotros hemos tomado esta decisión, el salmista nos revela dónde está Dios. Sin lugar a dudas, Él esta a nuestra diestra. Y solo por esa razón, porque Él esta a nuestra mano derecha no seremos nunca, jamas, conmovidos. En otras palabras, no habría nada ni nadie que nos separe de Él, porque Él camina a nuestro lado derecho.

VI ALEGRÍA

«Se alegró por tanto mi corazón, y se gozó mi alma; Mi carne también reposará confiadamente». Salmo 16:9.

Esta ecuación es una en la cual el orden de los factores si altera el producto. Es necesario, en primer lugar, poner a Dios, siempre, delante de nosotros; porque entonces y, solo entonces, se alegrará nuestro corazón y se gozará nuestra alma. Cuando hallamos la paz con Dios, cuando en nuestra comunión diaria con Él, invocamos su nombre y ponemos delante de Él nuestra vida con todos sus anhelos, entonces nuestro ser interior experimenta esa alegría que no tiene descripción y ese gozo que se convierte en nuestra fortaleza. «A ordenar que a los afligidos de Sion se les dé gloria en lugar de ceniza, óleo de gozo en lugar de luto, manto de alegría en lugar del espíritu angustiado; y serán llamados árboles de justicia, plantío de Jehová, para gloria suya» Isaías 61:3.

La segunda parte de esta oración nos hace revela que el descanso es también para nuestro cuerpo. El alma que halla refugio en Dios puede, finalmente, reposar. Nuestro cuerpo está constantemente sometido al estrés de las preocupaciones, angustias y tristezas que vivimos en es mundo caído, alejado de Dios. El descanso no involucra solo a la mente, sino que la mente que encuentra el refugio en Dios es capaz de traer al cuerpo el descanso necesario. La confianza nos hace descansar como un león.

VII PLENITUD

«Me mostrarás la senda de la vida; En tu presencia hay plenitud de gozo; Delicias a tu diestra para siempre». Salmo 16:11.

Esta última oración del Salmo 16 es una de las declaraciones más hermosas e impactantes para mí. El ama que ha conocido la plenitud declama en la presencia de Dios tiene anhelo por Él. Entonces la oración proviene desde lo más hondo del ser: Me mostrarás la senda de la vida. En otras palabras: caminado contigo, oh Dios, siempre podré ver el camino que he de escoger. En tu presencia ha y plenitud y dedicas para el alma para siempre y por siempre.

El alma cambia de emoción como cambia el cielo a lo largo del día. Conoce la claridad y la tormenta, el sosiego y la inquietud, la alegría y el dolor. Y cuando ha hecho de Dios su refugio, esas emociones ya no la gobiernan ni determinan su destino. Una y otra vez la conducen de regreso a la Roca. Allí descubre que Dios la protege. Él es su bien, su herencia, su consejo, su estabilidad, su camino, la plenitud de su gozo y quien sostiene en Sus manos su destino.

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