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Se robaron el futuro

Educacion 2
Tiempo de lectura: 5 min.

Tal vez el título de estas líneas pueda causar extrañeza, siendo difícil entender la posibilidad de cometer un hurto de algo que aún no existe. Es cierto, pero cuando el camino que se trazaba era de un rumbo definido y de comprobada realización, podemos decir que, al igual que al romper la unión entre dos riberas destruyendo el puente que las une, el pasar del presente al futuro también depende del tránsito por los correspondientes puentes. 

Lo sucedido en Venezuela con la llegada de la tiranía del Socialismo del Siglo XXI es lo más semejante a un lamentable e irreparable despojo al país de su futuro. No me refiero al saqueo de las arcas y reservas de las riquezas económicas, que ya han sido cuantificadas en tal magnitud que han merecido calificarse como dignas del libro de récords de Guinness o de la lista de Aunque usted no lo crea, de Ripley. Me refiero a un inmenso crimen, pero que lamentablemente no se cataloga ni se juzga en tribunales: el robo a la juventud venezolana de su futuro y, por tanto, la condena a todo un país al hundimiento permanente en la pobreza y la falta de porvenir. 

Para poder entender este complejo robo, hemos tomado exclusivamente el examen del sector de la educación superior, es decir, los años posteriores a la educación media, que lógicamente es el eslabón previo e indispensable para que los institutos tengan una matrícula acorde. 

Venezuela había iniciado el siglo veinte con poco más de dos millones de habitantes, con un enemigo mortal indómito, el paludismo, y otro enemigo igual de difícil de vencer, la ignorancia. Las dictaduras tiránicas habían entendido que el sometimiento de su pueblo se facilitaba en el reino del oscurantismo y la dependencia; no había cabida para una clase media aspiracional, eso tendría que esperar. El despertar del país vino con la muerte del dictador Gómez. Ya en 1936, Arturo Uslar Pietri advertía con mucho acierto que era imprescindible para Venezuela invertir las ganancias que dejaba la renta petrolera en agricultura e industria, pero también en el capital humano. 

El tránsito, no la transición, a la democracia tardó unas décadas más, pero al irrumpir el modelo de democracia representativa se encendieron los motores de la movilidad social y el vehículo escogido como fundamental fue la educación, lo que se constataba en la asignación del presupuesto nacional, que concentraba la mayor partida. Así se construyeron las escuelas y universidades, pero también se formó un grupo profesional cuya remuneración reflejaba el respeto social, el reconocimiento como alguien cuya labor era importante para el país. Si algo podría decirse de la breve democracia venezolana es su titánica labor transformadora de una pequeña sociedad rural en una pujante y progresista sociedad, donde el principal motor para lograrlo fue la educación. 

Al caer la dictadura de Pérez Jiménez en 1958, la educación superior seguía siendo un espacio de élite: apenas 2% de los jóvenes en edad universitaria accedía a ella. Pero en las décadas siguientes el salto fue extraordinario: la tasa se duplicó en los años sesenta y volvió a duplicarse en los setenta, hasta superar 20% a mediados de los ochenta. 

La tesis de Uslar Pietri ciertamente se aplicó en mayor o menor grado hasta el surgimiento de la tiranía roja en el siglo XXI. En la bonanza petrolera de los años setenta, el gobierno de Carlos Andrés Pérez creó las bases para duplicar la matrícula universitaria: nuevas universidades, nuevos institutos de formación técnica y programas de formación acelerada del capital humano capaz de ser los académicos para esas futuras instituciones. La Fundación Gran Mariscal de Ayacucho, nacida en esa década, y más tarde el Programa de Promoción al Investigador, creado en 1990, fueron reflejo de una visión de país que entendía la formación y la investigación como inversión estratégica en el futuro. 

A la llegada de los saqueadores del futuro al poder, Venezuela tenía casi 800.000 estudiantes en educación superior y una tasa de escolaridad universitaria superior a 22%, una de las más altas de América Latina. Uno de cada cinco jóvenes en la edad marcada por instituciones internacionales, como las Naciones Unidas, estaba cursando estudios superiores. 

¿Cómo lograr un salto cuántico de esta magnitud? Sin un compromiso que superara diferencias ideológicas y posiciones partidistas hubiese sido imposible. La democracia funcionó, pues se trataba de una visión nacional, una aspiración para hacer de un país bendecido por sus riquezas naturales un modelo de sociedad moderna. 

¿Cómo imaginar que luego de cuatro décadas de construcción podría surgir la barbarie destructora, el revivir del salvaje ignorante cuya única obsesión es el enriquecimiento personal y la imposición de su voluntad?

El trágico robo de futuro a los jóvenes venezolanos se refleja hoy en una caída dramática de la matrícula universitaria: cerca de 60% entre 2012 y 2024, según organizaciones del sector. La tragedia no para allí. La fatídica empresa destructiva lleva décadas reduciendo el presupuesto a las universidades nacionales; de hecho, reciben menos de 10% de lo solicitado para operar normalmente. No hay programas asistenciales que estimulen la formación de los relevos ni de actualización. Los laboratorios sin actualización y el deterioro de la planta física son la normalidad anormal. A esto se suma, como rotura del continuo del proceso y sin preocupación aparente por el régimen rojito, la reducción de la asistencia escolar a dos o tres días por semana en numerosas escuelas públicas venezolanas, bajo el llamado “horario mosaico”. No hay necesidad de buscar ningún método exótico para predecir el resultado que se puede esperar para el nivel educativo nacional en las próximas décadas. 

La ansiada transición a la democracia debe contemplar como prioridad el compromiso con los jóvenes, buscar el apoyo internacional para que, mediante sistemas de cooperación, se pueda lograr una plantilla docente con conocimientos actualizados e igualmente apoyos para la instalación de laboratorios con equipos con la tecnología de punta, estimular la creación de carreras y disciplinas nuevas como la robótica, la inteligencia artificial, la bioingeniería y las comunicaciones satelitales. 

Casi un siglo después de que Uslar Pietri advirtiera que había que sembrar el petróleo en la gente que lo extraía, Venezuela tiene la oportunidad de volver a escuchar esa voz. Ya demostró una vez que sabía construir puentes hacia el porvenir: lo hizo en cuatro décadas, partiendo de la ignorancia y el paludismo. Puede volver a hacerlo. Se lo debemos a los que vienen y se lo debemos también a quienes, mucho antes que nosotros, entendieron que sin educación no hay nación posible. Reconstruir esos puentes es la tarea de los demócratas que vienen; abandonar a los jóvenes a la ignorancia sería repetir, con otros nombres, el mismo crimen.

https://www.elnacional.com/columnas/2026/08/se-robaron-el-futuro/