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La urgente búsqueda del Proyecto Educativo Nacional

alumnos
Tiempo de lectura: 6 min.

La tarea de mayor trascendencia que tenemos enfrente es definir el nuevo proyecto educativo nacional, que contenga los principios y valores para formar a los venezolanos del poschavismo: ciudadanos libres y responsables que puedan construir un país basado en nuestras oportunidades y en nuestra gente, amparados por un Estado al servicio del ciudadano. Cualquier balance que realicemos en estos días nos arroja una información tenebrosa: escuelas destruidas físicamente, maestros en la miseria intelectual y económica, sin rumbo, como náufragos de una gran tormenta, programas de estudio intervenidos y envilecidos por el afán miserable de asaltar las conciencias de las nuevas generaciones, introduciendo dogmas de muerte, destrucción y grandes mentiras históricas.

Frente a ese oscuro panorama, tenemos la obligación de reaccionar desde el primer día del cambio. Las elecciones que deben realizarse lo más pronto posible, deben marcar como tarea urgente convocar una gran cruzada que permita generar las bases de un proyecto educativo que salve a las nuevas generaciones de la mentira, el envilecimiento de conciencia y la miseria.

Al parecer tenemos grandes posibilidades de reconstruir nuestra economía. Dios fue muy generoso con nosotros, otorgándonos todo tipo de riquezas naturales, un mundo de posibilidades, riquezas fósiles —que están ahí y esperan un mejor uso—, escenarios prodigiosos, incomparables y, sobre todo y quizás el mejor regalo, un país habitado por una gente amable en cualquier circunstancia, amistosa y abierta a recibir en sus hogares a sus amigos cercanos y a cualquiera que toque su puerta (siempre te ofrecerán un cafecito).

Es muy acertada la predicción de Pedro María Burelli: el futuro de Venezuela depende de lo que construyamos en el mundo de la educación. Tenemos la obligación de crear los caminos para educar, invertir los recursos que sí tenemos en construir escuelas y en la formación de maestros que comprendan lo nefasto que ha sido usar la educación como arma de guerra contra nuestra condición humana, creando la posibilidad de entrar en el nuevo mundo de oportunidades que significa conciliar la potencialidad de las riquezas naturales con personas conscientes de sus responsabilidades, que confían en los otros, capaces de mirarse como compañeros de ruta en nuestra breve estancia en la tierra como mortales.

La dificultad inicial es elegir a los responsables directos de esta gran tarea, que involucra todas las pequeñas piezas que componen al ser humano: cómo percibe su responsabilidad individual, cómo recibe a los “otros”, entendiendo que Dios está en ese pequeño espacio que existe entre tú y yo. Es una tarea fundamentalmente filosófica, pero a la vez realista, al comparar nuestras posibilidades con nuestras aspiraciones.

La gravedad del tema crece porque entramos en un territorio educativo arrasado; es como una posguerra, con escombros, ausencias, mentiras, falsas conciencias y todo lo que pueden ser los resultados de una feroz contienda. El chavismo intentó destruir el país; en el territorio educativo yacen los escombros, reclamando urgentemente calibrar la tragedia y comenzar lo más pronto posible a desmalezar las mentiras y la miseria moral que se intentó grabar en la conciencia de nuestra infancia y juventud.

Hay dos grandes tareas que podrían comenzar de inmediato. La primera: elegir a unos ciudadanos con las condiciones para plantear la base de reconstrucción de nuestros maestros (quiénes serán, cuál es el cúmulo de ideas que deben transmitir, qué mentiras tienen que descubrir y, sobre todo, cuál es la obligación moral del maestro responsable de formar a los ciudadanos de un país libre). Recuerdo en mi época de estudiante en Francia que una comisión de notables escogió para asumir esta tarea de reorientar la educación de ese país a un filósofo: Edgar Morin.

Los maestros, aun en pie, tienen que realizar una autoevaluación que les permita valorar su actuación durante el periodo dictatorial: qué consintieron, qué rechazaron, cuánto valor se extrajo de sí mismos para oponerse al engaño. Es comenzar con una introspección que les permita comprenderse en la dura tarea de haber sido transmisores de teorías mentirosas y de deformaciones históricas que pretendieron introducir en las mentes de nuestras nuevas generaciones. La tarea es dura y difícil porque significa mirarse hacia adentro, evaluar cuánta resistencia existió para soportar la imposición de mentiras y, sobre todo, atreverse a identificar la dimensión del engaño que se pretendía imponer en la conciencia de las nuevas generaciones. No se trata de desatar una vendetta, en realidad en este ámbito todos fuimos víctimas y victimarios, sino de comprendernos a nosotros mismos.

El maestro tiene que enfrentarse a la realidad, desechar y comprender dónde está el engaño y asumir la capacidad de contribuir a la construcción de una sociedad de seres libres, responsables, capaces de construir un nuevo mundo. Creo que la formación de los nuevos maestros debe ser una tarea inicial; en sus manos recaerá la inmensa responsabilidad de transmitir nuevas concepciones de un ser humano libre, responsable y capaz de ver al “otro” como su compañero de ruta y no como un camarada presto a destruir y eliminar todo lo que se oponga a su proyecto de dominación.

En esa gran tarea de reconstrucción de la educación surge un tema inaplazable de justicia con nuestros congéneres: dedicarse a construir las oportunidades de aprendizaje de las nuevas generaciones, de la infancia y la juventud de los sectores más pobres del país. En la Venezuela petrolera nunca existieron recursos para formar a las nuevas generaciones de los más pobres, obligados a entrar temprano al mercado de trabajo. El único y quizás el único caso que podemos honestamente mencionar es el esfuerzo inmenso y solitario de Fe y Alegría, la acción más decidida y fuerte dirigida a los descendientes de familias en pobreza por nuestra Iglesia católica. Nunca olvidaré una experiencia en una escuela de Fe y Alegría en un barrio de Antímano, el día que iban a anunciar los nombres de los jóvenes seleccionados para ingresar a los programas de aprendizaje de oficios. El barrio entero estaba en masa esperando los listados y los nombres de los seleccionados. Estos eran aplaudidos por los padres, pero también acompañados por las caras de tristeza de los que quedaban fuera. Es un recuerdo inolvidable el de la angustia y tristeza de quienes no habían sido seleccionados y veían escaparse la oportunidad de tener una vida distinta para sus hijos.

Construir un nuevo sistema de formación para el trabajo es una gran e inaplazable tarea que se debe asumir lo más pronto posible: abrir las puertas de las nuevas generaciones a la oportunidad de comenzar un camino de aprendizaje, preparación y dedicación a actividades que les retribuyan económica y moralmente. Una tarea que deben asumir los padres, los empresarios, Fedecámaras, Fedeagro y otras organizaciones de emprendedores. Todos sabemos que el INCE, otrora un gran orgullo, fue lamentablemente transformado en una institución dedicada al proselitismo político.

El proyecto de redención de un nuevo sistema educativo enfrenta la gran oportunidad de realzar la dignidad de nuestra red de universidades, conocer y valorar el poder destructivo ensañado contra los docentes universitarios, arrinconados en la miseria, desconociendo sus méritos y el derecho a tener una vida que retribuya el esfuerzo de haberse dedicado a la formación de las nuevas generaciones. Tan grave como tener a cientos de venezolanos en la condición de presos políticos fue la condena contra quienes ejercían la enseñanza vocacionalmente en nuestras universidades: les arrebataron los salarios, la protección social de su salud y la oportunidad de ejercer libremente una profesión que era, en su totalidad, fruto de una decisión y de una elección personal vocacional.

Reconstruir la educación venezolana es una de las mayores exigencias y tareas inaplazables que debemos enfrentar de inmediato. Se trata de abandonar el camino del asalto a la mente de las nuevas generaciones, reconstruir la historia de vida de los maestros y profesores universitarios y crear caminos reales para la superación de la pobreza en los hogares, que suma 80% de nuestra población total.

Crear un país con fundamentos y valores éticos exige educar; es la gran tarea inaplazable e insustituible.

“La educación genera confianza. La confianza genera esperanza. La esperanza genera paz”, Confucio.

https://www.elnacional.com/columnas/2026/08/la-urgente-busqueda-del-proyecto-educativo-nacional/