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27 años de degradación cultural

duda y lupa
Tiempo de lectura: 2 min.

Uno de los rasgos que más sirven de abono a la xenofobia hacia los venezolanos en el exterior es eso que en nuestro léxico llamamos marginalidad.

La marginalidad no tiene que ver con estratos sociales. Fueron venezolanos marginales de sectores altos y medios los que protagonizaron el reciente ataque ecológico al parque nacional Morrocoy en un aquelarre de música estridente, vulgaridad e ignorancia. 

Pero, ¿qué podemos pedir, si durante toda la era chavista hubo un culto innegable a los valores equivocados de la cultura venezolana?

Se estimuló sin piedad y desde los más altos círculos oficiales,  características como la rumba, el escándalo, el léxico ligero o grotesco y se promovieron como deporte espectáculos degradantes como la motopirueta. 

El propio Nicolas Maduro impulsó con su ejemplo, el bailecito soez, los conciertos baratos de regetoneros. El venezolano es rumba, decía, mientras adelantaba las navidades, pues eso es lo que pedía el pueblo, mientras perseguía a adolescentes que intentaron alzar su voz ante el espantoso e inocultable robo de las elecciones del 28J de 2024.

Nunca oímos a Chávez o a Maduro hablar sobre la necesidad de sembrar valores diferentes en el venezolano. Valores como el respeto al derecho ajeno, la buena lectura, la cortesía, el estímulo al cultivo de la buena música. Se estimuló la continuidad de experiencias exitosas como el Sistema de Orquestas, es cierto. Pero ello obedeció más bien al prestigio y la impronta de esta organización a nivel mundial; pero nunca porque alguno de los jerarcas cultivara el amor por la música académica. Nunca vimos a Chávez o a Maduro aplaudiendo un concierto de Vivaldi o de Tchaicovsky, pero si a personajes detestables como Omar Enrique, Oscarcito, el Potro Álvarez, Roque Valero y otros etcétera.

En las artes plásticas, la era comenzó con la clausura de MACCSI, uno de los museos de arte contemporáneo más importantes del continente. El arte bolivariano revolucionario tenía que tener amarillo azul y rojo como colores dominantes y el culto a los próceres autóctonos como lei motiv. El legendario cacique Guaicaipuro se enalteció a tal extremo de erigir en su nombre el máximo adefesio del arte bolivariano, una horrorosa y gigantesca estructura de resortes levantada en la principal arteria vial de Caracas, rodeada de indios enanos de plastilina, orquídeas de repostería y jaguares famélicos. Afortunadamente este esperpento revolucionario terminó siendo derribado y no precisamente durante los bombardeos del 3 de enero. 

27 años de degradación cultural inculcada en las generaciones chavistas, formaron al hombre nuevo. El mismo hombre que se vio obligado a emigrar víctima del hambre que surgió como consecuencia de un modelo corrupto y equivocado por el cual había votado .

Ese hombre se esparció por el mundo y llevó consigo la chabacanería, el escándalo, el culto a la rumba. Y terminó siendo odiado en aquellas culturas donde el respeto al prójimo es ley de vida. 

Estamos más urgidos que nunca de decencia. La decencia de estadistas que sepan y quieran sembrar las semillas de la verdadera cultura en un pueblo que ha estado de espaldas por 27 años al respeto, al buen gusto, al silencio contemplativo, al amor por los valores más sublime de esto que llamamos vida.